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Amalia Avia, «De puertas adentro»

Actualizado 08/04/2004 - 02:08:13
La pintora, esta semana, en su estudio de Madrid. Avia prepara una exposición para el próximo octubre en Madrid. SIGEFREDO
La pintora, esta semana, en su estudio de Madrid. Avia prepara una exposición para el próximo octubre en Madrid. SIGEFREDO

MADRID. Sus memorias podrían serun cuadro. Nada extraño si consideramos que su autora es pintora, y de las buenas. Y realista para más señas. Pero no, no es por eso por lo que ha conseguido lo logrado. Aunque ha manejado la pluma y no el pincel, lo que en realidad ha funcionado en el empeño de dejar constancia de su vida ha sido su espíritu, la mujer que cobija y que se manifiesta sin tapujos, sin rencor,a veces, como mucho, con pinceladas de tristeza... Ha elegido la sinceridad que, aliada con la sencillez, traza un retrato no ya de sí misma, sino de una etapa de la vida española que perteneció a muchos que, sin duda, se reconocerán a través de ella. Y es que a pesar de que la imagen central del cuadro sea diferente dependiendo de cada persona, el fondo sobre el que reposa esa efigie ofrece un diseño con puntos comunes: los de una época cuyos protagonistas se contemplan y se conmueven. Amalia Avia nació en Santa Cruz de la Zarza, Toledo, en 1930.

-Usted narra su biografía al detalle desde su más temprana edad...

-Hasta los veinte años no salí de Madrid ni de Castilla, pero ¡cuántos cambios! Conocí la guerra, lutos, hambre, barreras sociales, pobreza... Ni del colegio de monjas, ni de mi juventud saqué nada bueno. Llevé luto desde los 8 años. No sé cómo sería sin todo eso.

El negro fue el color de su vida durante mucho tiempo, baste decir que se autodefine como hija de mártir - a su padre, terrateniente, lo asesinaron al comenzar la guerra civil-, y como hermana de santo, ya que uno de sus hermanos murió muy joven en la posguerra tras una larga enfermedad.

-Usted supo desde muy pronto del odio, la crueldad, y otras maldades, ¿cómo ha aprovechado esos conocimientos?

-Aquello se vivía muy mal, pero me pareció algo circunstancial, excepcional. Los tiempos han mejorado mucho.

-¿Qué ha sido lo mejor?

-La libertad. ¡Cómo se han criado mis hijos y cómo me crié yo!

-Los primeros años de su vida no parecían destinados a convertirla en una rojeras, como usted misma escribe.

-Toda mi familia era muy franquista.Mi madre murió sin enterarse de que Franco no era un santo. Entré en otro tipo de vida cuando ingresé, a los 23 años, en el estudio de Eduardo Peña, en Madrid.

Amalia Avia fue la típica niña que dibuja bien y cuya madre hace gala ante las amistades de los prodigios de la hija que, también, era llamada para leer ante las visitas, pero dado que en su casa «el arte no contaba para nada», ni ella ni nadie la contempló como una posible artista. «Me gustaba dibujar, evoca, pero no tenía ni idea de que podía ser pintora». De hecho, recuerda con gracia que no sabía qué dedo meter en el agujero de la paleta.

-¿Cómo escogió su camino?

-Entre unas cosas y otras no terminé el bachillerato, aunque lo lógico en mi casa habría sido ir a la Universidad. La cuestión es que después de hacer el obligatorio Servicio Social en el Castillo de la Mota, nos vinimos a Madrid y empecé a estudiar dibujo.

Fue al estudio de Peña, y esa decisión marcó un antes y un después en su vida. Tanto que hoy le permite decir una frase definitiva: «El mundo de la pintura convirtió mi vida en normal». Nada exagerado, aquel paso le dio una profesión y... a Lucio Muñoz. Sobre su matrimonio con el pintor pasa en cierto modo de puntillas en unas memorias que, en otros aspectos, son prolijas. Pero ella, con sólo una palabra, explica el motivo: pudor. Deja escrito en sus memorias que la descripción de Lucio queda reducida a un viaje de estudios a París y a lo que ella había oído hablar con anterioridad de él por la razón ya dicha. Del matrimonio nacieron cuatro hijos y Amalia tuvo que compaginar el arte con el cuidado del hogar. Se queja: «Un hombre puede ser abogado, ingeniero..., una mujer también, pero a condición de no dejar de ser ama de casa». Confiesa que asumió los dos papeles con naturalidad, pero que ahora no se le antoja justo.

-¿Habría hecho más carrera de no haberse casado?

-Hay gente que me dice que sí, pero creo que mi timidez no me lo habría permitido. No me veo yendo con mis cuadros de galería en galería, son muchas las angustias del pintor, la venta, demasiadas cosas. La verdad es que Lucio me ayudó mucho a ser lo que soy. Yo le decía que prefería mil veces su éxito al mío, aunque mis cuadros me gustaban más, y él contestaba que le pasaba lo mismo.

En «De puertas adentro» (Taurus), un libro en cuyas páginas la naturalidad impera, narra Amalia ejemplos de como, incluso por personas del mundo de la pintura, era considerada un apéndice de Lucio. Juana Mordó, la célebre galerista, en una ocasión, tras presentar a Lucio habló de ella diciendo, «y su mujer, también pintora». «Lo bueno, dice al recordar, es que no te enfadabas por lo malo y te alegrabas por lo bueno». Convencida hasta los tuétanos de que su marido era mejor pintor que ella, comenta más de una vez en el transcurso de la conversación lo mucho que él la ayudó. La española que dice que descubrió la verdad del conflicto español del 39 por sí misma y por los libros -«El laberinto español», de Brenan, está sucio de tanto leerlo-, afirma que ha pintado cuando ha podido mientras que ahora lo hace cuando quiere. «Pero es porque ya no hago otra cosa», arguye. Pero, ¡cómo lo hace!

El amor, los hijos

Los aficionados a su arte podrán admirarlo en una exposición que montará en octubre. Pintora figurativa, de detalles tan minuciosos que transforman lo casi imperceptible en plano glorioso,explica, no obstante, que se siente más cercana a la pintura de Lucio que a la de sus compañeros figurativos. Y para asombro de muchos asegura que su ídolo es Rothko. Sabedora de que la pintura es un arte que exige la soledad cree que lo que hace le «sale del estómago», pero no comparte la divulgada idea de que el realismo merezca el calificativo de pintura social: «Sería pretencioso creer que se hace la más mínima labor social con un cuadro. Puede haber algo de crítica, pero...nada más». Se declara obsesionada con que salga bien una línea, un color -en su obra reciente hay más-, y considera que le ha sido otorgado un don que encuentra natural, aunque nunca está satisfecha con lo que hace. La verdad que no se le antoja raro, porque «Lucio se murió pensando que no había hecho su cuadro».

-¿Qué le ha satisfecho más en la vida?

-Mi convivencia con Lucio. (Pausa conmovida, él murió en mayo de 1998, que podría poner fin a la entrevista). Pero añade una frase: Y criar a mis hijos.
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