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El murito de Berlín

LA celebración del vigésimo aniversario de la caída del murito de Berlín tiene a la derecha encantadísima de la vida; y en tan

Actualizado 07/11/2009 - 02:53:19
LA celebración del vigésimo aniversario de la caída del murito de Berlín tiene a la derecha encantadísima de la vida; y en tan mentecata alegría descubrimos el mismo masoquismo pánfilo del agonizante que celebrara el aniversario del día que contrajo la enfermedad que habrá de llevarlo a la tumba. «¡Pero si con la caída de eso que usted llama irreverentemente murito conmemoramos la caída del comunismo!», nos dirá un iluso. Pues no, bendito de Dios: lo que ocurrió en fecha tan emblemática (permítasenos parodiar el lenguaje tontorrón de las celebraciones) fue que la izquierda completó una mutación inteligentísima que había iniciado dos décadas atrás.
¿Y en qué consistió esa mutación?, nos pregunta el iluso, desconcertado. Pues consistió en aceptar que el llamado «socialismo real» estaba fracasado; y que si la izquierda deseaba triunfar, imponiendo una ingeniería social que ejerciese un poder omnímodo sobre las conciencias, tendría que disfrazar su metamorfosis de renuncia o concesión. Durante décadas, la izquierda había tratado de destruir un modelo de sociedad que, por decirlo sumariamente, se fundaba en el legado cristiano, o en la frágil y conflictiva supervivencia de tal legado dentro de un orden liberal; y, para destruir ese modelo de sociedad, atacó su orden económico, instaurando un orden contrario a sangre y fuego y definiendo una serie de «dogmas ideológicos» de obligado cumplimiento que se imponían mediante la violencia de los cuerpos (estado policial) y la violencia de las almas (propaganda). Pero tales «dogmas ideológicos», que anhelaban la abolición del hombre mediante la represión de su naturaleza, no tardaron en revelarse ineficaces; pues en los hombres sometidos a su dominio no tardó en aflorar una nostalgia de la libertad perdida. Entonces la izquierda cambió su estrategia: puesto que los hombres sometidos a su tiranía identificaban esa nostalgia perdida con las ventajas que ofrecía el «mundo libre», decidió que el mejor modo de culminar su proyecto de ingeniería social no consistía en imponer dogmas represores de la libertad, sino en exaltar hasta la deificación la libertad humana. La izquierda entendió que el modo más eficaz de lograr la abolición del hombre no era aherrojarlo con cadenas, sino postular una libertad omnímoda que desembridara su conciencia moral, convirtiéndolo en esclavo de sus pulsiones; y entendió también, muy sagazmente, que el mejor medio de cultivo para culminar ese propósito era el orden económico liberal.
Si hasta entonces la izquierda había sido dogmática, a partir de entonces se erigió en defensora de la ausencia de dogmas. El «Haz lo que quieras» se convirtió en su lema risueño; y prometió a sus adeptos que todos sus caprichos y apetencias serían encumbrados a la categoría de sacrosantos derechos. Para completar su metamorfosis, la izquierda escenificó muy socarronamente un «intercambio de cromos» con la derecha: concedió que el orden económico que ésta postulaba era preferible al orden comunista (que, por lo demás ya se había revelado un cachivache enojoso e inservible, tan enojoso e inservible como el murito de Berlín; y, a cambio, impuso un nuevo orden social donde la conciencia desembridada de referentes éticos acabaría chapoteando en los lodazales del relativismo. Así, desde que cayese el murito de Berlín, la izquierda ha podido dedicarse sin obstáculos a diseñar una sociedad a su medida, donde los paradigmas culturales son de inconfundible acuñación izquierdista; y donde a la derecha no le queda otra salida que aceptarlos, si no desea ser tachada de reaccionaria y oscurantista.
Esta supremacía hegemónica del orden social propugnado por la izquierda es, en resumidas cuentas, lo que la derecha pánfila celebra en este vigésimo aniversario de la caída del murito de Berlín. Con su pan (que es el pan del esclavo) se lo coman.
www.juanmanueldeprada.com
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