Nadie hace cine como Ridley Scott, y si el cine saliese de una chistera, la chistera de Ridley Scott sería la más grande y mejor. Cuando este director tiene entre manos un buen material, lo convierte a veces en algo gigantesco, como «Blade runner» o «Alien», y siempre en algo imposible de hacer para otros cineastas, como en los casos de «Black Hawk derribado» o «Black rain». «Red de mentiras» es una película que no está al alcance de casi ningún otro director: la complejidad de la trama, la complejidad de medios y materiales, la complejidad de rodaje y la complejidad, digamos, ideológica de lo que quiere contar justo en este momento, convierten a la película en un Everest. Y lo cierto es que el espectador lo sube con la alegría y facilidad de una cuesta abajo.
Salvo en su apariencia, «Red de mentiras» es una película sencilla, con cuatro personajes principales (cinco, en realidad, si se cuenta al del terrorista Al-Saleem, el demonio agazapado) y cada uno de ellos le aporta la gomina suficiente a la historia para fijarla como un tupé a la pantalla: un espía de primera línea (Leonardo DiCaprio), el estratega de la CIA en la retaguardia (Russell Crowe), la chica (Golshifteh Farahani) y la competencia, el jefe de los servicios secretos jordanos (Mark Strong). Pocos personajes en primer término, pero el mundo entero en los segundos términos, con un movimiento, una acción y unas tramas detrás de ellos impresionantes... El rodaje de todo este fondo de locura se hizo en Marruecos, como algunos otros de Ridley Scott: persecuciones, explosiones, acometidas por tierra y aire...
La trama consiste en encontrar al líder de un ramal de Al Qaeda que ha sembrado de amenazas, sangre y terror algunos lugares de Europa y Estados Unidos. A un lado del hilo está el espía de campo, un hombre con la cabeza dentro del avispero islámico y que ha de hacer equilibrios entre la vida y la muerte, entre sus propios jefes y los espías locales, entre su trabajo y su país y la mujer que quiere y su cultura..., pero al otro lado del hilo, telefónico, está la CIA, encarnada de manera peculiar por un Russell Crowe teñido y gordo, al que vemos dirigir las complicadas operaciones de espionaje mientras le prepara el desayuno a sus niños, o los lleva al colegio, o vive algo parecido a la normalidad... La tensión insoportable la pone el pulcro y gélido jefe de los espías jordanos (un afiladísimo «Andy García» que se llama Mark Strong, actor británico)... No cabe un romance en esta historia seca y desagradable, y no fructificaría el que se mete ahí con calzador si la actriz no fuera la iraní Golshifteh Farahani, y tuviera el aspecto que tiene: sus escenas, que deberían sobrar, se convierten en una salsa imprescindible y comprensible en el guiso de Scott. Y finalmente, Leonardo DiCaprio, actor o personaje de una pieza, que consigue diluirse en el paisaje, que habla árabe y que encarna el primer gesto de la nueva era (o es), la era (o es) Obama.



