JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL
ROMA. La prudencia de la Iglesia a la hora de adentrarse en parajes ultraterrenos prevaleció ayer sobre el deseo de anunciar cuanto antes una clarificación sobre el destino de los niños que mueren sin bautizar. Hace exactamente dos años que Juan Pablo II encargó a la Comisión Teológica Internacional actualizar la doctrina de la Iglesia sobre el limbo -imaginado a veces como una especie de «sala de espera» hasta el juicio final-, pero la reunión de la Comisión terminó ayer sin ningún comunicado formal y sólo con la promesa de que habrá un documento el próximo año.
En los últimos seis años de su Pontificado, Juan Pablo II perfiló en conceptos y lenguaje más contemporáneos la llamada «geografía del más allá», aclarando que tanto el infierno como el cielo no son «lugares físicos» sino situaciones -muy diversas por cierto- en que se encuentran las almas después de la muerte. A su vez, el Purgatorio tampoco es otro lugar físico sino «una condición», una fase o más bien un «estado de purificación» que permite acercarse ya para siempre «al amor de Cristo».
En octubre del 2004, Juan Pablo II emprendió la tarea de verter más luz sobre el último elemento que faltaba, el limbo de los justos, presentado a lo largo de los siglos como una especie de situación de espera para quienes murieron antes de la Redención en la Cruz o para los niños que, sin culpa alguna, mueren sin haber recibido el bautismo. Sin ese sacramento, en teoría, no podrían ir al cielo pero, al mismo tiempo, tampoco parece apropiado que vayan al infierno. La solución conceptual, durante buena parte de la historia de la teología, fue imaginar el limbo como una especia de situación de espera, sin dolor pero tampoco sin gozo, hasta la hora del juicio final.
Guiarse por la prudencia
El número de niños que mueren sin bautizar es cada vez más alto, y el mandato de estudiar en profundidad el limbo, dado por Juan Pablo II en octubre de 2004 a la Comisión Teológica Internacional, fue renovado enseguida por Benedicto XVI quien, como cardenal, tenía una idea muy clara pero, como Papa, prefiere guiarse por la prudencia.
En 1984, el cardenal Joseph Ratzinger manifestaba que «el limbo no ha sido nunca una verdad de fe. Yo dejaría caer este concepto, que siempre ha sido sólo una hipótesis teológica». Aunque nunca fue objeto de una definición dogmática, esa hipótesis teológica ha figurado durante siglos en los catecismos, y forma parte de la cultura popular e incluso del lenguaje, sobre todo en inglés, donde se utiliza la expresión estar «suspendidos en el limbo».
Algunos teólogos anglosajones bromeaban ayer sobre la falta de un comunicado preciso comentando que «el final del limbo se ha quedado en el limbo». En realidad, no era previsible que la Comisión Teológica Internacional pronunciase un dictamen en público, pues su misión es asesorar discretamente a la Congregación para la Doctrina de la Fe, que preside el cardenal norteamericano William Levada. Pero sí se esperaba que, en privado, alguno de los treinta miembros de numerosos países, entre los que hay también mujeres y laicos, confirmase una especie de consenso en archivar el concepto de limbo.
El teólogo italiano Bruno Forte, uno de los miembros más brillantes, comentó que «seguiremos trabajando en el documento. No llegó a haber un voto, y yo creo que no habrá nada listo para entregar al Papa hasta 2007». El secretario general de la Comisión, el padre jesuita Luis Ladaria, confirmó que la fecha del próximo año «es muy posible, pero la decisión de publicar algo corresponde al Vaticano».
Por el momento, los fieles seguirán contando con la orientación facilitada en el último Catecismo de la Doctrina Católica, publicado en 1992, que a diferencia de los anteriores no menciona el limbo. El texto es muy claro y extenso respecto al cielo, el infierno y el purgatorio, pero a la hora de abordar el problema de los niños muertos sin el bautismo afirma tan sólo que «la Iglesia los confía a la misericordia de Dios».
Quien conozca el lenguaje vaticano o la profusión sin límites de la misericordia de Dios sabe que esa expresión significa un «final feliz» para todos los niños, pero sin decirlo de modo explícito para evitar el riesgo de minusvalorar la importancia del sacramento del bautismo. En esa línea, incluso el padre Luis Ladaria -que, como responsable de la Comisión, está obligado a la prudencia- manifestó ayer que «todos estamos a favor de los chiquillos».



