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ARTÍCULO DE OPINIÓN DE ENRIQUE BADOSA: MI CAMINO DE SANTIAGO 1953

Actualizado 07/10/2004 - 02:19:14

NO voy a contar cuanto me sucedió en la peregrinación. Nada extraordinario que aportar a un posible e incluso necesario libro de memorias colectivas. No estaría mal que se recopilara en un volumen el conjunto de experiencias notables vividas por peregrinos de todos los países. Para mucho dan aunque sólo sean los 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago de Compostela. Algo me sucedió, por supuesto. Pero sobre todo de orden espiritual. ¿Dificultades en el Camino? Muy pocas, máxime si se tiene en cuenta que peregriné motorizado, y en esto sí hay una novedad, por más que poco relevante y que no pretende pasar al Libro Guinness de los Records. Se trata de que pedí prestada una «Vespa» a la casa del mismo nombre, a cambio de escribir unos reportajes que publiqué en «Destino». O sea que ha sido -si nadie me rebate- el primer peregrino en «sccoter» por el «Camino de Francos».

A juzgar por la sorpresa que causó mi medio de locomoción, sin duda fui el primero, mera anécdota de la que se burlaría todo aquel que realiza andanado la dureza del Camino. ¿A qué viene, pues, estas líneas de un viaje que sí fue muy importante para mí, y lo sigue siendo? Pues a comunicar algo de interés, y que, si mucho no han cambiado las cosas, al actual peregrino -él o ella- le puede ser útil. Los peregrinos de hoy disponen de muchísima información acerca de la ruta al Campo de la Estrella. Guías en varias lenguas, tratados históricos, religiosos e incluso esotéricos. De todo ello hay que proveerse para un mejor sentido del viaje, que viaje es el camino. Viaje hacia el abrazo al Santo y a la indulgencia plenaria, y también viaje hacia uno mismo.

Hoy, el peregrino dispone de facilidades, no digo «comodidades», para su caminata. En 1953, todo era más bien rústico. He vuelto por alguno de los lugares del Camino, y hay qué ver cómo -ciudades grandes y pequeñas- ha cambiado España. Claro, medio siglo... Sin embargo, no me interesa, ahora, ponderar cambios plausibles, sino dar un consejo al caminante. Un consejo que en realidad no es nuevo, y que a lo mejor, ya lo contienen las guías del camino. Proviene nada menos que del Siglo XII. Fue incluido en el famoso «Codex Calixtinius» sin duda la primera de las guías turísticas. Ilustraba e ilustra acerca de lo que el andariego encuantra en su marcha, y que, por lo que a mí se refiere, se cumplió al cabo de tantas centurias.

El autor del «Codex...» afirma que si el peregrino cae enfermo y no puede llegar a Santiago, aún tiene una posibilidad de alcanzar las indulgencia con tal de que llegue a Villafranca del Bierzo. Allí hay una famosa iglesia con una llamada Puerta del Perdón. Sólo es cosa de ascender un prado en cuesta, y pasar por esta puerta, abierta durante el Año Jubilar. Buena indicación, seguida de otra que tener en cuenta. El «Codex..,» nos advertía y nos sigue advirtiendo de que... Al pie de la cuesta de la iglesia se encuentra un hospital -hoy, los restos- de peregrinos. El andariego llegará con sed, y generosamente se le ofrecerá de beber. ¿Agua? No tal. Se le ofrecerá un vino tinto, fuerte, de aguja y muy fresco de bodega. Lleve cuidado el caminante. Tal vino y en tales condiciones le puede producir un efecto deletereo poco acorde con la piedad de su caminata.

Gracias a tan lejana y sabia advertencia, yo, que llegué sediento con la «Vespa», me pude librar de los efectos de un vino de veras muy bueno y muy peligroso. Nunca se lo agradeceré bastante al «Codex...» Con sobriedad pude visitar la Iglesia del Perdón, y con entereza, de alma para no ser inconsecuente con el motivo de mi viaje. Por allí andaba yo diría que un bellísimo súcubo. Pero quede esto para leerlo en memorias que nunca escribiré.
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