domingo, 22 de noviembre de 2009
Valoración:
Por MANUEL MILLÁN DE LAS HERASSi Tony Millán tuviera un ampuloso apellido centroeuropeo o un amanerado nombre francés, se escucharía su nombre hasta en la sopa y sería habitual en todos los festivales
7-7-2008 02:55:53
Por MANUEL MILLÁN DE LAS HERAS
Si Tony Millán tuviera un ampuloso apellido centroeuropeo o un amanerado nombre francés, se escucharía su nombre hasta en la sopa y sería habitual en todos los festivales de nuestro país. Pero nació en Madrid y su apellido -por cierto, no somos familia- simplemente marca los orígenes del castellano.
El intérprete madrileño se desplazó a la Puebla de Almoradiel y a su bellísima Iglesia Parroquial de San Juan Bautista, que posee la acústica perfecta para un instrumento como el clave, ya que su reverberación es la justa para que el sonido se propague sin distorsiones. Acometió un programa ambicioso y sin concesiones, una de esas páginas que Johann Sebastian Bach creó al final de su vida, cuando los compositores más jóvenes -entre ellos sus hijos- ya caminaban por un estilo más sencillo de melodías acompañadas: Las Variaciones Goldberg. Su origen está marcado por cierta leyenda, pero de lo que no cabe duda es que es una catedral de contrapuntos imposibles y enrevesadas voces melódicas que se cruzan e imitan. Una pieza que necesita muchas audiciones para ser comprendida, un catálogo de contrapunto pero también de combinación de estilos nacionales, donde suenan gigas u overturas al modo francés y danzas en estilo italiano. Es, sin duda alguna, una obra que sólo puede ser abordada por un gran intérprete y así lo hizo Tony Millán. Desde mi asiento escuché con absoluta nitidez las distintas voces de los cánones, el tempi de cada variación fue la justa para que la obra caminara con naturalidad, el uso de los distintos estilos nacionales demostraban que el intérprete es un conocedor en profundidad del universo barroco y la técnica le daba una soltura desenfadada. Sólo una confabulación de sonidos telefónicos, silbidos desagradables que se filtraban al interior del recinto o algún pataleo de infante juguetón enturbiaron la concentración del maestro Millán en la variación XX. Pero fue una auténtica nimiedad, porque les aseguro que no olvidaré nunca algunos momentos, como esa demostración de magisterio técnico y musical que fue la variación XXV, donde esas estudiadas desigualdades dentro de una métrica diáfana y la pasión en cada nota y frase eran de filigrana.
Concierto sobresaliente, especial y que hacen más rico al Festival y a las personas que tuvimos la suerte de disfrutarlo.

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