Nadime Gordimer, premio Nobel de Literatura en 1991, nos acerca en«La hija de Burger», una de sus mejores novelas, a la Suráfrica de los años setenta. Un viaje al corazón del horror narrado con pulso magistral. Este domingo con ABC por 2,50 euros
Una de las más conocidas escritoras de Suráfrica, junto al último premio Nobel de Literatura, J. M. Coetzee, y junto a Breyten Breytenbach o André Brink, las novelas y relatos de Nadine Gordimer tendrían durante años como trasfondo narrativo casi exclusivo la situación política en su tierra natal, con continuas y abiertas denuncias contra el régimen vergonzoso del apartheid (hasta 1994 no se celebrarían las primeras elecciones democráticas con participación de la población negra); contra el férreo control policial ejercido contra todo tipo de opositores; y contra la censura impuesta en su país por las autoridades segregacionistas.
Su cercanía al partido del Congreso Nacional Africano (ANC) de Nelson Mandela, condenado a cadena perpetua en 1964, y su claro compromiso político, harían que su imagen pública de militante de una causa ahogara en ocasiones su obra de escritora. En1991 le sería otorgado el premio Nobel de Literatura.
Nacida en 1923 en una pequeña ciudad minera, Springs, cerca de Johannesburgo, en cuya Universidad más tarde estudiaría, sus padres eran emigrantes acomodados, de ascendencia mitad rusa e inglesa, pertenecientes, por tanto, a diferencia de escritores como Coetzee, a lamayoría blanca anglosajona, y no a la de origen holandés, la de los afrikaners. A los 11 años, Nadine Gordimer dejaría la escuela a causa de un pequeño soplo en el corazón que pretextó su madre y que luego se descubrió imaginario. Pasaría cinco años leyendo todo lo que caía en sus manos. Su primer relato lo publicaría a los 13 años y a él seguirían recolecciones como Los compañeros de Livingstone o Face to face.
Literatura comprometida
En sus principios, influida por teóricos marxistas como Georg Lukáks, o por autores como Albert Camus, se limitaría a denunciar los prejuicios y las ilusiones de los blancos «liberales» de su país. Pero desde los años sesenta comenzó a concretar sus tomas de posición, con una literatura cada vez más comprometida con las circunstancias políticas y sociales, sin olvidar en ningún momento que la historia de África había sido construida por los propios europeos que aún la habitaban, con todos los límites y contradicciones, por tanto, a los que podían conducir las «llamadas a la revolución». Ésa sería precisamente la pregunta obsesiva que pendería sin cesar sobre todos ellos: ¿Quién está capacitado para hablar de quién?, o si se prefiere ¿quién tiene la legitimidad para hacerlo?
Nadine Gordimer comenzó su carrera literaria a principios de los años 50, al igual que otras grandes escritoras anglosajonas de nuestro tiempo como Iris Murdoch, o como Doris Lessing, también altamente comprometida toda su vida con los problemas del continente africano donde vivió durante años. La hija de Burger (1979) es una de sus mejores y más conocidas novelas, junto a otras que le dieron gran popularidad como Un invitado de honor (1970), El conservador (1974), La gente de July (1981), La historia de mi hijo (1990) o Nadie que me acompañe (1994).
Una novela prohibida
«La hija de Burger» sería prohibida en su día en su país, por varias razones: por un lado, por retratar la sangrienta represión de Soweto, que culminó con la matanza en 1976 de centenares de estudiantes de enseñanza secundaria; y por otro lado, por escoger como personaje simbólico y central, la figura de un comunista mítico, muerto en la cárcel, Lionel Burger. Rose, la narradora, es una colegiala de 13 años al comienzo de la historia. Hija de militantes marxistas afrikaners, ahora detenidos, todos ellos son descendientes de «bóers que emigraron para fundar sus repúblicas agrarias, sometiendo a los pueblos indígenas».
Más tarde, algunos de estos descendientes rebeldes, escandalizados ante una situación que convertía a seres humanos en inferiores, emprenderían la lucha antiapartheid por «el fin del racismo y la injusticia», invocando al mismo tiempo las palabras de Lutero: «Aquí estoy» (Ich kann nicht anders). Rose, en su bildungsroman o novela de formación, intentará en vano escapar de la impronta paterna. Tras una estancia en Francia, volverá a su país para proseguir el combate de su padre. Acusada de haber fomentado las revueltas entre escolares, será encarcelada. No tendrá ya ninguna elección, el ciclo se reanudará sin posibilidad de escapatoria: «Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Los pecados de los padres; por fin, los hijos vengan en los padres los pecados de los padres. Sus hijos y los hijos de sus hijos; ése era el Futuro, en manos no previstas... Todo se hace en nombre de las generaciones futuras».


