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La pareja catalana que dejó el oasis por la sabana

Mario Llonch, presidente de la Fundación Por una sonrisa en África, y su mujer, Asun Fiochi, acaban de llegar de visita a España desde Senegal. Viven divididos entre Cataluña y el país africano, que

Actualizado 07/03/2010 - 02:08:22
Asun Fiochi abraza a su marido Mario Llonch, en la sede de Fundación por una sonrisa en África, en Barcelona
Asun Fiochi abraza a su marido Mario Llonch, en la sede de Fundación por una sonrisa en África, en Barcelona
Mario Llonch, presidente de la Fundación Por una sonrisa en África, y su mujer, Asun Fiochi, acaban de llegar de visita a España desde Senegal. Viven divididos entre Cataluña y el país africano, que les ha cautivado hasta el punto de querer pasar el mayor tiempo allí y renunciar a una vida de comodidades en Barcelona.
Todo empezó en 2002, cuando Mario decidió viajar a Senegal para iniciar un negocio inmobiliario. Su mujer, Asun, siempre vinculada a acciones sociales, le acompañó y decidió visitar la labor de la congregación religiosa Hermanas de la Inmaculada Concepción en la sabana africana. Les enseñaron los planes de escolarización que estaban llevando a cabo entre niños llenos de polvo que convivían con cabras y gallinas, en cabañas de barro y paja. «Mi mujer me preguntó por qué no intentábamos hacer algo por ellos -explica Mario-. Mi respuesta fue instantánea: ¡Pues montamos una ONG en España y nos venimos a vivir aquí!». Al principio nadie creyó a aquel acomodado ex empresario, dedicado toda la vida al mundo de los negocios, relacionado con selectos clubs sociales y deportivos de Barcelona, y con el golf como su gran pasión. Pero los recelos desaparecieron cuando cumplió su promesa.
Dejó los palos de golf y fundó una asociación que terminó convirtiéndose en una fundación privada a la que llamaron Por una sonrisa en África (www.puse.org). La pareja creyó que para que las cosas funcionaran bien debían tomar la decisión de irse a vivir al lugar donde se desarrollarían los proyectos. Y así lo hicieron. Ese mismo 2002 volvieron para construirse una casita con tejado de paja en Mbackombel, poblado de la comunidad de Mbour (República de Senegal), sin electricidad ni agua corriente. «Cada tres días nos llega el agua, en una carreta con cubos, y nos llenan un depósito de plástico que se calienta, por efecto del sol, durante el día para dejarnos agua caliente a media tarde», cuenta Mario. No les costó mucho adaptarse a las nuevas condiciones de vida porque ya iban mentalizados y porque les acogieron muy bien. «La gente de allí sonríe y no tienen nada. En cambio, aquí en España la gente no sonríe y cuesta mucho que te den algo».
Empezaron colaborando con varias entidades de la zona como congregaciones, asociaciones locales y pequeñas ONG francesas y españolas. Su ámbito de actuación secentra principalmente en Mbour y se basa en tres ejes principales: educación, sanidad y desarrollo.
Intentan escolarizar a «todos estos niños que nos han enamorado», e intentan apadrinar al máximo para que así siga sucediendo. Otro aspecto a destacar es el cambio de mentalidad que ya se está notando en el poblado desde su llegada, tanto en aspectos de higiene como de educación. Mario ha inculcado el estudio a estos jóvenes y hasta los padres ahora predican refiriéndose a sus hijas: «primero que terminen sus estudios y luego ya hablaremos de casarlas».
Por una sonrisa en África «no pretende ser una gran ONG», sino un proyecto con una gran implicación personal y contenido emocional que ejecuta proyectos pequeños y localizados de forma transparente y comprometida. Ellos mismos supervisan todos y cada uno de los proyectos que promueven durante sus estancias. No tienen gastos ni de personal ni de infraestructura; los únicos sueldos existentes son los del personal nativo.
El dinero se pierde
Mario se lamenta del poco interés y seguimiento que tiene a menudo la ayuda humanitaria tanto por parte de las administraciones como de algunas asociaciones. «He visto llevar dinero a poblados para proyectos importantes e irse sin quedarse nadie a controlarlo. Cuando vuelven al cabo de tantos años para hacer evaluaciones no queda nada de nada». En su estancia en el continente africano, se han dado cuenta que a veces, existe poco control del dinero que se envía con fines humanitarios. «Algunas veces el dinero se pierde por el camino, a veces nos engañan con supuestos proyectos que se hacen, y en el caso que se haga algo acaba siendo abandonado, básicamente por carecer de medios para su mantenimiento si no hay nadie allí que lo vigile». Para que un plan de ayuda tenga éxito en un país como Senegal propone que «debemos ayudar aportándoles nuestros conocimientos y nuestra ayuda económica todo ello bien canalizado y con un seguimiento exhaustivo».
El ejemplo a seguir en ayuda humanitaria para ellos es Vicente Ferrer. «Todos deberíamos centrarnos en un lugar concreto, fijarnos en sus recursos y enseñarles a explotarlos para que puedan acceder a una mejor calidad de vida».
POR SILVIA AVILÉS GIRAUD FOTO INES BAUCELLS
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