¡Ya ha comenzado la Navidad!, o por lo menos eso podemos observar en nuestras ciudades, plagadas de adornos y de luces. Todo está precioso. Hace un par de días iba por la calle con un amigo, su mujer y su hijo de tres años. Mientras paseábamos se produjo un estallido de luz: se habían encendido todos los adornos luminosos navideños. La cara del niño se iluminó de alegría y empezó a mirar para todos lados. Al cabo de un rato me miró y me dijo medio balbuceando: «¿Por qué han puesto tantas luces?». Esto me dio mucho que pensar y me dije a mí mismo: todo esto ¿para qué? ¿Qué sentido tiene si no es por lo que pasó hace aproximadamente unos dos mil años en una ciudad de Palestina? Mi respuesta fue clara: ninguno.
El sentido originario de la Navidad lo encontramos en una gruta de Belén. Allí nació un niño. Por suerte, no era un niño más, ni un niño cualquiera; era un niño especial, era el Hijo de Dios. Si olvidamos todo esto, si le damos otro sentido a la Navidad que el que verdaderamente tiene, caeremos probablemente en pensar que es una fecha del año en la que en Nochebuena comemos pavo y en Nochevieja salimos de fiesta hasta la madrugada.
Démosle su verdadero y único sentido a la Navidad; a lo mejor puede ayudar esto que una vez leí en un libro: «La Navidad no es simplemente un acontecimiento, ni un recuerdo bonito, ni un sueño. Es el día en el que Dios pone un belén en cada alma».
Juan Luque Sánchez.
Sevilla.


