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La provocación repugnante

POR FERNANDO CASTRO FLÓREZMADRID. Más madera, esto es la guerra del escándalo «artístico». Tras la polémica de la fotografía de Nam Goldin de las niñas desnudas ahora tenemos el más difícil todavía

Actualizado 06/10/2007 - 09:35:08
ABC  Dos imágenes del perro al que Guillermo Vargas mató de hambre
ABC Dos imágenes del perro al que Guillermo Vargas mató de hambre
Más madera, esto es la guerra del escándalo «artístico». Tras la polémica de la fotografía de Nam Goldin de las niñas desnudas ahora tenemos el más difícil todavía, esto es, la manifestación de la crueldad «estetizada». El artista costarricense Guillermo Vargas ha dejado morir de hambre a un perro callejero en una instalación que ha montado en una feria de arte en Nicaragua. En una pared ha escrito, con comida de perro, la frase «Eres lo que lees», añadiendo acciones sonora y olfativa o, mejor, narcóticas, que convierten su pieza en el colmo de lo caótico. Así puede escucharse el himno sandinista al revés y asistir a la quema, en un incensario de 175 piedras de crack y una onza de marihuana. No contento con ese cóctel, el artista conocido con el sobrenombre de «Habauc» atrapó un perro en un barrio marginal de Managua y lo ató a una de las paredes de su demencial montaje. Al día siguiente el animal había fallecido.
Homenaje a Natividad Canda
Haciendo frente a la indignación generalizada y a las críticas, el responsable de esta lamentable acción ha venido a decir que su intención es ir contra la hipocresía social. Entre sus confusas intenciones estaba la de homenajear a Natividad Canda, que fue atacado en Cartago (Nicaragua) por unos perros rottweiler. «La gente -subraya Vargas- no se sensibilizó con ese hombre hasta que se lo comieron los perros», añadiendo que tampoco nadie tomó la decisión de alimentar al perro que él estaba «exponiendo», colaborando de esa manera a su muerte. Como es lógico, las asociaciones de defensores de los animales han descalificado esta pretendida obra de arte.
Es realmente sorprendente la proliferación de acciones artísticas que se caracterizan por su violencia como si confiaran en la magia homeopática. Pero no es cierto que en todas las circunstancias «lo semejante con lo semejante se cure». Los contemporáneos sufrimos el «síndrome de Medusa», estamos, literalmente, estupefactos ante la pantalla contemplando toda clase de horrores sin que ni nuestras conciencias ni nuestros estómagos reaccionen. Algunos artistas, convertidos en unos aprendices de mago, profesionales del exorcismo pachanguero, deciden presentar a lo que todavía, inercialmente, llaman «mirada burguesa», cosas repugnantes o sencillamente delictivas. Sus provocaciones encuentran la respuesta convencional: la apatía o la vergüenza ajena.
La brutal «obra» de Guillermo Vargas nos lleva a pensar de nuevo en el sinsentido del arte contemporáneo. Obsesionado por el tabú, esto es, entregado al delirio de tocar y profanar lo que sea, no repara en gastos y gestos. Todas las gesticulaciones, solidarias con la empanada del reality-show, terminan por llevarnos a pensar que sería necesario recuperar la capacidad crítica o, por lo menos, aceptar que, en ciertas ocasiones, tenemos razones para la indignación. Porque el arte no puede ser el paraguas para el vandalismo y, consecuentemente, no tendría que garantizar la impunidad. Chris Burden disparó contra un avión al borde de un aeropuerto, Santiago Sierra llenó una sinagoga en Alemania de gases irrespirables, Teresa Margolles genera vapor con el agua que sirve para limpiar los cadáveres. En alguna ocasión he calificado a estas formas artísticas contemporáneas recurriendo al término «idiota». Y resulta que en vez de dejarnos estupefactos o hacernos pensar, el «realismo cruel» en el que se instala Guillermo Vargas revela más que la idiotez el cumplimiento cínico de la estetización contemporánea. No hay en esa obscena exhibición de atrocidades otra cosa que búsqueda de impacto mediático. Parece ser que este joven artista que se columpia entre la perogrullada y la política de la denuncia estaba invitado a la próxima Bienal Centroamericana. Su estilística era típicamente «bienalista»; tenía todos los elementos de la salsa de moda: un poco de sociología blanda, una tajada de retórica multicultural y algo escabrosa para que se pueda calificar el potaje indigesto como «radical». Rilke encontró en los ojos de una perrita abandonada en su peregrinaje español una interrogación metafísica, algo así como la indicación de una solidaridad melancólica. Seguramente, Guillermo Vargas no ha leído aquellos versos rilkeanos en los que convoca a los perros que nos ven pasar «por un mundo interpretado». Él, con toda su rabia decorativa, no necesita la poesía: le basta con la brutalidad y ser así, faltándole tanto que leer, un analfabeto bestial. Su provocación es, sencillamente, repugnante.
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