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¿Se repite la trampa de Sokoa?

Hace 18 años, la ambición asesina de ETA la llevó a la compra de dos misiles SAM-7 que, al final, se convirtieron en cebo. Estos días, desde los calabozos de la comisaría de Bayona, probablemente «Mikel Antza» y «Anboto» se hayan interrogado sobre sus errores estos días en los calabozos de la comisaría de Bayona si los dos misiles encontrados ahora en Urruñe y Briscous formaban parte de una trampa tendida por la Policía francesa y la Guardia Civil, como ocurrió hace dieciocho años, cuando dos artefactos de las mismas características condujeron a las Fuerzas de Seguridad hasta los sótanos de la fábrica Sokoa. ¿La historia se repite?

Actualizado 06/10/2004 - 02:04:00

5 de noviembre de 1986. El comisario de la Policía de Aire y Fronteras (PAF) Jöel Catalá y el entonces teniente coronel de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo mantienen un tenso forcejeo verbal en la primera planta de la fábrica de muebles Sokoa, situada en la fronteriza localidad de Hendaya. «Aquí no hay nada, lo hemos inspeccionado todo», viene a decir el francés, cansado de que sus hombres busquen y busquen infructuosamente. «Hay que seguir, estamos seguros de que hay armas», insiste el español. Al final, el rifirrafe se zanja cuando un agente galo descubre la trampilla que da acceso al mayor arsenal de ETA descubierto hasta entonces y a la «oficina de contabilidad» de la banda, uno de sus secretos mejor guardados.

La insistencia del mando de la Guardia Civil estaba justificada. Se trataba de una operación de manual que empezó cuando los Servicios Secretos de Israel proporcionaron a la Benemérita dos misiles SAM-7 que les habían incautado a militantes palestinos. Los artefactos fueron inutilizados con el propósito de asegurarse que no podrían ser empleados contra ningún objetivo en el caso de que escaparan del control policial.

Por su parte, la CIA facilitó a la Benemérita unos pequeños emisores de radio que fueron introducidos dentro del mecanismo de disparo de los misiles. De esta forma, siguiendo la señal que emitían, podía localizarse en todo momento la ubicación de los artefactos. Dos agentes de la CIA se desplazaron hasta San Sebastián para colaborar con los Servicios de Información de la Guardia Civil en el control a distancia de los misiles.

La entrega, en San Sebastián

Una vez manipulados los SAM-7, los agentes de Inchaurrondo utilizaron a dos traficantes de armas, a quienes no les resultó difícil contactar con Ignacio Pujana Alberdi, responsable entonces de la adquisición de armas en el mercado negro. Al terrorista le ofrecieron la venta de este armamento. Al final, ETA pagó 40 millones de pesetas por los dos artefactos y sus correspondientes lanzaderas.

Los traficantes y ETA pactaron que la entrega se realizara en la calle Urbieta de San Sebastián, a finales de octubre de 1986. El plan consistía en que la furgoneta, conducida por dos guardias civiles, saliera de Portugal para aparentar que los misiles procedían de aquel país, aunque se habían cargado ya en España. El vehículo fue aparcado en la calle acordada, donde dos terroristas ETA procedieron a sustituir a los conductores. La furgoneta, según lo pactado, fue recuperada unas horas más tarde, aunque ya estaba vacía.

Los misiles estuvieron en paradero desconocido durante 24 horas, ya que los emisores no fueron activados para evitar que pudieran detectarse si ETA hacía una inspección con un escáner. Pasado ese tiempo, desde un helicóptero en el que se había instalado un equipo especial manejado por los agentes de la CIA, se procedió a activar el emisor oculto en las armas. La señal fue seguida por un helicóptero y varios vehículos que detectaron cómo los misiles eran transportados hasta el sótano de la fábrica Sokoa. El resto ya es conocido como la operación «Papeles de Sokoa».
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