
El doctor extremeño Manuel Nevado Rey se sentía ayer inmensamente feliz en Roma, pero casi tan desconcertado como aquel día de 1992 cuando notó que la molesta enfermedad incurable de sus manos desaparecía después de habérselo pedido al beato Escrivá de Balaguer. La emoción fue grande al llegar a San Pedro, y aún mayor al acercarse a la basílica de San Eugenio donde millares y millares de personas pasan delante de la urna con los restos mortales del nuevo santo.
El milagro del doctor Nevado, uno de los 16 que se presentaron a la Santa Sede después de la beatificación, fue un premio a su generosidad en el trabajo pues las úlceras de las manos eran consecuencia de haber operado muchas horas bajo los rayos X primitivos de los años 50 y 60, a sabiendas de que se exponía a un cáncer. Su esposa, Consuelo Santos Sanz, enfermera, recuerda que presentaba las lesiones ya cuando se casaron en 1962. Treinta años más tarde las ulceraciones, hiperpigmentación y placas eran tremendas, último aviso de una posible metástasis. Pero todo eso quedó atrás. Ayer, el doctor se confesaba «feliz de un modo inimaginable. Con mi esposa y yo han venido cuatro hijos y tres nietos. Me ha impresionado saludar cardenales. Pero, sobre todo, que a los 70 años estoy aquí, vivito y coleando».



