LOS socialistas, representados -¿cómo no?- por ese híbrido de Maquiavelo, Fouché y Guzmán de Alfarache que se llama Alfredo Pérez Rubalcaba, tienen convencidos a comunistas y republicanos separatistas de Cataluña para que no soliciten una Comisión de Investigación sobre el 11 de Marzo. ¿Qué cloacas policiales o políticas trata de tapar o de esconder la acreditada habilidad maniobrera de Rubalcaba?
Y sin embargo, cada día que pasa se hace más necesaria y urgente esa investigación, sobre todo después de las últimas informaciones aparecidas, cada una de ellas encaminada por derroteros diferentes y seguramente opuestos. Y mucho más cuando acaba de saltar a la opinión pública un relato estremecedor que cuenta cómo la noche del 11-M cenaban en un restaurante de El Plantío algunos miembros del Partido Socialista, entre ellos el nunca bien ponderado Rubalcaba, quien en el transcurso de la cena recibió la llamada telefónica de una persona del mundo de la justicia. El interlocutor o interlocutora le confirmó que la autoría de la matanza de las estaciones de Madrid era obra de terroristas islámicos. Pidió Rubalcaba una botella de champán y brindó porque «vamos a ganar las elecciones». Los muertos estaban todavía calientes, pero Rubalcaba ya sabía por quién iban a votar.
Si la información es cierta, la apasionante investigación del 11-M debe continuar en los episodios del 12 y del 13, cuando socialistas y comunistas en unión preparan los asaltos y asedios a las sedes del Partido Popular, las manifestaciones, las pancartas con acusaciones terribles, los gritos de «¡asesinos!» al Gobierno y al PP y la violación continuada y organizada («espontánea», insistían machaconamente en la Ser) de la jornada de reflexión, convertida en jornada de asalto y de algarada.
Los sucesos de esos tres días de marzo deben ser investigados, no sólo por los jueces, sino en el Parlamento. Lo que no se comprende bien es cómo, de qué y por qué el Partido Popular no pidió desde el primer momento y no ha pedido hasta ahora una comisión investigadora sobre unos sucesos que además de causar nada menos que doscientos muertos y mil heridos tuvo consecuencias políticas tan importantes y provocó la celebración de unas elecciones generales bajo el signo del terror y entre acusaciones muy graves.
Mientras los jueces indagan las responsabilidades de la autoría, la inducción, la complicidad, el encubrimiento del hecho criminal, es urgente abrir una investigación de los aspectos políticos de la terrible masacre y de su macabro aprovechamiento electoral. Al pueblo le interesa que se haga justicia, independientemente de que esa justicia descargue sobre un sujeto llamado Mohamed, Alí o Hassán. Pero debe conocer sin más tapujos ni más dilaciones quién hizo votar el día 14-M a los cadáveres del día 11. ¿Quién jugó políticamente con los muertos? Eso se debe indagar, caiga quien caiga, y que cada palo aguante su vela.


