JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
En la vida te pueden suceder muchas cosas malas, y una de las peores es tener que darles la razón a los puristas. Ya sin causa o motivo alguno son arrogantes, despectivos y algunos hasta insultantemente pedantes, pero ahora si les dan armas para sus razonamientos pueden ser insoportables. Viene a cuento de la paliza, pesados ellos, que nos dieron con el «300» de Snyder. Argumentaban que había entrado en un desfiladero, nunca mejor dicho, peligroso: el de rodar sobre fondo azul y narrar todo lo demás en un mundo virtual.
Pues bien, Snyder les ha puesto escopetas de cañones recortados en las manos para que le vuelen la cabeza. Un maremágnum de efectos especiales con una base, eso sí, fiel al cómic como sólo Snyder, leal él, sabe construir. Pero eso, más que una virtud, en este caso es un problema. «Watchmen» es en su génesis un cómic complicado de por sí, espeso, muy metafísico. Donde no entra el ordenador y sí el sentimiento, éste vuelve caótica la narración, alarga el contenido (más de dos horas y media) y hace de la confusión un rey todopoderoso.
La película es una amalgama, espesa y apresurada, de un montón de vivencias de muchos héroes, todos complejos de por sí. Snyder, preso de su admirable lealtad, apelmaza el producto y el ordenador no logra deshacer el ovillo.



