CUÁNTA obsequiosa solicitud, qué cortés galantería. Les faltó concelebrar la Misa, pero la vice iba vestida casi con traje talar, de cárdeno cuaresmal, y Moratinos exhibía ademanes beatíficos, como si fuera a postrarse de hinojos a cantar el Kyrie Leison. A los estrategas de Moncloa les debió de parecer excesivo un frente simultáneo contra los banqueros y los obispos, de modo que se han apresurado a derramar almíbar sobre monseñor Bertone para atenuar la fama de comecuras. La exhibición diplomática del Gobierno sólo ha sido comparable a la del propio enviado del Papa, de perfil elegante y sibilino como un retrato de Piero della Francesca. Pero para diplomacia, la del Vaticano; allí sí que tienen, como diría Pepe Blanco, «paciencia infinita». Si hay en el mundo una escuela experta en la sagaz combinación de cortesía dialéctica y firmeza dogmática es la que lleva siglos forjándose tras la verja del Palacio Apostólico.
Al final, naturalmente, cada uno ha estado en lo suyo. Los socialistas con su laicidad, su aborto y su agenda de ingeniería social, y Bertone con su martillo doctrinal, que ayer sacó de paseo tras dejarlo prudentemente en la Nunciatura para visitar a Zapatero. Quizá alguna minerva gubernamental albergó la pardilla esperanza de abrir brecha en el muro eclesiástico a base de buenos modales. Se ilusionaron con puentear al obispado nacional hablando directamente con el mensajero de la Santa Sede, creyendo que en la jerarquía eclesiástica hay, como en la política, moderados y radicales. Desenfocado análisis; habrá purpurados más y menos amables, más hoscos o menos contemplativos, pero a la hora de la doctrina la Iglesia no deja fisuras. El sutil Bertone repartió delicadeza palaciega, sonrisas cordiales y refinamiento mundano, pero luego se fue a la Conferencia Episcopal a sentar principios de ortodoxia sin resquicios. Frontal, brillante, claro, duro y frío como una lámina de titanio.
Más o menos igual que Botín, que a la misma hora bajaba sin contemplaciones la persiana del crédito reclamado por el ministro favorito de Zapatero. El financiero es hombre de pocos miramientos y además no ha recibido últimamente tantas atenciones como el Vaticano, así que dio calabazas a su seco estilo, en corto y por derecho. Zapatero ha topado a la vez con la Iglesia y con la Banca, dos huesos duros de roer que dan problemas al poder desde los tiempos de la Florencia de los Médici. Se necesita mucha experiencia para torcer el pulso sin más a estamentos tan rocosos de blindaje. Y, a qué engañarnos, el presidente tampoco es Lorenzo el Magnífico.


