
ABC Matthew Goode y Jonathan Rhys-Meyers, en una de las primeras escenas de «Match point»
Fue la libra la que pudo con el dólar y la que consiguió que finalmente «Match Point» se rodase en Londres y no en Nueva York, como en un principio estaba planificado. Por una vez, el propio Allen consigue un aliado en el clima y ofrece nublados continuos -tan pretendidos siempre, pero nunca hay presupuesto- que encajan en la trama sin recurrir a los artificios de la postproducción. El propio origen de la historia se puede encontrar en «Delitos y faltas», pero una vez más el prolífico creador se reinventa y consigue crear una especie de remake que pule y asienta aspectos ya planteados con anterioridad.
No hay nada al azar, cada secuencia encaja perfectamente en el entramado de lo que podría ser una ópera. No hay que olvidar que toda la historia se desarrolla gracias a la ópera; si no se llega a producir la conversación entre Chris Wilton -Rhys Meyer- y su futuro cuñado sobre la música, nada hubiese sucedido. A partir de aquí, Allen decide que el espectador escuche a través de diferentes arias los sentimientos de cada uno de los personajes. Ya la primera visita al Covent Garden muestra el dúo«Un di felice», de «La Traviata» y, en efecto, se produce ese día feliz para Chloe -Emily Mortimer-, que no puede apartar su mirada de Chris. Todas estas muestras del amor en sus diferentes variantes se van produciendo en múltiples ocasiones, de ahí la reiteración de un Verdi entusiasta que canta al sentir, como el «Gualtier Maldé»,de «Rigoletto».
La estructura de obra de cámara encaja en esa concepción teatral, no hay muchos personajes y eso ayuda a conseguir empatizar con las situaciones. Tampoco olvida Allen el origen de la idea y hace referencias continuas a las lecturas que devora el personaje principal, de ahí que Strindberg y Dostoiesvki sean nombrados en más de una ocasión -lo que nos dice que Chris tiene algo más que obsesión por triunfar-. Se debería acudir a Ernst Lubitsch, Robert Altman o a Billy Wilder para apreciar el cinismo con el que está rodada la historia y el modo con el que recrea la alta sociedad. Bajo la música de Gomes o de Rossini se consigue que esas pasiones sin freno que tan bien filmaba Bergman -y que tan presente están siempre en la obra de Allen- sean reflejadas sin tapujos -Nola (Scarlett Johansson) es un fiel reflejo de lo que podría haber sido cualquier heroína bergmaniana-. Esa culpa que carcome, aunque no lo suficiente como para abandonar esa situación de privilegio en la que vive Chris; esa culpa que llega a ser un componente más de una vida que tiene un rumbo y que no hay por qué cambiarlo; esa culpa que por momentos parece que no lo será, que aunque no desaparezca, no molesta. La selección de piezas musicales se va recrudeciendo a partir de esos momentos amargos que muestra la historia; el lirismo de los primeros momentos va transformándose en algoturbio; la aparición del «O figli figli miei», de «Macbeth», anuncia lo que será el desencadenante. Allen consigue estar por encima de la realización de un ejercicio de género, no utiliza el asesinato como mero argumento, sino que se atreve a convertirlo en una reflexión filosófica como podía ser «Crimen y castigo» o «Acreedores». Es esa guerra de cerebros y egoísmos lo que campea por la alta sociedad londinense, pero eso sí, siempre aparentando que no existe fisura alguna. No oculta nada ni deja que el espectador vaya conformando la historia; es valiente mostrando las decisiones y los devaneos del protagonista, ahí nos encontramos con Yago o con Ricardo III, sus confidentes son los espectadores, en «Match point» ocurre lo mismo; es más, lo adereza con Hitchcock y mantiene al espectador en tensión preguntándose si realmente se sucederán todas las atrocidades que el protagonista tiene en mente, no hay secretos. De ahí que los planos se vayan sucediendo y recreando en la posible desgracia de alguien que no sabe cuál es su fatal destino y en otro que tiene la sangre fría de confeccionar el suyo sin pudor alguno y a expensas de quien le estorba. Para ello se escucha «Desdemona», de «Otello»; de nuevo Verdi con la crudeza de un aria que ya vaticina aquello que no tiene solución. En toda esta ópera filmada ni siquiera faltan elementos de la denominada ópera bufa, con la aparición de los policías londinenses. Tras esa mirada de aceptación de la culpabilidad en un precioso salón, las primeras notas de «Una furtiva lagrima», entonada por Caruso, recuerdan una vez más, que más vale tener suerte a tener talento.



