Opinión

Hemeroteca > 06/01/2003 > 

Sagasta

Actualizado 06/01/2003 - 00:28:59
POR un azar de la Historia, Sagasta moría hace cien años, coincidiendo con el nacimiento de ABC, que abrió la edición de su segundo número semanal con una gran foto del político liberal, orlada de luto y, bajo ella, un editorial titulado «Sagasta», en homenaje al ocho veces presidente del Gobierno. «Una figura excepcional», «un gobernante probo, personificación de la bondad y de la honradez», «la Revolución le debió mucho, mucho le debe la Monarquía», glosaba ABC. Acaso en esta última cita se condensa acertadamente el balance de una vida entregada al servicio público de España y de los españoles.
Desde sus comienzos como joven revolucionario de la «vicalvarada», transformado en encendido progresista adicto a las asonadas de su época, que tuvo que exiliarse y que llegó a ser condenado a muerte en tiempos de Narváez, hasta su plenitud como jefe del primer y del último gobierno de la Regencia de Doña María Cristina y del primer gobierno de Don Alfonso XIII, tras su Jura ante las Cortes, Sagasta protagoniza una biografía de entrega total a la nación, apuntalada en un pragmatismo consecuente, que nunca degeneró en saltos al vacío ni en renuncias a los valores que fueron sus señas de identidad, como el sufragio universal masculino, y las libertades fundamentales de expresión, de reunión y de asociación.
Hay que entender a Sagasta orteguianamente, es decir, en las circunstancias que le tocó vivir. En esto último insistía hace pocos días Gonzalo Anes en una Tercera dedicada a Fray Bartolomé de Carranza: evitar la tentación de juzgar acontecimientos y personalidades pretéritas con criterios actuales, o de velar el paisaje político y social de fondo a la hora de valorar a las figuras que en él se mueven. Sagasta afrontó todos los riesgos políticos de un largo periodo de inestabilidad institucional. A veces se sintió incomprendido por algunos de los eminentes políticos que le habían acompañado en su carrera: Martos, Gamazo, Maura, Canalejas... Pero acertó en su propósito fundamental de contribuir a la estabilidad democrática, a partir de la consolidación de unos partidos políticos fuertes.
El llamado pacto de El Pardo que abría el «turnismo» trajo a España un largo periodo de estabilidad política. Sagasta afirmaba: «La primera necesidad es que no se interrumpan las amistosas relaciones de colaboración entre ambos partidos». Y Cánovas pudo apostillar: «Es obligación nuestra mantener lealmente nuestra solidaridad con el Partido Liberal, evitando todos los pretextos que puedan perturbarla». Este «turnismo» de dudosa ortodoxia democrática a la luz de hoy se dio también, y en la misma época, en Italia entre la «destra» y la «sinistra», y en Portugal con el «rotativismo» entre «regeneradores» y «progresistas». Las personalidades de ambos, el coloso conservador y el gigante liberal, marcaron casi tres décadas de la historia política de nuestro país.
Los gobiernos de Sagasta no estuvieron exentos de enfrentarse con acontecimientos graves. Fueron pruebas para calibrar el temple de su condición de hombre de Estado. La mayor de estas pruebas se produjo a la muerte de Cánovas, cuando Doña María Cristina volvió a llamarle para formar Gobierno, y recibió el encargo sabiendo lo que tenía de sacrificio. Abierto en sangre el conflicto de Cuba, con repercusiones graves en Filipinas, con los Estados Unidos dispuestos a intervenir directamente, con la Hacienda exhausta, con los republicanos moviéndose, con los carlistas intranquilos, con el anarquismo esgrimiendo la pistola o la bomba, Sagasta sabía al recibir el encargo regio, adelantado por afectuoso y apremiante manuscrito de la real mano, que, como le pronosticaría Silvela, presidir el Gobierno en aquellos momentos suponía «tomar la cruz sobre los hombros y subir la calle de la Amargura».
Cuando Cánovas pensó en la Autonomía para Cuba ya era tarde; Sagasta tampoco la entendió. De nuevo, para emitir un juicio responsable, habría que haber vivido aquella circunstancia, con la opinión pública -y la publicada- apostando por una guerra que, desde una ceguera hoy increíble, se daba por ganada. Y con la opinión norteamericana, azuzada por los periódicos, deseando anexionarse la perla de la Antillas. De las consultas hechas sobre este problema por Sagasta a los líderes sociales y políticos para la firma de una paz con Washington, el que sería Tratado de París, resulta esclarecedor el Memorándum que le envía Emilio Castelar, fechado en Vigo el 19 de septiembre de 1898, «dando a cubanos y a españoles, no a partidos ni a estadistas, la parte de responsabilidad que a todos pertenece». Entre la responsabilidad de todos incluye Castelar «la de Cánovas y la de nosotros mismos». Después del desastre colonial, con su secuela de desgaste político, y tras las presidencias de gobierno de Silvela y de Azcárraga, Sagasta volvió a ser el hombre necesario y la personificación de la esperanza nacional.
Sagasta había llegado a Madrid en 1843, desde su pueblo riojano de Torrecilla de Cameros, para estudiar filosofía y matemáticas, y un año después ingresó en la Escuela de Caminos, donde en 1849 se tituló con el número uno de su promoción. Trabajó en la carretera de Orense a Zamora, y más tarde fue Jefe de Obras Públicas en Zamora. Aquí dirigió el Partido Progresista, y por esta circunscripción llegó al Congreso por primera vez en 1854. Recuerda el conde de Romanones, en su biografía «Sagasta o el político», que perteneció «a dieciséis Cortes distintas con treinta y cuatro Legislaturas», y llegó a ser Presidente del Congreso de los Diputados. El mismo Romanones anota que Doña María Cristina admiraba a Sagasta «porque nunca hablaba mal de nadie, ni aun de sus mayores enemigos». Y ello sin renunciar a su verbo afilado ó a su maestría dialéctica que le acreditaron como un orador parlamentario siempre temido. El último discurso parlamentario que pronunció hacía el número dos mil quinientos cuarenta y dos de sus intervenciones en las Cortes. Fue miembro de la Academia de Ciencias y, además, un fértil periodista que dirigió «La Iberia», uno de los periódicos más significativos de su época, donde atesoró fama de gran polemista.
Sagasta ocupó la cartera de Fomento en dos ocasiones: del 23 de mayo al 25 de junio de 1871, al tiempo que la de Gobernación, bajo el Reinado de Amadeo de Saboya, con Serrano como presidente del Consejo; y, siendo el propio Sagasta presidente, del 22 de octubre de 1898 al 10 de febrero de 1899, en la Regencia de Doña Maria Cristina. Poco tiempo para que el estadista dejara su impronta en nuestras obras públicas, aunque, sin duda, tuvo ocasión de soñar con los grandes desafíos que para España suponía el Plan General de Ferrocarriles aprobado en 1870, poco antes de su primer ministerio. Fue, además, inspector general del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, y presidente honorario de la Junta de Representación del Cuerpo.
En su última jefatura de Gobierno aparecía cansado, aquejado de una bronquitis crónica que se agudizaba, por la que su hija y su médico le aconsejaban dejar la política. Él, como siempre, pensaba menos en su salud que en su deber. Por una votación adversa en el Congreso, presentó la dimisión al Rey. Aventura Romanones que, «al bajar las escaleras de Palacio, resquebrajado su cuerpo, sólo pensaba en que volvería a subirlas en plazo no lejano, para encargarse de nuevo del poder...»; «por esto era el político por esencia, el político por antonomasia», concluye el conde.
A Sagasta le debemos no pocas de las decisiones que fueron perfeccionando el espíritu progresista que, de una manera o de otra, arraigó en España e imprimió carácter a su Monarquía. Si la fuerte personalidad de Cánovas impregnó la Restauración, el buen sentido de Sagasta modeló la Regencia. La lealtad y la convicción de ambos pusieron el cimiento de la unión entre los españoles en torno a la Corona y a las libertades que, cien años después, siguen siendo el principal soporte político de la Constitución actual. Nada menos.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo último...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.