Leo con atención la columna de opinión que ha escrito Hermann Tertsch en la edición de este miércoles, con el título «La SGAE nos vigila», y viene a mi cabeza una de las máximas que debe regir la práctica periodística: contrastar siempre la información. Este principio resulta fundamental para que esta profesión tan honrosa, la de periodista, cumpla su función de satisfacer el derecho a ser informado de todo ciudadano, contribuyendo así a la buena calidad del sistema democrático. Algo tan evidente que, en este caso, conviene recordar a juzgar por lo expuesto por el autor del artículo. Antes de nada quiero aclarar, para que el señor Tertsch no se enoje, que sólo lo leo, no lo vigilo. Que ya sabemos cómo se las gasta cuando hay algo que no le gusta o alguien que no comulga con sus intereses.
Quisiera desde aquí, si no le inoportuna al señor Tertsch, explicarle que la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) no es ningún pesebre infinito del socialismo, ni ninguna secta. Es un suponer, pero quizás convendría mostrar algo más de respeto por los más de 93.000 autores que integran esta entidad, que en 2009 cumplirá 110 años de historia y de firme compromiso con la defensa de los derechos de los creadores.
Sabemos de sus prejuicios contra la SGAE; vamos, que le molesta una parte importante del tejido laboral y cultural de nuestro país. Un sentimiento que transmite en cualquiera de sus columnas, hable de lo que hable. Deduzco así que si al señor Tertsch le dieran la oportunidad, eliminaría cualquier actividad de los creadores de nuestro país, y ya que estamos, de la gente que trabaja para ellos.
Expone el señor Tertsch que la SGAE «ha decidido poner un vigilante en nuestras vidas» y que vigila relaciones personales y conductas, entre otras lindezas que adornan su columna y reafirman la posición beligerante ya conocida contra los autores de nuestro país.
La SGAE no espía a nadie. Lo que sí hace es defender con rigor los derechos de sus asociados, algo que es muy legítimo. Lo que no hace la SGAE, ni lo ha hecho nunca, es vigilar a los ciudadanos y mucho menos porque mantengan una opinión contraria. No nos molesta la discrepancia ni la crítica, como sí parece disgustarle a quienes profesan con tanto ardor el dogmatismo ideológico. En cualquier caso, le convendría leer nuestras Memorias anuales para que no siga vertiendo falsedades como que no sabemos «lo que es una Auditoría». Es un suponer, pero así informaría de manera adecuada a sus lectores; eso de contrastar la información...
Pedro Farré, director de Relaciones Institucionales y Comunicación de la SGAE


