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Retablo de comidillas

En los años de la Transición, la gastronomía obró de contrapeso a la inflación política y erótica. La primera obedecía al exceso de expectativas que suscitó la democracia y la segunda al destape que

Actualizado 05/12/2006 - 02:49:51
En los años de la Transición, la gastronomía obró de contrapeso a la inflación política y erótica. La primera obedecía al exceso de expectativas que suscitó la democracia y la segunda al destape que quiso compensar en dos años cuarenta de ayuno erótico. Con el desencanto de los ochenta, el bigote de Tejero y el ingreso en la OTAN, algunos intelectuales del marxismo siguieron la senda hedonista de los frondosos Álvaro Cunqueiro, Juan Perucho o Néstor Luján. Xavier Domingo y Manuel Vázquez Montalbán maridaron «La teca» de Dom_nech con la «Fisiología del gusto» de Brillat-Savarin. La izquierda había transitado de los figones a los fogones y, ya se sabe, cuando la izquierda bendice algo, deviene dogma de fe. Domingo nos dejó un libro de estructuralismo coquinario, «Cuando sólo nos queda la comida» y Vázquez Montalbán difundió «l´olleta d´Alcoi» en sus novelas de Carvalho. Fue aquella una pedagogía saludable. Refrendada por la imaginación donostiarra de Arzak o Subijana dio paso a los pucheros televisivos de Elena Santonja en «Con las manos en la masa», o aquel entrañable Pastallé y su «Bona cuina» con «rodolins». Algún cursi de la «nouvelle cuisine» coligió que el «rodolí» era una seta para aderezar uno de sus "potitos bledine" a la crema de leche.
Y el mal francés, esto es el vedettismo, atravesó la frontera; nuestros cocineros se han hecho mediáticos, un «star system» con franquicias adyacentes que monopoliza suplementos dominicales y «prime time» catódico. En el plano editorial, gastronomía equivale a redundancia y refrito de recetas. Con la entronización por el New York Times de Ferran Adrià proliferaron sus imitadores. Fanáticos del retablo de las comidillas, algunos restauradores con ínfulas han conseguido con sus platos-probeta que suban los precios... y las ventas de comprimidos Almax. El otro día, este cronista tomó nota de lo que se cuece en un metro cuadrado de librería. Ahí está José Andrés, el cocinero de la tele y Arzak sigue pegando bocados pecuniarios. El campechano Arguiñano publica libros como churros y Santi Santamaría luce estrellas y michelines. Mucho peor es el libro-secuela de la serie «Caçadors de bolets» que aconseja sembrar rovellons" en el jardín (siempre creímos que se reproducían por generación espontánea); o la cocina de Ventdelplà -un pueblo que sólo existe en la imaginación de Benet i Jornet- con las recetas de la Marcela, personaje de ficción que encarna a la inmigrante andaluza que cuece migas.
Hojeando estos libros oportunistas o releyendo por enésima vez las opiniones sobre lo divino y humano que nuestros entronizados cocineros deponen desde los dominicales como si fueran Juan Salvador Bellota, uno acaba por dar portazo a otra afición que alegró algún momento de su vida. Demasiado márketing, demasiado maridaje... Ya no nos queda ni la comida. Nuestros cocineros son tan narcisistas como los participantes de Gran Hermano. Nos han hecho aburrir la gastronomía como aburrimos esta Navidad que irrumpe caramelizada y empalagosa. Hoy, el elogio de la locura es el elogio del huevo frito.
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