SI algo le faltaba al Gobierno socialista español para culminar el auténtico «mes de pasión» que se inició el 2 de noviembre con la victoria electoral de George W. Bush y la consiguiente derrota del candidato Kerry, en el que Zapatero había depositado sus esperanzas de presentarse como un adelantado del neopacifismo; si algún quebradero de cabeza inoportuno podía añadirse a la difícil semana comenzada con el vapuleo que Aznar propinó a los «siete enanitos» que trataron en vano de ajustarle las cuentas en la Comisión de investigación del 11-M; si las siniestras leyes de Murphy podían empeorar la escalada de reveses y conflictos que han supuesto los desatinos de Moratinos y la tortuosa y arrolladora tramitación contra reloj de una ley torticera destinada a nombrar jueces a la medida del Gobierno; si quedaba un contratiempo por sufrir en este quemadero en que de pronto ha empezado a arder la buena estrella del Gabinete, ése era la reaparición de ETA en Madrid.
Podía, desde luego, haber sido peor. Los petardos etarras de la noche del viernes no constituyen sino el aviso perdonavidas de que la banda parece dispuesta a vender caros sus evidentes estertores, provocados por el éxito de una política antiterrorista urdida bajo el mandato de Aznar con el acertado consenso del Partido Socialista. Pero el momento elegido por los etarras para hacerse presentes en un escenario nacional que les viene dando por liquidados tras los últimos y certeros golpes policiales supone paraZapatero el colofón de un amargo recordatorio que, en muy pocas semanas, le ha puesto de manifiesto la complejidad de la tarea de gobierno y le ha anunciado un futuro de espinas tras el perfumado camino de rosas recorrido desde su inesperada victoria electoral hasta el comienzo del otoño.
Acostumbrados en pocos meses al aura de gracia del poder recién ocupado, los socialistas se han reencontrado de repente con toda la problemática crudeza de la adversidad política. Sus cálculos sobre la «pájara» del PP después de la derrota del 14-M han resultado erróneos; el previsto derrumbamiento que debía provocar la secuela del atentado y la orfandad del liderazgo aznarí no sólo no se ha producido, sino que el centro derecha ha sido capaz de recomponerse internamente y levantar una incómoda oposición de desgaste que ha empezado a abrir boquetes en el costado del buque gubernamental. A sólo ocho meses de su nacimiento, el Gobierno tiene ya dos ministros quemados, un portavoz parlamentario que suscita amplias críticas -incluso las veladas del propio presidente socialista de la Cámara- y numerosas brechas de opinión pública derivadas tanto de la bisoñez como del sectarismo y hasta de la incompetencia. La Comisión del 11-M, destinada a freír al aznarismo en la parrilla de la imprevisión, ha terminado revelándose como una plataforma de lanzamiento del PP. No sólo se han reabierto razonables dudas sobre la autoría intelectual de la matanza, sino que la oposición ha recibido una vivificadora descarga de oxígeno moral con la comparecencia del ex presidente del Gobierno, cuya durísima dialéctica de «killer» barrió a los mediocres portavoces de la mayoría parlamentaria y lanzó venenosos torpedos contra el entorno mediático de La Moncloa. Aupados sobre la escalerilla que Aznar colgó el lunes de las amuras del barco del poder, los comandos populares han comenzado a trepar en busca del abordaje sobre cubierta.
En el puente de mando de la Presidencia faltan ahora mismo manos para ocuparse de los problemas surgidos. El estupor cunde en el mundo financiero ante el asalto lanzado contra el BBVA por un grupo de «outsiders» de la Banca, presuntamente impulsados por algún asesor de Zapatero, mientras en las oficinas del sector se cancelan vacaciones de personal para atender la demanda de planes de pensiones originada en el pánico a la desaparición de sus beneficios fiscales tal como anunció un responsable de Hacienda. El Ministerio de la Vivienda es un fantasma burocrático condenado al ostracismo por una mala planificación de sus (ausentes) competencias. Los constructores se quejan en público del parón de los concursos de infraestructuras. Los regantes de Levante se enteran de que el agua les va a costar un 50 por cierto más cara que con el trasvase del Ebro, y unos grupúsculos extraparlamentarios movilizan a decenas de miles de ciudadanos en defensa del valenciano ante el chantaje ventajista de los separatistas catalanes aliados de Maragall y de Zapatero.
El canciller Moratinos se ha ido a Palestina con una reprobación en el morral, y Estados Unidos sigue castigando con dureza su política procubana. La pifia de la votación de la reforma judicial ha exasperado al presidente del Congreso, Manuel Marín, obligándole a amparar una maniobra fullera que acabó con la oposición marchándose del hemiciclo. Las embestidas del PP, anunciadas la semana anterior por Ángel Acebes, ofrecen la sensación de que el Gobierno ha perdido la iniciativa, y Rajoy se ha permitido recordar que su partido tiene la llave de las reformas constitucionales y hasta resulta necesario para sacar adelante el consenso imprescindible en torno al referéndum europeo de febrero. Por si todas estas tormentas fuesen pocas, el propio Zapatero ha visto empaparse su feudo leonés, cuya Alcaldía ha volado hacia el PP de la mano de unos especuladores de la política... con quienes el PSOE había urdido una anterior alianza ahora traicionada.
Sólo faltaba ETA, y ya está ahí. Acompañada, por cierto, de la confusa muerte de la mujer del confidente «Lavandero», ahogada en el helado Cantábrico entre sospechas de presiones insoportables y en presencia de alelados -como mínimo- agentes policiales. Al menos, contra ETA sí tendrá el Gobierno el apoyo cerrado de una oposición que, lejos de amilanarse y deshacerse en la clásica crisis de la derrota, se ha venido arriba con rabia y orgullo herido, y parece haber mordido carne en el tobillo de su presa. Siempre que llueve, escampa, decía González. Y escampará sin duda, porque la política da muchas vueltas y la opinión pública es aleatoria y voluble, pero los goterones del chaparrón resuenan con fuerza sobre los tejados de La Moncloa. Y las bombas colocadas por los etarras en las gasolineras de un colapsado Madrid a comienzos del esperanzador puente que iba a enfriar la crispada tensión de estos días aciagos para Zapatero, parecían recordar la más pesimista de las citadas leyes de Murphy: «Si vez una luz al final del túnel, no te alegres demasiado. Puede ser un tren que viene de frente».
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