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Maria Àngels Feliu detalla con entereza su inhumano cautiverio de 492 días ante todos los acusados

Al entrar en la sala, Maria Àngels Feliu dirigió una mirada escrutadora a los secuestradores en el banquillo y aseguró: «Soy persona gracias a la Guardia Civil»

Actualizado 05/12/2002 - 00:53:08
Maria Àngels Feliumuestra al Tribunal la manta con la que la tapaban en el zulo sus captores. ELENA CARRERAS
Maria Àngels Feliumuestra al Tribunal la manta con la que la tapaban en el zulo sus captores. ELENA CARRERAS
GERONA. Maria Àngels Feliu entró en la sala de vistas sesenta minutos más tarde de lo previsto y, después de dirigir una firme mirada a cada uno de los ocho imputados por su secuestro, relató durante cerca de dos horas y con una entereza que soprendió a todos su cautiverio inhumano en el interior de un zulo por espacio de 492 días, su liberación y su otro calvario particular que consistió en superar el «miedo a volver a comenzar». La esperada declaración de la farmacéutica de Olot (Girona) diez años después de su secuestro se realizó, finalmente y a petición suya, con la presencia en la sala de todos los acusados, en un cambio de última hora después de que su abogado hubiese solicitado el pasado viernes que los imputados permanecieran en otro espacio anexo mientras la víctima revivía sus 12.000 horas encerrada en lo que ella misma describió ante el tribunal como «el garito».
Con retraso, debido a que Ramon Ullastre y su esposa Montserrat Teixidor llegaron una hora tarde «por problemas del coche», Maria Àngels tejió una declaración repleta de detalles y fechas concretas, que recordaba porque coincidían con días señalados de celebración en su familia, y desafió a los que «me quemaron viva, me segaron la vida, lesionaron a mi familia y dejaron a mis hijos 500 días sin madre» con un mensaje muy concreto: «No creo en el síndrome de Estocolmo». Por ello, sentó las bases de su relato con el aviso de que «una cosa fue la vida subterránea y otra es la realidad» y si en algún momento de su cruda narración surgieron cálidas palabras de agradecimiento fue para los miembros de la Guardia Civil que participaron en el esclarecimiento del caso. «Soy persona gracias a la Guardia Civil; ellos me hicieron ver la realidad», aseguró la farmacéutica, que reconoció «estar preocupada» por las secuelas que puedan sufrir sus hijos más que por ella misma, «ya que a mí, mi orgullo me da igual».
Sufrir por los hijos
«Alto, las llaves del coche». «Si te mueves, te pego un tiro». Son las palabas que Maria Àngels Feliu escuchó en la noche del 20 de noviembre de 1992 cuando, después de cerrar su farmacia situada en Olot y tomar una copa con su hermana y un amigo en un bar cercano, penetró en el aparcamiento subterráneo de su domicilio y un encapuchado con una escopeta de cañones recortados y «una o dos personas más» la acorralaron y la obligaron a subir a un coche. Comenzaban 492 días de privación de libertad, de angustia y de intentar «sacarme de la cabeza a mis hijos» para no sufrir por ellos. A preguntas del fiscal, contó cómo después de viajar en el maletero de dos coches, fue encerrada en un zulo de 1,70 centímetros de alto, 1,50 de ancho y 1,60 de profundidad, un rectángulo en el que permaneció las primeras siete semanas sin luz, tumbada en una especie de colchón húmedo por las numerosas y constantes filtraciones de agua y con un cubo para hacer las necesidades como único enser. Más adelante, le proporcionaron un mechero -con el que mataba las arañas-, velas y un altavoz que emitía las 24 horas programación de radio, «en el que me sentaba de vez en cuando».
Rezaba el padrenuestro y la salve, explicó, no tenía miedo a la muerte, «sólo al sufrimiento y al dolor», se cambió una vez de ropa interior, y al principio estuvo varios días sin probar bocado, hasta que uno de los secuestradores le dijo: «Chica, si no comes, no verás a tus hijos». Maria Àngels Feliu esbozó en su mente durante los 492 días de cautiverio el esquema de lo que ella creía era la banda de secuestradores: «Los maestros, que habían organizado mi secuestro, los del cobro y los cuidadores». Entre estos últimos, habló de su carcelero y el hombre que la liberó, «Iñaki». Lo describió como «el menos malo de todos», sabía que «dependía de él» para todo y en muchas ocasiones pensó que «no formaba parte del tinglado y que era un mandado» pero, tal y como le dijo el 27 de marzo de 1994, cuando la dejó junto a una estación de servicio cerca de Lliçà de Vall (Barcelona), ayer le lanzó un mensaje: «Espero que nos veamos en el cielo».
A lo largo de su declaración, Maria Àngels Feliu reconoció a más de ochopersonajes que entraban y salían del zulo, con voces diferentes y distorsionadas y a los que nunca vio la cara porque se tapaba con una capucha cada vez que abrían la puerta, ya que así se lo habían obligado. En este capítulo habló del «cortadedos», que la amenazó constantemente con cortarle de cuajo los dedos; del «abuelo», que tenía una voz «ronca» pero era correcto, y al miembro «del partido joven de ETA», que también de forma amable le comentó que se trataba de un secuestro político, que la soltarían en ocho días y que sus padres tendrían que ir a buscarla a Bilbao.
El «cortadedos», el «quillo», galería
En esta galería de personas, que la propia farmacéutica reconoció ser todo «un montaje de mi mente», también apareció el «quillo», que se caracterizaba por escupir siempre, por dirigirse a ella en términos como «quilla, ¿te vienes conmigo a los sanfermines?», y por un trato seco que se acentuaba cuando la víctima le hablabla de sus hijos: «A mí no me vengas con lloros», le espetaba. Un día, una voz se identificó como «Óscar» y le preguntó a la cautiva si le gustaba la playa y el mar, aunque en esa época sufría dolores terribles en la rodilla y así se lo comentó a este nuevo personaje, que no dudó en responderle: «Si te duele, te muerdes». El «loco» era uno de los más duros, que la obligaba a sufrir el volumen alto del altavoz conectado de forma permanente. La farmacéutica reconoció que «entonces me ofrecí a todos para redactar las notas de petición de rescate, con tal de salir, y ahora no les doy ni un duro».
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