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?Quien piense que los espa?oles nos hemos sentido molestos con esos gui?oles franceses se equivocan?

Federico Ysart

?Garz?n fue publicitado por todo el mundo, y las relaciones hispano-chilenas sufrieron una grave crisis?

Gonz?lez Urbaneja

?En Espa?a, los d?biles ahora son los sindicatos y el fuerte es el gobierno de Mariano Rajoy?

?ngel Exp?sito

?Ante los siete magistrados que forman el Tribunal Supremo y que dictan una sentencia, lo que queda es acatarla?

Ram?n P.-Maura

?Santorum ha sido capaz de soportar los ataques de la escuadra publicitaria de Romney con mucha m?s firmeza que Gingrich?

Hemeroteca > 05/10/2008 > 

«Eliminar a Fidel Castro»

Weiner traza en este libro la historia de la CIA desde su fundación tras la Segunda Guerra Mundial hasta su colapso tras la guerra de Irak. El relato trepidante y documentado de una realidad que

Actualizado 05/10/2008 - 02:43:22
Tim Weiner  Periodista. Premio Pulitzer por su trabajo sobre misiones secretas relacionadas con la seguridad
Tim Weiner Periodista. Premio Pulitzer por su trabajo sobre misiones secretas relacionadas con la seguridad
Weiner traza en este libro la historia de la CIA desde su fundación tras la Segunda Guerra Mundial hasta su colapso tras la guerra de Irak. El relato trepidante y documentado de una realidad que superar a cualquier ficción. En el pasaje que reproducimos, se narra cómo en la crisis de los misiles en Cuba se barajó desde un ataque a las tropas soviéticas hasta la «eliminación» de Fidel Castro
La CIA se había engañado al pensar que los soviéticos jamás enviarían armas nucleares a Cuba. Pero ahora que había visto los misiles, seguía sin ser capaz de captar la mentalidad soviética. «No puedo entender su punto de vista -se lamentaba el presidente Kennedy el 16 de octubre-. ¡Maldita sea!, es un misterio para mí. No conozco lo suficiente sobre la Unión Soviética.»
(...)
Kennedy ordenó que se prepararan tres planes de ataque: uno, destruir los silos de misiles nucleares con la fuerza aérea o los jets de la marina; dos, organizar un ataque aéreo de mucha mayor envergadura; tres, invadir y conquistar Cuba. «Sin duda vamos a hacer el número uno -dijo-. Vamos a quitar de ahí esos misiles.» La reunión terminó a la una de la tarde, después de que Bobby Kennedy abogara por la invasión a gran escala.
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Luego la conversación pasó a girar sobre la guerra secreta. «Tenemos una lista de opciones de sabotaje, señor presidente -dijo Bundy-... Presumo que está usted a favor del sabotaje.» Y ciertamente lo estaba. Se autorizó a diez equipos de cinco agentes de la Operación Mangosta a infiltrarse en Cuba en submarino. Sus órdenes eran volar barcos soviéticos poniendo minas submarinas en puertos cubanos, atacar tres silos de misiles tierra-aire con ametralladoras y morteros, y quizá buscar las lanzaderas de los misiles nucleares. Los Kennedy estaban cambiando radicalmente, y la CIA era su instrumento más directo. El presidente salió de la reunión dejando dos opciones militares sobre la mesa: un ataque sorpresa a Cuba y una invasión a gran escala. Sus palabras de despedida fueron una petición para ver a McCone a la mañana siguiente, antes de partir en un viaje de campaña electoral a Connecticut. El general Carter, McNamara, Bundy y unos cuantos más se quedaron. El subdirector de la central de inteligencia, Marshall Carter, tenía 61 años y era un hombre bajo, rechoncho, calvo y de afilada lengua. Había sido jefe de estado mayor del NORAD, el Mando de Defensa Aérea norteamericano, durante el mandato de Eisenhower. Conocía las estrategias nucleares de Estados Unidos. Ahora, con el presidente fuera de la sala, el hombre de la CIA expresó en voz alta su más profundo temor: «Irrumpes allí con un ataque sorpresa -dijo Carter-. Eliminas todos los misiles. Pero ese no es el final, es solo el comienzo». Él creía que iba a ser el primer día de la Tercera Guerra Mundial. (...)
A las once de la mañana del jueves 18 de octubre, McCone y Art Lundahl fueron a la Casa Blanca con nuevas fotos del U-2. En ellas se mostraba un nuevo conjunto de misiles de mayor tamaño, cada uno de ellos con un alcance de 3.500 kilómetros, capaces de alcanzar todas las ciudades estadounidenses importantes salvo Seattle. McCone dijo que las bases de misiles estaban controladas por tropas soviéticas; McNamara señaló que un ataque aéreo sorpresa a las bases mataría a varios centenares de soviéticos. Atacarles representaría un acto de guerra contra Moscú, no contra La Habana. (...)
Aquel día, McCone obtuvo dos votos en favor de su argumento del bloqueo respaldado por la amenaza de un ataque.Uno fue el de Eisenhower; el otro, el de Robert Kennedy; ambos habían adoptado ahora la postura de McCone. Seguían estando en minoría, pero al menos cuestionaban la tendencia general. El presidente, sentado a solas en el Despacho Oval cerca de la medianoche, se dijo a sí mismo, hablando directamente a los micrófonos ocultos, que «obviamente las opiniones se han apartado de las ventajas de un primer ataque».
(...)
«Ahora bien, ¿qué hacemos mañana por la mañana, cuando esos ocho barcos sigan su ruta? -preguntó el presidente Kennedy-. ¿Tenemos claro -un momento de silencio, una risita nerviosa- cómo vamos a reaccionar?»
Nadie lo sabía. Se hizo otro breve silencio.
«Disparándoles al timón, ¿no?», dijo McCone. La reunión terminó. Kennedy firmó la declaración de cuarentena.
A continuación, él y su hermano se quedaron a solas durante unos minutos en la sala del gabinete.
«Bueno, parece que esto va a ser malo de verdad. Pero, por otra parte, lo cierto es que no hay otra opción -dijo el presidente-. Si se lo toman por la tremenda... ¡Dios mío!, ¿qué coño harán después?» Su hermano le dijo: «No había otra opción. Quiero decir que, de haber tomado otra, te habrían recusado». El presidente estuvo de acuerdo: «Sí, me habrían recusado».
(...)
La primera parte de la estrategia de McCone estaba funcionando; la cuarentena de los cargamentos soviéticos se mantendría. Pero la segunda parte iba a ser mucho más difícil. Como él mismo no dejaba de recordar al presidente, los misiles seguían estando ahí; las cabezas nucleares estaban ocultas en algún lugar de la isla, y el peligro aumentaba.
(...)
«¿Y qué otro camino hay? -preguntó el presidente-. La alternativa es que realicemos el ataque aéreo o la invasión. Pero todavía tenemos que afrontar el hecho de que, si les invadimos, para cuando lleguemos a los silos, después de una lucha muy sangrienta, nos encontraremos con eso, con que nos estarán apuntando. Así que todo sigue reduciéndose a la cuestión de si van a disparar o no los misiles.»
«Eso es correcto», dijo McCone. Entonces la mente del presidente pasó repentinamente de la diplomacia a la guerra. «Quiero decir que, aparte de la diplomática -dijo Kennedy-, no hay otra acción que podamos emprender, la cual no nos libra inmediatamente de ellos. La otra vía, creo, sería una combinación de un ataque aéreo y una probable invasión, lo que significa que tendríamos que realizar ambas cosas con la perspectiva de que los pudieran disparar.»
McCone le desaconsejó la invasión. «Lo de invadir será un asunto mucho más serio de lo que la mayoría de la gente cree -le dijo al presidente.» Los rusos y los cubanos tenían «un puñetero montón de equipamiento... Tienen ahí un material muy letal. Lanzacohetes, baterías autopropulsadas, semiorugas... Se lo harán pasar muy mal a cualquier fuerza invasora. No sería tarea fácil de ninguna de las maneras».
Aquella noche llegó a la Casa Blanca un largo mensaje de Moscú. El cable tardó más de seis horas en ser transmitido y recibido, y no se completó hasta las nueve de la noche. Era una carta personal de Nikita Jruschov en la que describía «la catástrofe de una guerra termonuclear» y proponía -o eso parecía- una solución. Si los estadounidenses prometían no invadir Cuba, los soviéticos retirarían los misiles.(...)
Tras escuchar una buena bronca, Harvey fue desterrado de Washington. Helms le envió a Roma como jefe de base, aunque no antes de que el FBI tomara nota de una ebria comida de despedida que Harvey celebró con Johnny Rosselli, el asesino a sueldo de la Mafia al que había contratado para matar a Castro. En Roma, el bebedor Harvey se desquició, tratando a sus hombres como Bobby Kennedy le había tratado a él.
Para reemplazarle como el hombre encargado de Cuba, Helms puso a su jefe para Extremo Oriente, Desmond FitzGerald, un millonario educado en Harvard que vivía en una mansión de ladrillo rojo de Georgetown con un mayordomo en la despensa y un Jaguar en el garaje. Al presidente le caía bien, ya que encajaba con la imagen de James Bond. Había dejado su bufete de abogados en Nueva York cuando Frank Wisner le había contratado al comienzo de la guerra de Corea, y al instante había sido nombrado director ejecutivo de la división de Extremo Oriente del servicio clandestino. Luego había mandado la misión china de la CIA, que había estado enviando a agentes extranjeros a una muerte segura hasta 1955, año en que una inspección del cuartel general juzgó que la misión era una pérdida de tiempo, de dinero, de energía y de vidas humanas. FitzGerald ascendió luego a subjefe de Extremo Oriente, donde ayudó a planificar y ejecutar la operación indonesia en 1957 y 1958. Como jefe de la división de Extremo Oriente, presidió la rápida expansión de las operaciones de la CIA en Vietnam, Laos y el Tíbet.
Ahora los Kennedy le ordenaron que volara minas, fábricas, centrales eléctricas y barcos mercantes cubanos, que destruyera al enemigo con la esperanza de crear una contrarrevolución. El objetivo, como el propio Bobby Kennedy le explicaría a FitzGerald en abril de 1963, era echar a Castro en el plazo de dieciocho meses, antes de que se celebraran las siguientes elecciones presidenciales en Estados Unidos. Veinticinco agentes de la CIA morirían en aquellas fútiles operaciones.
Luego, en el verano y el otoño de 1963, FitzGerald dirigió la última misión destinada a matar a Fidel Castro. La CIA planeaba utilizar a Rolando Cubela, su agente mejor situado en el gobierno cubano, como asesino a sueldo. Cubela, un hombre excitable, violento y de lengua larga que detestaba a Castro, había alcanzado el rango de mayor en el ejército cubano, había sido agregado militar en España y había viajado mucho. El primero de agosto de 1963, en una conversación con un agente de la CIA en Helsinki, se ofreció voluntario para «eliminar a Fidel, mediante la ejecución si es necesario».
El 5 de septiembre se reunió con su contacto de la CIA, Néstor Sánchez, en la ciudad brasileña de Porto Alegre, donde en aquel momento representaba al gobierno cubano en los Juegos Universitarios internacionales. El 7 de septiembre, la CIA señaló diligentemente que Castro había elegido una recepción en la embajada brasileña en La Habana para pronunciar una larga diatriba ante un periodista de Associated Press. Castro dijo que «los líderes de Estados Unidos correrían peligro si colaboraban en cualquier intento de deshacerse de líderes cubanos ... Si ayudan a complots terroristas para eliminar a líderes cubanos, tampoco ellos estarán a salvo».
Sánchez y Cubela volvieron a reunirse en París a comienzos de octubre, y el agente cubano le dijo al hombre de la CIA que quería un rifle de alta potencia con una mira telescópica. El 29 de octubre de 1963, FitzGerald cogió un avión a París y se reunió con Cubela en un piso franco de la CIA.
FitzGerald le dijo que él era un emisario personal enviado por Robert Kennedy, lo cual se hallaba peligrosamente cerca de la verdad, y que la CIA le entregaría a Cubela las armas que eligiera.
(...)
La base de la CIA envió al cuartel general una lista de todos los extranjeros de los que sospechaba que habían establecido contacto con los agentes de la inteligencia soviética em Ciudad de México. Uno de ellos era Rolando Cubela (...) El informe planteaba una angustiosa cuestión: ¿Era Cubela un doble agente de Fidel?
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