La conjura de
El Escorial
| (( | España | 2008 | 130 minutos | Género-Histórico | Director- Antonio del Real | Actores-Juanjo Puigcorbé, Julia Ormond, Jason Isaacs |
JAVIER CORTIJO
Lo único bueno de hacer una película llamada «Desde que amanece apetece» es que, a partir de ahí, no hay más remedio que subir o subir. Aunque este ambicioso proyecto deambulaba desde hace unos años por los mentideros cinéfilos, provocando algunas chanzas «hermosas» de escépticos virtuales que no acababan de creerse tal proyecto. Ya se sabe cuál sigue siendo el deporte nacional desde el siglo XVI...
Afortunadamente para él, el jienense Antonio del Real, al que debemos comedias de agradable digestión como «Corazón loco» o «Cha-cha-cha» (también bodrios como «Trileros» o «Y decirte una estupidez, por ejemplo te quiero»), ha sabido buscarse las lentejas y los catorce millones de euros para levantar un thriller palaciego con todas las letras.
Si «Las hermanas Bolena» se beneficiaron del tirón popular de la teleserie «Los Tudor», este filme puede ser deudor de la corriente de novela histórica que saca petróleo del «demonio del mediodía», los Tercios de Flandes y el fuego cruzado entre el Duque de Alba y Antonio Pérez y su «querida», la Princesa de Éboli. Materia prima no falta, por lo que Del Real «sólo» ha tenido que ir poniendo correctitamente la cámara entre camarillas tan explosivas, aunque para conservar tanta chorrera y cretona haya tenido que poner por las nubes el aire acondicionado, de ahí la sensación de frialdad global del fresco. También los actores están (menos el habitual en esta Corte) en su sitio, a pesar de que el romance entre el alguacil y la morisca quede algo fuera de plano, y ciertas peleas a lo Bud Spencer y ciertos planos desde el helicóptero te saquen a gorrazos de la época. Lo mejor, eso sí, es que el cine español por fin refleje la actualidad más rabiosa tan fielmente: a día de hoy el Reino sigue en crisis galopante, todos andamos locos con la Casa de Alba y, como a Felipe II, la gota afecta a otro personaje de nuestro imperio: Paquirrín. Perdón, Kiko.



