
La política es un asunto de vida o muerte. De vida y muerte. Quiero decir que en la política la muerte y la vida se entrelazan, se persiguen, se cortejan, se acarician, se engatusan, se requiebran como en cualquier otro ámbito de la realidad. Quiero decir que hacer política es hacer una tarea vital: necesaria, y en la que nos va la vida. En la que la vida se nos va, se les va a quienes la hacen. Por eso conviene estar bien pertrechado de conocimiento acerca de la vida y de la muerte a la hora de hacer política.
Uno nunca sabe con cuántos cadáveres va a tropezar en su andadura. Uno nunca sabe si el día de mañana le va a tocar a él ser el cadáver con el que los demás tropiecen. Como en un drama isabelino con ecos metafísicos.
De ahí que cada cual necesite disponer de su método para salvarse del mundo, en el mundo. De ahí que todos necesitemos nuestra fórmula para curarnos de nosotros mismos, en nosotros. Los libros son medicinales, son curativos, son balsámicos. En ellos están los muertos más vivos que nos es dado conocer. En ellos dormitan los vivos partidarios nuestros, a la espera de que los despertemos del sueño de sus páginas y los hagamos partícipes del sueño de este mundo.
De ahí que nos convenga estar prevenidos, con la calavera totémica en la mano, contra la vida de la política y la política de la vida.



