Al Gobierno que no gobierna y a la oposición consagrada a sus peleas internas se suma ahora el Congreso que no legisla. Es el arranque más perezoso de legislatura que se recuerda en la Cámara. El presidente del Congreso, José Bono, pone la guinda con su decisión de agrupar todas las votaciones de los martes al final de la tarde, que ya puede ser primera hora de la noche. En tiempos de Luisa Fernanda Rudi como presidenta de la institución se votaba después de cada proposición, que es lo lógico. Manuel Marín relajó la tradición en la última legislatura y lo dejó en tres bloques. Menos diputados en los escaños. Bono, todo junto y al final. La consecuencia de este tipo de decisiones es sencilla: la sesión se celebra con los escaños de sus señorías vacíos, con los habituales corrillos en el patio o en los pasillos del Congreso, con diputados que llegan tarde, que entran y salen; con otros diputados que sólo van para apretar el botón en el momento adecuado... Hay despiste general entre los parlamentarios y, además, hasta por la noche no se puede saber cómo quedan los textos que se van a aprobar ni con qué mayorías. Caos informativo del que se quejan casi todos los grupos parlamentarios. Y los jueves, el Pleno ni se reúne porque el Ejecutivo no tiene proyectos. Los diputados tienen ahora una jornada semanal de dos días.


