La Orquesta Nacional ha cedido por un día su tradicional espacio para un concierto extraordinario, con lleno en el Auditorio Nacional, protagonizado por la siempre admirada London Philharmonic Orchestra (convenientemente reducida a veintisiete cuerdas, con dos trompas y dos oboes), dirigida -mejor dicho, llevada- por la solista y extraordinaria violinista Anne-Sophie Mutter. Su trabajo como directora se redujo de manera admirable: gestos contenidos a esclarecedores movimientos de la cabeza y, por situada frente a los oyentes, de espaldas a la partitura que, sobre su atril, apenas consultó en la primera parte del programa y ni advirtió siquiera en la segunda; la elegancia presidió este aspecto de su atinada labor, puesto que, contraria a la habitual descomposición de la figura, que parece, inavitable cuando la tarea solista-director se produce, la Mutter la suprime como por encanto.
Así, sin aparente notorio esfuerzo, la conjunción de ambos elementos, orqueta-solista, se produjo como principal logro interpretativo de una sesión, íntegramente dedicada a los «Conciertos» violinísticos de Mozart, los números, 2, 1 y 5 (KV 211, 207 y 219, respectivamente), resultado de la imprescindible labor que no es necesario traducir ante el público: los ensayos. Su resultado nos llegó como algo de asombrosa facilidad, razonando la talla que siempre se le reconoce a los profesores londinenses, secundando un criterio director magnífico, el impuesto por la Mutter, violinista insuperable en el natural concepto mozartiano, tan equilibrado, liviano en el peso de las intensidades, rebosando la claridad de unas líneas perfectamente percibidas, aún cuando pueden precipitarse en los momentos vivos.
Algo he de añadir a la perfección del asombroso juego violinístico de la gran Anne-Sophie Mutter: su elegancia, no tan sólo en el buen «decir» de las partituras (las ocho «cadenzas», de ignorado autor, pecaron por una inadecuación estilística), sino innata, partiendo de su vestir (modelo digno de la pasarela más encopetada), de sus pasos por el escenario, pero, sobre todo, acorde con un clasicismo, línea que imperó durante la entera jornada perfecta en tantos puntos, por ejemplo, en las parejas de trompas y oboes, en verdad modélicas. Éxito total; merecidísimo.



