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Nureyev, el bailarín que nació dos veces

Se cumplen mañana diez años de la muerte en París de Rudolf Nureyev, una de las mayores leyendas de la historia de la danza. Su arte fiero, su carácter felino e inaprensible, su irresistible magnetismo le convirtieron en una figura única. La leyenda se hizo eterna el día en que decidió abandonar la Unión Soviética en una cinematográfica huida por las salas del aeropuerto de París

Actualizado 05/01/2003 - 01:24:24
MADRID. Era el mes de junio de 1992. En la Deutsche Oper de Berlín se ensayaba la gala de clausura de la semana de danza que se había celebrado en este teatro. Sobre las tablas los bailarines calentaban músculos; en el foso, la orquesta afinaba instrumentos. El entonces director de la Ópera, Götz Friedrich, entró entonces en el escenario. A su lado, una tímida figura envuelta, casi oculta, en coloridas vestimentas. Demasiada ropa para el calor que hacía tanto en la calle como en el propio teatro. Friedrich pidió silencio: «Señores, permítanme que les presente al señor Rudolf Nureyev»... Tras unos aplausos de los sorprendidos bailarines, Nureyev bajó hasta el foso, y ya en el podio del diretor tomó la batuta. «Señores -dijo a los músicos en un tono de voz leve que apenas oyeron los que estaban más cerca de él-, ustedes son mucho mejores músicos que yo... Espero que me ayuden». Ya despejado el escenario, y hecho el silencio en la sala, alzó la batuta y empezaron a sonar los primeros compases de la «Canción del compañero errante», de Gustav Mahler, una coreografía que Maurice Béjart había creado para él mismo. Bailaban Patrick Dupond y Peter Schaufuss, directores por entonces de los ballets de las óperas de París y Berlín.

En la Ópera de París

Aquella sorprendente aparición, urdida por los dos bailarines, fue una de las últimas actividades públicas de Nureyev. Su enfermedad era ya un secreto a voces para el mundo de la danza, pero todavía no había trascendido a los medios de comunicación. Lo hizo tan sólo unos meses más tarde, el 8 de octubre de 1992, cuando apareció, consumido y mortecino, sobre el escenario de la Ópera de París. Acababa de estrenarse su versión del ballet «La bayadera», y el mundo entero pudo ver el tremendo deterioro físico del que había sido el más grande artista que había dado la danza en las últimas décadas.

Todo en la vida de Nureyev tuvo tintes novelescos. Lo fue su nacimiento, el 17 de marzo de 1938, en un vagón del tren que hacía el recorrido entre el lago Baikal e Irkustk, en la extinta Unión Soviética. Lo fue también su lucha para vencer los recelos de su padre, un severo militar que quería que su hijo siguiera la carrera de las armas o se hiciera ingeniero; lo fueron sus años de estudiante en la escuela del Kirov, en San Petersburgo (entonces todavía Leningrado), cuando desafiaba la estricta disciplina y cometía «pecados» tan graves como aprender inglés o asistir a las representaciones de todas las compañías extranjeras que actuaban en su ciudad; una actitud que proseguiría en sus primeros años en la compañía, el Ballet Kirov, donde su talento era tan admirado como temido su carácter.

Aquellos primeros años de carrera cimentaron la fama de Rudolf Nureyev, un bailarín que destacaba, más que por su técnica, extraordinaria, por su nervio, su virilidad, su fiereza y su arrogancia. Era un artista inaprensible y arrebatador, capaz de concentrar la atención del público con un gesto mínimo. Su indocilidad y su rebeldía le acarrearon muchos problemas; en apenas dos años en la compañía había alcanzado la categoría de primer bailarín; consciente del poder que le otorgaba su talento, se negaba a bailar cuando no le apetecía, frecuentaba a artistas extranjeros y no asistía a los cursos de formación política. Le prohibieron viajar, pero cuando el Ballet del Kirov fue invitado a actuar en París, hubo que levantarle el castigo, porque Nureyev era la estrella emergente más importante del conjunto.

Salto a Occidente

En la capital francesa nació Nureyev por segunda vez. Su cinematográfica fuga, el 17 de junio de 1961, se ha relatado una y otra vez. El Ballet había tenido un éxito extraordinario en París; Nureyev había triunfado también personalmente. Naturalmente, sus salidas nocturnas, sus encuentros, habían sido un quebradero de cabeza para los comisarios políticos, que decidieron que no viajaría a Londres, segunda etapa de la gira. Ya en el aeropuerto de Bourget, con toda la compañía embarcando para la capital británica, le dicen a Nureyev que él se vuelve a Rusia, y que un Tupolev le espera en la pista. «Lo comprendí todo en el acto -recordaría años más tarde-. Jamás me dejarían volver a Europa, yo tenía la cabeza muy dura y era impropio para la exportación, así que tendría que quedarme para siempre en Rusia, castigado y oscurecido». Nureyev había acudido al aeropuerto acompañado por varios amigos, entre ellos Clara Saint, la encargada de prensa de Yves Saint Laurent. Nureyev apenas se lo pensó. Saltó una barrera y tras unos segundos de forcejeo, con sus amigos reteniéndole y los comisarios soviéticos tratando de arrastrarlo hacia ellos, logró refugiarse detrás de dos policías mientras gritaba pidiendo asilo político.

Silencio oficial

Aquel día nació en Occidente la leyenda del que es sin duda (junto a Nijinski) el más relevante bailarín del siglo XX. Aquel día, también, su nombre desapareció de la historia oficial de la danza rusa. Para las generaciones posteriores, Nureyev era sólo un mito. Oficialmente, nunca había estudiado en la escuela del Kirov, nunca había formado parte de la compañía ni había bailado en aquel teatro. Hasta el año 1987, en plena «perestroika», no se le permitió volver a Rusia. Tuvo que ser a través de una invitación personal de Gorbachov, y gracias a ella pudo visitar a su madre, que se encontraba enferma. Dos años después volvió a pisar el escenario del Kirov. El 18 de noviembre de 1989 bailó «Las sílfides» junto a Zhana Ayupova. Volvía a existir en su tierra natal, aunque tuvieron que pasar cinco años de su muerte para que se le dejara de considerar un delincuente. A finales de septiembre de 1998, la Fiscalía General de Rusia anuló la sentencia dictaminada en su contra por la Justicia soviética, que le condenó a siete años de prisión con confiscación de bienes por su negativa a volver a la URSS. La Fiscalía rusa dijo en su descargo que Nureyev «no ha traicionado a la patria ni ha revelado secretos militares o del Estado».

Margot Fonteyn

Cuando Nureyev saltó a Occidente, tenía veintitrés años y treinta y seis francos en el bolsillo. No tardó en encontrar apoyo; sólo una semana después ya actuaba con el Ballet del Marqués de Cuevas. Uno de los que más le ayudó en su día fue el bailarín danés Erik Bruhn, una de las más grandes pasiones de Nureyev tanto artística como personalmente. Pero quien verdaderamente resultó decisiva en su futuro fue Margot Fonteyn. «Él no era simplemente un bailarín, sino la danza misma», dijo de él. La artista británica -que en aquel entonces contaba ya cuarenta y dos años y empezaba su declive- revivió de su mano y juntos se convirtieron en la más legendaria pareja de la historia del ballet. Había un inocultable magnetismo entre los dos. La elegancia y la finura de Margot Fonteyn contrastaba con la salvaje furia del bailarín tártaro. Durante los quince años que duró este «matrimonio» artístico, Fonteyn y Nureyev regalaron momentos bellísimos de danza, muchos de los cuales han quedado afortunadamente grabados. Su «Margarita y Armando» -un ballet basado en «La dama de las camelias» que creó para ellos Frederick Ashton-, su «Romeo y Julieta», su «Lago de los cisnes» o su paso a dos de «El corsario» forman parte de la historia y han sido -lo son todavía- santo y seña para varias generaciones de bailarines.

Al margen de sus actuaciones con Margot Fonteyn, Nureyev desarrolló una incansable labor junto a las mejores compañías del mundo -y con otras no tan buenas-, y consiguió su sueño de trabajar al lado de coreógrafos como Roland Petit, Maurice Béjart, Martha Graham, José Limón, George Balanchine o Kenneth McMillan. Su apetito artístico le llevaría también a poner su propia firma a clásicos como «La bayadera», «Don Quijote» o «El lago de los cisnes» o a buscar, ya en sus últimos años de vida, nuevas formas de expresión, como el cine, el teatro y la música. Ken Russell le convirtió en el protagonista de su película sobre Rodolfo Valentino y fue un despótico director de orquesta en «Un cebo llamado Elizabeth»; hizo también una gira por Estados Unidos como el peculiar monarca de «El rey y yo», el musical de Rodgers y Hammerstein. Pero fue la música su último amor, y se tomó muy en serio su faceta final como director de orquesta; además de la aparición berlinesa ya narrada, quedan para la historia una gala en el Metropolitan Opera House de Nueva York, donde dirigió «Romeo y Julieta» -con el aplauso final de los músicos- o varias intervenciones al frente de una orquesta vienesa.

París

Diez años antes de morir, Nureyev había sido nombrado director del ballet de la Ópera de París, una de las compañías más célebres y celebradas del mundo. Allí dejó impronta de su difícil carácter -se peleó con mucha gente, incluida la gran estrella de aquel momento, la bailarina Sylvie Guillem, y con uno de los coreógrafos franceses más renombrados, Roland Petit- y sus seis años al frente de la compañía resultan verdaderamente tormentosos. Pero tras su muerte, y con la perspectiva del tiempo, la labor de Nureyev fue justamente valorada. François Delétraz escribió en «Le Figaro Magazine»: «el Ballet de la Ópera de París es todavía aclamado en todos los escenarios del mundo; Nureyev ha sacado de la sombra a varios bailarines excepcionales, y a todos les ha dado pasión, esplendor, brillo, les ha dado un poco de sí mismo».

Alicia Alonso dijo de Nureyev que tuvo un «talento fuera de serie». Para su compatriota Maya Plisetskaya, «bailó como él quiso, como entendió la danza y, sabiendo que rompía los moldes, impuso su forma de bailar, que ha enriquecido y marcado para siempre la historia de la danza»; «durante un tiempo fue el mejor, ha sido un meteoro en el mundo de la danza, que ha dejado un sendero de luces resplandecientes para que las futuras generaciones de bailarines se alumbren con ellas», escribió a su muerte el estadounidense Fernando Bujones. Nadie discute el papel fundamental y decisivo que ha desempeñado Nureyev en el desarrollo de la danza clásica (especialmente la masculina) del siglo XX. 
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