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?Quien piense que los espa?oles nos hemos sentido molestos con esos gui?oles franceses se equivocan?

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?Garz?n fue publicitado por todo el mundo, y las relaciones hispano-chilenas sufrieron una grave crisis?

Gonz?lez Urbaneja

?En Espa?a, los d?biles ahora son los sindicatos y el fuerte es el gobierno de Mariano Rajoy?

?ngel Exp?sito

?Ante los siete magistrados que forman el Tribunal Supremo y que dictan una sentencia, lo que queda es acatarla?

Ram?n P.-Maura

?Santorum ha sido capaz de soportar los ataques de la escuadra publicitaria de Romney con mucha m?s firmeza que Gingrich?

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Delincuencia de importación

LA VIDA EN SOLFAALGO falla en nuestra sociedad. No me refiero al hecho de ver tirada en la calle una bici del «bicing» (o en algún balcón), incivismo ya clásico en la Barcelona de hoy, sino a algo

Actualizado 04/12/2009 - 02:54:59
LA VIDA EN SOLFA
ALGO falla en nuestra sociedad. No me refiero al hecho de ver tirada en la calle una bici del «bicing» (o en algún balcón), incivismo ya clásico en la Barcelona de hoy, sino a algo bastante más preocupante: a esa lacra del carterismo que provoca colas de despistados turistas en las comisarías del centro.
Yo soy inmigrante y sé lo difícil que es ganarse la vida en una sociedad diferente, sobre todo si vienes de una zona del mundo que es mirada por encima del hombro por tu tierra de acogida como es el caso, aquí en Cataluña, de los países de África o de Hispanoamérica. No hablo de racismo o de xenofobia, sino de sensibilidad cultural. Por una cuestión de piel, aquí -como en todas partes- se recibe de manera diferente a un emigrante de un país rico que al que viene de uno pobre. La inmersión es difícil, hay que labrarse un hueco en la sociedad, hay que demostrar que vales, que eres honrado, que aportas. Por ello hay que saber aguantar; no valen contactos, golpes de suerte o amistades, hay que sobrevivir trabajando en labores que los locales desprecian, hay que sacrificarse para sacar adelante tu propio proyecto de vida. Hay que luchar contra mil elementos, más todavía en un país como es la España de hoy, cuya tasa de paro roza la alarmante cifra de los cuatro millones de personas.
En todo este juego de adaptación cuenta mucho la formación del inmigrante, el conocimiento de idiomas, su cultura. Pero cuando no hay educación ni tampoco oportunidades para colocarse, es fácil caer en la delincuencia. Y ejemplos de esto, por desgracia, hay muchos en nuestra querida Barcelona. Además del tristemente célebre problema de la trata de mujeres -llámese prostitución-, al vivir en pleno centro de la ciudad, he aprendido a reconocer a los carteristas profesionales. Hay un par de tríos -siempre van de a tres- que no para de actuar por las mismas rutas: el casco antiguo, el Raval, el barrio gótico... Son magrebíes bien vestidos que intentan hacerse pasar por turistas; uno de ellos lleva un mapa en la mano y los tres van con mochilas; dos van juntos y el tercero los sigue a unos pasos de distancia. Trabajan preferentemente al atardecer o a la hora de la siesta, se detienen ante coches aparcados a las puertas de un hotel y se cuelan en el metro como Pedro por su casa. Y el color de sus rostros es siempre el mismo: terriblemente pálido. Cuando los miras a los ojos de inmediato reaccionan con violencia. Ya forman parte de nuestro paisaje, ya son nuestros vecinos.
Ahora se quiere pedir que se expulse de inmediato a delincuentes extranjeros reincidentes, una medida con mucho de lógica, pero no muy políticamente correcta. Si a este tipo de delincuentes comunes lo tenemos tan fichado los vecinos ¿qué pasa con la policía? Si yo los conozco de vista, las fuerzas del orden deberían tener incluso sus datos personales...
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