HAY muertes de suplemento cultural y muertes de papel couché. El fallecimiento de José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, barón de Segur, de Maldá y de Maldanell, Grande de España, officier de la Legión de Honor y galán cinematográfico, en papeles secundarios con Giuletta Massina y Audrey Hepburn, apareció en las páginas de «Gente». Pero Vilallonga era escritor. Nos tememos que sus novelas no alcanzarán la posteridad, aunque sí ese estilo ataviado americanas de paño escocés y estampado Príncipe de Gales de haber «vivido en el mejor de los mundos». Supimos del escritor hace treinta años, por las Cartas de París que publicaba «Interviu» y sus movimientos conspiratorios en aquella Platajunta que entremezclaba la democracia cristiana de Ruiz Giménez, el eurocomunista Carrillo, el republicanismo conspicuo de Calvo Serer y García Trevijano y la izquierda que se devanaba los sesos entre el PSOE felipista de Suresnes y el sestear nostálgico que encarnaba Llopis y su PSOE histórico. La conspiración sienta bien al aristócrata émulo de la Pimpinela Escarlata. Admirador, tal vez, de Chateaubriand, aunque la comparación resulte odiosa, un Vilallonga, ya octogenario, publicó sus memorias la primavera de 2000.
Con el pórtico de «La tierna y cruda verdad», sin la grandeza de ultratumba del vizconde bretón, Vilallonga advertía que durante toda su vida tomó notas en los cuadernos negros que le regaló su abuela Dolores, para «que se acostumbrara a respetarse a sí mismo». El director de arte de una importane revista de la Transición, nos dijo que Vilallonga exprimía tanto las anécdotas que cuando la oías la tercera o cuarta vez, ya había cambiado alguien del «dramatis personae». La ventaja de poner recuerdos negro sobre blanco en la magnífica edición de Plaza & Janés es que aquellas egocéntricas historias alcanzaran por fin una versión única.
Quedan para la posteridad episodios autobiográficos, como la relación con su padre, el cruel Salvador Vilallonga y de Cárcer, que le obligó a integrar un pelotón de ejecución para que se endureciera: José Luis estuvo fusilando durante quince días seguidos en el Campo de la Bota. Una juventud «dolorosamente confusa» hasta que en 1946, Josep Pla le dio en Destino un consejo definitivo para un veinteañero presto a confesar que había vivido: «Escriba, joven, escriba».
El hombre que ayer se despidió de la Barcelona de sus antepasados en San Antonio de Padua sufrirá las inclemencias del olvido por la redundancia de alguna entrega editorial demasido pendiente del papel couché. Quedará su semblanza del Rey y las amenas memorias, que es mucho. Al resto de su producción literaria, cabe aplicarle el título que Vilallonga dio a un libro del que compartió autoría -sin reconocerlo- con el periodista Enrique Meneses: «La nostalgia es un error».