Cataluña

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ARTÍCULO DE OPINIÓN DE XAVIER PERICAY: SEPTIEMBRE

Actualizado 04/06/2005 - 03:05:19

Ahora resulta que en Cataluña uno ya no puede fiarse ni del calendario. Sí, sí, lo que leen: ni del calendario. Seguro que la mayoría de ustedes, desde que tienen uso de razón, encaran los últimos días del mes de agosto con la congoja de que lo bueno se acaba, de que adiós vacaciones y de que habrá que volver al tajo, que allí está septiembre aguardando. Aunque también es posible, en caso de que tengan criaturas y de que estas sean de la piel del demonio, que aguarden este mes de septiembre con el ánimo contrario: es decir, como una auténtica liberación, como la posibilidad de quitarse por fin de encima a unas bestezuelas que les han mortificado durante todo el verano. Sea como sea, olvídense de septiembre. Sí, porque en Cataluña -o en la Cataluña de ficción que está construyendo con incomparable ahínco nuestra clase política- después del 31 de agosto viene el 1 de octubre. Lo cual significa que los catalanes somos más viejos que el resto de los españoles de la misma edad. Por cada año que cumplen los demás, nosotros cumplimos un año y un mes, con lo que un catalán de 11 años, tiene en realidad 12; uno de 22, 24; uno de 33, 36; uno de 44, 48, etcétera, etcétera. Sólo de pensarlo -y confieso que he puesto el etcétera antes de llegar a mi edad, por si las moscas- da vértigo.

Pero así son las cosas. En Cataluña no hay septiembre. ¿Y saben por qué? Pues porque septiembre es un mes netamente español y Cataluña, esa nación, no es España. Puede que alguno de ustedes se frote los ojos ante semejante razonamiento. Ya les advierto que no es mío, sino de alguien mucho más importante que yo. De un subdirector general. Del subdirector general de Formación Permanente y Recursos Pedagógicos del Departamento de Educación de la Generalitat de Cataluña, Joan Badia. En efecto, este alto cargo de confianza de la consejera Cid, en respuesta a una petición del sindicato Aspepc -que agrupa a profesores de secundaria de la enseñanza pública catalana- en la que se pedía al departamento que restituyera los exámenes de septiembre, ha afirmado que él es «un acérrimo adversario de las pruebas de septiembre». ¿La razón? Para Badia, estas pruebas son «un producto netamente español» y, en consecuencia, «bien poco catalán». Como es natural, los representantes de los profesores no habían aducido, entre los motivos de su petición -avalada por más de 700 firmas-, etnicidad alguna. Se habían limitado a aportar argumentos académicos. Por ejemplo, que no tiene ningún sentido que al alumno que ha suspendido en junio una asignatura se le obligue a volverse a presentar cuando sólo han pasado cinco días desde su primer tropiezo, porque semejante criterio no garantiza sino un segundo y definitivo fracaso. Pero eso a Badia le trae sin cuidado. A él lo único que le importa es Cataluña. Y la oportunidad que le brindan el cargo y la autonomía de diferenciarse de este monstruo llamado España.

Por desgracia, Badia no es el único en pensar de este modo -y les ruego que el verbo «pensar» lo tomen con todas las reservas-. Esta parece que va a ser la tónica de nuestra clase política en lo que queda de legislatura, si es que queda legislatura. La misma tónica que ha primado en el Parlamento catalán durante la interminable elaboración del nuevo Estatuto, la misma que presidió la ofrenda floral a las víctimas del holocausto en el jocoso viaje de nuestros peregrinos políticos a Tierra Santa o la que prevaleció en el acuerdo parlamentario sobre la lengua literaria de los escritores que van a representar a Cataluña en la Feria del Libro de Frankfurt de 2007. El bochorno, no lo duden, irá en aumento. A no ser, claro, que vaya ganando terreno entre los ciudadanos lo que ya empieza a percibirse, aquí y allá, como un profundo y sustancial desacuerdo, como una suerte de impugnación democrática a tanto dislate y a tanta miseria moral. Dicho de otro modo: a no ser que nazca una nueva clase política capaz de proclamar, sin miedo alguno, que los años tienen doce meses, esté uno en Cataluña, en el resto de España o en el paraíso terrenal.
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