
El equipo formado por Conde Pumpido, Bermejo, Garzón, Rubalcaba, Blanco, López Garrido y presidido por Rodríguez Zapatero no es el único responsable del asalto al Estado de Derecho al que estamos asistiendo, aunque su posición en las instituciones les convierta en el principal. Como digo, no son los únicos a los que tendremos que juzgar por la profundísima desestabilización de nuestro sistema.
No seríamos justos si consideráramos que esta élite política está actuando en contra de las masas que les votaron. Si acaso, tienen una responsabilidad histórica especial, pero el hecho que nos da la dimensión del Mal que estamos viviendo los españoles en relación con el maltrato a la propia nación, a su naturaleza territorial y a sus expresiones culturales y morales, no es achacable únicamente a los errores de la minoría que blinda al presidente de Gobierno y a este mismo, reencarnación perversa de González, según Maragall.
Lo terrible de «nuestro» caso es que es compartido por millones. Estamos ante un proyecto político, como el llamado de paz, consentido y apoyado por una gran parte de la sociedad (sistema electoral aparte). La aceptación de la excarcelación de De Juana Chaos, los modos siniestros y antidemocráticos utilizados para legalizar a ETA a través de la ANV, el derribo a cámara lenta de la Constitución, el vaciamiento de aquellos vínculos que garantizan el funcionamiento de toda sociedad, la vía libre a la autodeterminación del País Vasco como si este fuera el Sahara y España, Marruecos, la anexión de Navarra a ese País Vasco y la entrega de Ceuta y Melilla según las fórmulas del embajador Cajal... no escandalizan ni hacen saltar, por ahora, al menos, al Partido Socialista, Obrero y Español y a todos sus incondicionales no obreros y supuestamente «españoles»...
En estos momentos se diría que la «izquierda» es considerada por millones de ciudadanos como un valor más digno de defender que la propia España. ¿La izquierda, dice usted? Quiero decir, eso que sigue llamándose izquierda y que no es sino un pretexto para conquistar el poder. O, simplemente, detentarlo. O para tapar las vergüenzas... En fin, la destrucción de la nación como pretexto.


