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La vida (y muerte) de Jim Morrison,abierta de par en par

Actualizado 04/05/2005 - 02:42:46

MADRID. Nuevo México. Una carretera en pleno desierto. Un choque frontal. Al pie de una furgoneta destrozada, los cadáveres de varios indios hopi, ensangrentados. A unos metros , un niño, James Douglas Morrison, con la nariz pegada al cristal de la ventanilla del coche de su padre observa la carnicería. El destino de Jim Morrison se escribió ese día: «Un niño -dijo años después- es como una flor, tío, cuya cabeza sólo flota en la brisa. Pero la sensación que ahora tengo, pensando en aquello, es que el alma de uno de esos indios se introdujo en mi cerebro». Desde entonces, el futuro del poeta y rockero Jim Morrison, hijo de un alto oficial de la Marina, estaba marcado, su vida vista para sentencia. Luego vinieron las sábanas mojadas, el miedo, la soledad, ¿una violación? y, con el tiempo, una de sus frases preferidas: «Mis padres han muerto».

Los veintisiete años de su existencia han servido a Stephen Davis para poner todos los puntos sobre todas las íes de la vida, y muerte, del autor de «Riders on the storm». La biografía, «Jim Morrison, vida, muerte y leyenda», exhaustiva y escrita sin desprecio, pero sin complacencia, mira con lupa los días y las noches, sobre todo las noches, su crepitar en las llamas de su propio infierno y en el del tiempo que le tocó vivir, su personificación, en carne mortal, de la leyenda: sexo (a mansalva), drogas (de éste y de otros mundos) y rock and roll (del mejor de la historia). Davis repasa una vida vivida a quemarropa, con premeditación, nocturnidad, mucha nocturnidad, y total alevosía. Sigamos sus pasos.

Atardecer en Venice. Su adolescencia transcurrió entre borracheras, paseos por las playas de Los Ángeles (con las «Iluminaciones» de Rimbaud bajo el brazo), e intentos por convertirse en director de cine, aunque el gusanillo del rock and roll ya empezaba a correr por sus venas, mezclado, eso sí, con todo tipo de sustancias. Su colega de estudios Ray Manzarek fue el primero en escuchar su debut, un atardecer en la playa de Venice: «Moonlight drive» («Nademos hacia la luna,vamos a ahogarnos esta noche»). Nacía The Doors.

Por el amor de una mujer. La Mujer de su Vida (y hasta de su muerte) fue Pamela Courson. Pero tuvo otras novias, a salto de mata o a salto de cama. Como Eve Bibitz: «Estar en la cama con Jim era como acostarse con el David de Miguel Ángel, sólo que con ojos azules».

Noches de bohemia y colocón. El ritmo en aquella primavera del 66 era frenético, actuaciones, borracheras, peleas, sexo a destajo, amistades peligrosas (Andy Warhol), espectadores de lujo (Warren Beatty, Julie Christie, Natalie Wood, los Fonda, Nicholson ...), conciertos indescriptibles, espectáculos de alucinación colectiva mientras Jim improvisaba sus monólogos, incluso recitados de «Edipo Rey».

Crítica. «Jim podía representar todas las posturas del Kama Sutra sólo con los labios». «Una mezcla de Lord Byron y Sófocles». «Cuando canta, recordamos cosas de hace un millón de años».

Política sexual.«Somos un grupo de rock and roll. Cuando actuamos, participamos en la creación de un mundo y celebramos esa creación con el público. Hacemos conciertos de política sexual».

Batiendo marcas. Mientras «Light my fire» subía y subía por las listas, Morrison establecía sus propias marcas: antes de una actuación enLos Ángeles se echó al coleto veintiséis copas seguidas, ocho más de las que se llevaron por delante en Nueva YorkDylan Thomas, uno de sus poetas preferidos.

El poli te ve. La Policía le dio una buena tunda después de que en un concierto en pleno delirio erótico-político-rockero gritara: «Queremos el mundo, y lo queremos ahora». El temido Edgar Hoover, director del FBI, marcó su nombre con una cruz en su agenda de «enemigos del Estado».

Apocalypse Now. La guerra del Vietnam le atormentaba, como expresó en «The Unknown soldier» («El soldado desconocido»), en cuyo vídeo el propio cantante era fusilado, entre escenas de atrocidades cometidas por los marines en los poblados del Vietcong.

Nostradamus del rock. Éstas son sus «profecías» sobre el futuro del rock en 1969: «Se producirá una síntesis entre música india, africana, occidental, electrónica. Me imagino a un artista solitario con un teclado con la complejidad y riqueza de una orquesta».

Salir por piernas. En 1971, su relación con los Doors empeoraba, quería convertirse en un poeta en toda regla y se comentaba por ahí que le querían quitar de en medio (por las malas o por las peores). Pamela se fue a París. Jim pronto se reunió con ella.

Turista accidental. Durante algún tiempo intentó llevar una vida tranquila, bebiendo en los cafés, escribiendo, recorriendo París. Visitó España y estuvo una hora en el Prado, extasiado ante «El jardín de las delicias», de El Bosco.

French connection. En París, Pamela y Jim consumían grandes cantidades de heroína rosa procedente de las mafias marsellesas.

Es «The end». Primero, sufrió una sobredosis en un bareto de mala muerte. «The end», el final, llamaba a su puerta. Tres días después, el 3 de julio de 1971, otra sobredosis y la última nota en la bañera de su apartamento. James Douglas Morrison, Jim Morrison, fue enterrado, como él mismo había sugerido, en el cementerio de Père Lachaise. Las puertas de la eternidad se habían abierto definitivamente para él.
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