DICEN que es el oficio más antiguo del mundo y quizá tengan razón porque cazar, pescar, cultivar la tierra y cuidar el ganado eran tareas personales de cada picapiedra, cuando todavía no había inventado el hombre la figura del «dador de trabajo». Más tarde, cuando un homo faber puso a otro a trabajar para los dos, empezó a nacer la cultura, y el que quedaba ocioso se puso a mirar las estrellas y a preguntarse por qué salía el sol todos los días y se ponía todas las tardes, a pintar en la cueva los bisontes de Altamira y a soplar en las flautas de caña.
En cambio, el tracatrá primitivo necesitaba una jai, exactamente igual que ahora. En un primer tiempo, el picapiedra asía por los cabellos a la hembra y se la llevaba arrastrando hacia la espesura del bosque o hacia la guarida, pero las hembras despabilaron y ya no se dejaban arrastrar tan fácilmente. Se dieron cuenta enseguida de la necesidad que el bestia del hombre tenía de ellas y de la ventaja de disponer de esa atracción incontenible. E inmediatamente empezaron a usarla, algunas, las más, para elegir al macho, y otras, las menos, para cobrar. Así nació el oficio más viejo del mundo.
Y así seguimos, que en esta materia hemos avanzado poco. Si acaso, ese avance de que también los machos se dediquen al oficio. Primero fue el rufián y luego aparecieron el gigoló, el playboy y el latinlover, la trata de blancas, mulatas, negras y amarillas, y las mafias internacionales de la prostitución de ambos sexos. Lo que está claro es que las chorbas, o nos eligen o nos cobran. El negocio que gira alrededor de ese asunto del tracatrá a tanto el asalto es un negocio pingüe. Parece ser que siempre lo ha sido. Pero es que hace poco, he leído que en Australia han sacado a bolsa las acciones de un prostíbulo, y en pocos minutos la cotización se disparó hasta situarse en el doble del precio de salida. Algunos periódicos han publicado la fotografía de la madama de la mancebía, exultante en el parqué ante el éxito bursátil de su mansión de amor.
He leído también estos días que una jueza ha reconocido los derechos laborales a una «señorita de alterne», que es una modalidad sofisticada de la «operaria del amor» y mucho más cómoda y confortable que la peripatética, esa putica que exhibe sus enseñanzas paseando, o sea, como Aristóteles. La chica de alterne se había negado a mantener relaciones «laborales», o sea, sexuales, con un sujeto que no era de su agrado, y el dueño del puticlub le aplicó medidas de castigo disciplinario.
La polémica terminó en el juzgado, y la jueza ha considerado que la relación del «alterne» tiene carácter laboral, decisión que debemos considerar como una conquista jurídica de la civilización y de un digno concepto del trabajo. Y además le ha dado la razón a la chica. Bien hecho. La última libertad que tiene una mujer, cuando ya le hayan quitado todas las otras, es la de no acostarse y no mantener esas relaciones «laborales» con quien ella no quiera mantenerlas, por muy operaria del amor que sea. Y si el empresario pichi, dueño del puticlub, protesta, que le den masculillo legal al negrero.


