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?La gravedad volver? a detener a la nube y la atraer? definitivamente hacia su destino final?

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Empresópolis. Otra forma de trabajar

El filósofo Pietro Rossi se preguntaba a finales del siglo pasado si el ciclo histórico de la ciudad, que comenzó hacia el cuarto milenio a.d.C., no habría llegado a su término. Más aún, a su

Actualizado 04/03/2007 - 09:55:23
Una tienda de conveniencia, con tintorería  y costurera, saca de apuros en la ciudad financiera
Una tienda de conveniencia, con tintorería y costurera, saca de apuros en la ciudad financiera
El filósofo Pietro Rossi se preguntaba a finales del siglo pasado si el ciclo histórico de la ciudad, que comenzó hacia el cuarto milenio a.d.C., no habría llegado a su término. Más aún, a su agotamiento. Entonces, una serie de transformaciones sociales imparables habían puesto sus tentáculos en las periferias urbanas. Y para los grandes grupos empresariales, desperdigados en numerosas y costosas sedes por las caóticas capitales, se presentaba una oportunidad de oro. Con ellos iban a ver la luz un nuevo concepto de civitas, las «empresópolis», fabulosos proyectos en los que era imprescindible conjugar las flamantes demandas que sobre la forma de trabajar se han ido imponiendo. Emilio Botín, presidente del Grupo Santander, daba en el clavo: «El activo más importante del Grupo son las personas que lo componen. De este principio fundamental surge el concepto de la Ciudad Santander, ideada por y para ellos. Un lugar en el que se facilite la eficiencia en el trabajo; un espacio en el que cada persona encuentra la respuesta más adecuada a sus necesidades diarias y donde las últimas tecnologías están al servicio de las relaciones humanas; y todo ello en un entorno establecido sobre los principios de respeto a la naturaleza humana». Tres años en funcionamiento y una cuenta de resultados con 7.600 millones de beneficio en 2006 son la prueba de que el gran líder, una vez más, tenía razón.
Por eso, emprendedores de todas partes del mundo acuden en peregrinación a la Ciudad Santander de Boadilla del Monte (a 17 kilómetros al noroeste de Madrid) para ver el proyecto que con el fin de albergar a 6.500 empleados se extiende por 160 hectáreas y cuya ejecución llevó a cabo el arquitecto Kevin Roche, especialista en el diseño de grandes centros corporativos en EE.UU. y Europa. Y aunque hubo modelos en los que fijarse, sobre todo al otro lado del Atlántico, el del Santander, como dice a D7 José Luis Gómez Alciturri, director general adjunto y responsable de Recursos Humanos del banco, «es único en el mundo, porque nosotros no sólo hemos construido unos edificios, sino que hemos creado una nueva forma de trabajo y, sinceramente, no veo que el norteamericano cree algo así por un concepto de flexibilidad, sino más bien movidos por el orden, la productividad y la homogeneidad. Nuestro valor añadido, sin duda, es la calidad para la vida de los que aquí trabajamos».
Gómez Alciturri dice que sobre todo los británicos se quedan con la boca abierta cuando ven cómo se ha conjugado la eficiencia en el trabajo con los servicios. «Antes de Boadilla, el grupo estaba repartido en Madrid por 24 edificios y 1.700 despachos con la duplicidad de servicios que eso conlleva. Era necesaria una transformación y levantar los mimbres de una nueva cultura del trabajo. Por eso se pensó en servicios que como la guardería -la estrella del campus-, el centro médico, los restaurantes, la tienda conveniencia, la peluquería, el gimnasio, la piscina, la tintorería, la agencia de viajes y hasta el campo de golf facilitaran a los trabajadores la conciliación con su vida personal y familiar. También tuvimos en cuenta la flexibilidad horaria porque se trataba de que la gente trabajara en función de unos parámetros de productividad y no de presencia y se estableció una franja horaria de siete y media de la mañana a seis y media de la tarde que, satisfaciendo las necesidades del propio trabajo, cada uno puede adaptar a su propia demanda (horarios escolares, gestiones particulares, ocio...) Dentro de ese concepto de flexibilidad, a las seis y media de la tarde las luces de Ciudad Santander se apagan -que siempre uno puede encender dando al interruptor-, pero que es una señal muy importante. La última ruta sale a las siete». Además, según pudo saber D7, Botín le tiene dicho al director de recursos humanos que si se entera de que alguien fija una reunión para después de esa hora, le quite las llaves de la sala para que el encuentro no se celebre.
Además de la construcción horizontal y el equilibrio con la dehesa mediterránea donde se asienta, el interior está concebido como un espacio abierto «que ayuda a que la gente se conozca, se reencuentre y comparta. Al presidente te lo encuentras a menudo, y tanto él como el consejero delegado van con mucha frecuencia a cursos para empleados, algo que sólo es posible en este entorno».
Tanto miramiento no responde desde luego a que un banco se haya convertido en una sucursal de las Hermanitas de la Caridad, sino a que, como dice este directivo, «un empleado contento y satisfecho es un trabajador que rinde y aporta mucho más a la compañía -el 65 por ciento de los trabajadores declaran sentirse satisfechos o muy satisfechos-. Este es un modelo en el que todos ganan, el empleado, la empresa y la familia, y por eso es un acierto. Es más, estamos convencidos de que es el modelo del futuro».
Un paradigma que fue estudiado por los responsables de Telefónica cuando proyectaron trasladar a 14.000 empleados a Las Tablas, una zona en expansión de la capital, entre la carretera de Burgos y la vía de circunvalación M-40. Y que con gran aportación financiera por parte de la multinacional de la comunicación será próxima parada, hacia el mes de abril, del metro. A la nueva «empresopólis» de Telefónica la han bautizado como Distrito C.
Javier Clemente, responsable de Recursos Humanos de esta compañía, nos explica que, al estar desperdigados en 160 edificios por todo Madrid, «la primera razón del plan era la eficiencia y luego que fuera un proyecto para el siglo XXI bajo el lema «un nuevo espacio para una nueva forma de trabajar», argumento hacia el que deben converger la docena de empresas diferentes que trabajaremos aquí y en el que deben integrarse tanto la arquitectura, como el medioambiente, la tecnología y unos nuevos valores orientados sobre todo a las personas».
Antes de acometer la realización del Distrito C, los responsables de semejante empresa analizaron otros proyectos similares en Europa, EE.UU. y Australia, «modelos que interiorizamos y adaptamos a las necesidades de Telefónica. Viendo lo que al fin ya es una realidad en la que cuando acabe esta semana estarán trabajando 7.000 personas -y queda otro tanto-, se observan aspectos comunes con la Ciudad Santander y otros modelos en Hamburgo o Londres, tal como la horizontalidad o el concepto de campus, pero también grandes diferencias: el proyecto del Santander es el de una ciudad empresarial cerrada y vallada, y el de Telefónica es abierto y cercano, de tal manera que los servicios que se den a los trabajadores como el de guardería, área deportiva o de restauración estarán también a disposición de todos los que habiten en ése área de Madrid o nos quieran visitar».
«Además -añade Clemente-, y a diferencia de otros proyectos que estudiamos, hemos profundizado en la tipología de puestos de trabajo, jugando con el concepto de espacio abierto, e introduciendo el de puesto avanzado o compartido entre varios trabajadores que por su ratio de movilidad, y con ausencias por encima del 40 por ciento de la jornada, no necesitan un puesto a tiempo completo. Son conceptos basados en la responsabilidad, en una mayor autonomía, en un rendimiento por objetivos y no por tiempo de presencia. En esta nueva cultura de trabajo la estructura piramidal y jerárquica se desdibuja, cobrando especial relevancia el desarrollo del trabajo por funciones y no por categorías laborales. Es el nacimiento de la oficina del futuro».
Y en ella, por primera vez, como subraya Clemente, «los directores generales van a estar con su gente y a la vista de su equipo, lo que favorece la cercanía y la transparencia, que como el cristal con que se han levantado las paredes, es una de las metas de la compañía. Trabajo en movilidad, que esperamos alcance al 17 por ciento de la plantilla para el 2010, sustitución de la relación personal jefe-secretaria por una nueva figura de asistentes que trabajan para varios directivos, desaparición del papel e impresoras personales en pro de equipos multifunción y telerreuniones en lugar de viajes transoceánicos. Un modo de hacer imbuido del afán por la flexibilidad y la conciliación».
Reticencias al cambio
Pero todos mentirían si dijeran que este nuevo camino ha sido de rosas. El empleado que aún no ha ido a Distrito C desconfía, como lo hicieron los empleados del Santander antes de emprender el cambio a Boadilla. Y como los directivos que tuvieron que someterse a las nuevas reglas del juego en el banco de Botín, a los de Telefónica, como dice Clemente, «no les queda otra». Luego reconoce que ha habido cierta resistencia, «aunque no conflictos», con algunos miembros de la dirección, y confiesa que él nunca ha tenido un despacho más pequeño que el del campus de Las Tablas, pero tampoco más medios. Frente a los que asusta la transparencia y han elegido el velo del vinilo, Clemente desea ver desde su recién estrenado habitáculo el horizonte, cada día más poblado, de la flamante «empresópolis» de Telefónica a la que diariamente se suma medio centenar de pobladores. Son los trabajadores del futuro, a la vuelta de la esquina.
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