La conferencia internacional de París, convocada por Francia para poner un «epílogo parisino» al aldabonazo de los informes del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), confirmando las gravísimas amenazas ecológicas que pesan sobre el planeta, concluyó con un llamamiento colectivo para el reconocimiento universal de los derechos ecológicos del hombre y la humanidad.
La «Conferencia de los Ciudadanos de la Tierra» estuvo presidida por el presidente Jacques Chirac, sin la presencia de ningún jefe de Estado o gobierno, representados por ministros, científicos, empresarios y personalidades independientes, que firmaron un documento común, la Carta- Llamamiento de París, invitando a sus respectivos gobiernos a «instalar en el centro de sus decisiones la preocupación común por el medio ambiente».
El primer borrador de la Carta había sido redactado por la presidencia francesa y sometido a una discreta lectura por todas las grandes potencias y Estados presentes en la Conferencia, con modestísimos resultados.
El proyecto esencial, sujeto al más profundo escepticismo, es convertir el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUE), creado en 1972, con sede actual en Nairobi, en una hipotética Organización de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Onuma). Alain Juppé, ex primer ministro, presidente del comité de honor de la Conferencia de París, había visitado previamente EE.UU., Rusia, China, India y Brasil, con el fin de intentar conseguir alguna forma de «apoyo». En vano.
EE.UU., Rusia y Brasil han demostrado tener un interés francamente nulo en el proyecto. En la India, Alain Juppé confiesa haber recibido una «atención amable» por parte del gobierno. En Pekín, las autoridades subrayaron que los objetivos ecológicos nacionales «quizá no fuesen respetados a escala local y regional».
Distintos puntos de vista
Confirmado el callado rechazo de las grandes potencias, los representantes los cuarenta Estados presentes en la Conferencia de París intentaron articular algún proyecto de acción concreta, en común. Pero se pusieron de manifiesto divergencias de puntos de vista en los terrenos concretos de la concepción institucional y financiación de la hipotética Onuma. Dentro de la Unión Europea (UE) tampoco existe un punto de vista común sobre la oportunidad de crear una nueva institución, aunque se reconoce la urgencia de la crisis ecológica planetaria.
Confirmado un amplio arco iris de sensibilidades sobre las respuestas concretas que es urgente dar a los desafíos ecológicos planetarios, la Conferencia se limitó a confirmar los grandes principios comunes, invitando a los Estados a actuar, y creando un «grupo pionero» de Estados dispuestos a militar y defender la hipotética Onuma. Los grandes europeos también declinaron la invitación francesa a liderar tal proyecto. Y ha sido Marruecos, invitado por Francia, el país que se pone al frente de la convocatoria de la primera reunión del «grupo pionero», quizá en el próximo semestre.
Ausente Zapatero, España estuvo representada en la Conferencia de París por la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, que comenzó por manifestar una confianza muy voluntariosa en la acción de su propio ministerio: «Estamos trabajando con las comunidades autónomas, porque sus gobiernos tienen competencias en materia de urbanismo y ordenación del territorio: deben incorporar en sus proyectos las proyecciones que ofrecen los científicos».
A juicio de Cristina Narbona, el modesto respeto español por los compromisos de Kyoto se debe a políticas anteriores. Ella se considera partidaria de introducir nuevos impuestos medio ambientales a escala nacional e internacional. Un impuesto sobre los carburantes más contaminantes pudiera ser un primer paso en esa línea. A escala mundial, las tasas sobre transacciones económicas internacionales y el comercio de armas podrían «triplicar las ayudas a los países en vías de desarrollo, para poner en marcha la defensa del medio ambiente en todo el planeta».
Ese modelo de lucha contra la desertización y las amenazas ecológicas tampoco es objeto de unanimidad internacional, como ha vuelto a confirmar la conferencia de París.



