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Augusto Assía

Actualizado 04/02/2002 - 02:31:35
Este año, segundo del siglo nuevo, viene con la segur afilada segando cabezas ilustres y en mi caso cabezas queridas, y ahora se ha llevado la de Augusto Assía, que es muy ilustre además de muy querida. Periodista desde joven, su vida abarca una centuria casi completa, de modo que era como cien años de la vida del mundo puestos en pie. Nació cuando el siglo andaba en pañales y con chupete, y ha conocido los pañales del siguiente. Este año habría cumplido los 98, que es una edad muy decente para morirse. Vivir más allá de esa cifra empieza a ser una insolencia contra la Muerte y una burla a la igualdad. Hasta muy poco antes de morir razonaba con lucidez y recordaba con precisión. Era una voluminosa enciclopedia de saberes y un álbum prodigioso de recuerdos y vivencias.
Los últimos años de su larga existencia los pasó Augusto Assía en su Casa Grande de Xanceda, retirado de casi todo, excepto de las amistades fieles y de los libros de compañía. Gozaba el dichoso estado del sabio que se retira del combate pero lo contempla desde lejos, y vive feliz quizá no envidiado y desde luego no envidioso. En los prados de Xanceda veía crecer la hierba y pastar lentamente a las dulces vacas, que daban leche y contagiaban sosiego de la manera más natural. En mis visitas, que fueron escasas para mi mucha devoción por él, siempre terminé enamorándome de alguna vaca de dulce mirar, jamás airado, y digna de un madrigal sin queja. Yo creo que al final de su vida, ya sin ambiciones y sin vanidades, agradecía más los piropos a sus vacas que a sus escritos.
Su pariente Alejandro Armesto, hermano mío de leche de la loba romana, sí le acompañó mucho en sus años postreros, porque le tenía de vecino y aunque él soportaba muy bien la soledad, le veía muy afanoso de compaña, sobre todo desde la muerte de María Victoria, Totora, también escritora, también ilustre y también liberal. Armesto le hablaba alguna vez de mí, y él preguntaba si había escrito algunas endechas nuevas a sus vacas. En la Casa Grande de Xanceda, además de las vacas y los libros, el prado ameno y la lluvia melancólica, hay una buena cocinera, así que todo estaba en su sitio, como debe ser y Dios manda. Si yo no fuese un esclavo sin esperanza de llegar a liberto, habría ido allí algunas tardes del Señor, a escuchar de los labios de Augusto Assía relatos secretos y fascinantes de la política, la diplomacia, el arte y la literatura del siglo XX.
El falso nombre de Augusto Assía nace en «La Vanguardia», donde escribió durante medio siglo y luego le quitaron su silla en el Consejo. Desde Berlín escribía crónicas para «El Pueblo Gallego» firmadas con su verdadero nombre, Felipe Fernández Armesto, y le pidieron que sustituyera durante un tiempo al cronista de «La Vanguardia». Entonces tomó este seudónimo de un personaje italiano, no sé si histórico o de ficción, que había seguido los pasos de Marco Polo.
Como cronista de guerra, fue un extraño unicornio en medio de un rebaño de corderos, un mirlo blanco, un cisne negro, rara avis en el periodismo del tiempo de su juventud más laboriosa, porque en el festival casi unánime de la germanofilia, Augusto Assía, alejado de Berlín con la exacerbación del nazismo y acogido a Londres, fue el único periodista español que anunciaba el triunfo de los aliados y hacía predicación de la democracia, de regreso de una adolescencia de deslumbramiento comunista. Visitó Rusia y el estalinismo le curó el sarampión revolucionario.
Augusto Assía pertenece a esa constelación de grandes escritores y periodistas gallegos, ya desaparecidos, junto a los que le acaba de sentar la Muerte, Ramón María del Valle-Inclán, Camilo José Cela, Julio Camba, Álvaro Cunqueiro, Eugenio Montes, Salvador de Madariaga, Manuel Blanco Tobío y todos los que se me olvidan.
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