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Nepal Kumari, la niña diosa

Erase una vez, hace mucho, mucho tiempo -tanto que la realidad se confunde con el mito- que reinaba en el valle de Katmandú un rey llamado Jaya Prakasa. Era un buen rey, y el pueblo estaba contento

Actualizado 04/01/2009 - 02:49:14
Erase una vez, hace mucho, mucho tiempo -tanto que la realidad se confunde con el mito- que reinaba en el valle de Katmandú un rey llamado Jaya Prakasa. Era un buen rey, y el pueblo estaba contento con él... hasta que en cierta ocasión desterró a una niña que decía ser la diosa Kumari y de la que se contaba que habían echado el «mal de ojo». Pero sucedió que tan pronto como la niña fue expulsada, la reina empezó a decir que también ella era diosa y mostró síntomas que alarmaron al rey. Se consultaron sabios y adivinos, que afirmaron que el espíritu de la divinidad había saltado de la chiquilla a la reina. El rey, arrepentido, envió mensajeros para que buscaran a la pequeña desterrada. Y, como en los cuentos, la niña fue encontrada, paseada después en carroza por la ciudad y colmada de riquezas. Todo el mundo debió admitir que la diosa Kumari se había encarnado en ella. Y desde entonces, siempre hay una joven que encarna a la diosa viviente en este misterioso país de nieves eternas.
La Kumari se encarna hoy en una niña de entre tres y doce años, símbolo de pureza, que es «descubierta» por 36 virtudes o «señales divinas» que los sacerdotes detectan en la pequeña. Ésta es recluida en un templo, rodeada de joyas y servidores, que suelen ser niños de su misma edad. Nadie puede acercarse a ella ni hablarle, excepto los sacerdotes encargados de su custodia y sus padres terrenales. No puede abandonar su palacio, excepto en los días de fiesta en los que es paseada por Katmandú en carroza dorada para conmemorar su vuelta del destierro hace ya cientos de años.
Cuando la Kumari empieza a dejar de ser niña y muestra los primeros síntomas de convertirse en mujer -su primera menstruación- la diosa abandona el cuerpo de la muchacha para encarnarse en otro cuerpo infantil. La muchacha recibe una cierta cantidad de dinero, y desaparece.
Peregrinos de lejanos rincones de Nepal llegan a Katmandú el día de su fiesta. Todos quieren acercarse a la Kumari. Una multitud de niños tiran de las sogas que arrastran las carrozas que, lentamente, van avanzando entre los gritos de una multitud que arroja flores y se afana por acercarse y tocarla. En la primera carroza -con tres tejadillos superpuestos colmados de flores y cintas de colores- viaja la diosa viviente, una de las representaciones de Kali (la menos terrible). En la segunda un niño representa a Ganesh, el pequeño dios de la sabiduría de cabeza de elefante, y en la tercera otro pequeño simbolizando a Bkairav, el «Marte nepalí», una de las formas guerreras de Shiva. Una serpiente de oro macizo rodea el cuello de Kumari, un trazo oscuro alarga sus ojos y en la cabeza la diosa porta una corona de piedras preciosas y vestidos de seda y oro.
La reverencian hindúes y budistas. Hasta aquí llegan gentes de las ciudades de Bhadgaón y Patán, de Pojara, situada al pie del macizo del Annapurna; de Gurkha, el lugar de los famosos soldados, de Shurkhet, de donde dicen que se cultiva el mejor hachís de Nepal, de Nawakot...Vienen bothias y sherpas que bajan desde perdidas aldeas del Himalaya tras varias semanas de camino. Hasta aquí vienen también tamangs de los valles, y tharus del Terai, la temible jungla nepalí.
Luego regresarán a sus hogares y la Kumari volverá a encerrarse en su templo, situado muy cerca del Palacio Real, en pleno centro de Katmandú. Es de dos pisos y está construido en madera. Dos grandes y feroces leones de piedra protegen su entrada. La diosa vive en el de arriba, donde las ventanas de sus habitaciones lucen una aglomeración de tallas con dioses y demonios protectores.
La divinidad va al cine
La última Kumari de Katmandú fue elegida el pasado octubre. Fue la niña Matina la elegida, una pequeña de tres años. Para ella se han designado algunos cambios en el futuro. A finales de este verano el Tribunal Supremo nepalí resolvió garantizar el derecho de las Kumari a una educación igual a la de los demás niños, de forma que podrán ser escolarizadas por un tutor. La misma disposición vale para las Kumari de otras ciudades nepalíes, como Lalitpur y Bhaktapur. La diosa niña de esta ciudad, por cierto, a punto estuvo de ser expulsada del palacio y ser considerada sacrílega por haber roto la tradición por haber asistido en EE.UU a una película sobre su vida.
POR CÉSAR JUSTEL
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