
Joaquín José con sus padres. C. BARROSO
Joaquín José Martínez recuperó ayer su imagen pública al acudir a la incineración de su padre, que murió atropellado. En los últimos meses, otra vez tuvo que dar la cara por su cachorro a silla eléctricapor un doble asesinato y, cuando todo parecía agotado, la encarnizada lucha de un modesto matrimonio, sus padres, logró devolverle la libertad.
La pareja, él español, ella ecuatoriana, recorrió el mundo proclamando la inocencia de su cachorro que admitía haber sido «un joven muy travieso»; consiguieron cien millones de pesetas y dar un vuelco al estricto sistema judicial estadounidense con sus mismos argumentos; lograron la solidaridad de ONGs, diputados y ciudadanos en una campaña pública contra la pena de muerte sin precentes en España y con la palabra como arma exclusiva.
Joaquín José fue entrevistado y fotografiado, llegó a contar con un club de seguidores atraídos por su melancólica imagen a medio camino entre la de un «latin lover» trasnochado y un telepredicador. Su mensaje caló hondoy se convirtió en una estrella. Nacido en Guayaquil, se crió y educó en Estados Unidos, donde se casó y tuvo dos hijas, antes de separarse. Desde Florida, acosado por las deudas tuvo que irse a Tampa, lugar en el que sería acusado y condenado por un doble crimen que siempre negó haber cometido.
Su fama de mujeriego traspasó las crónicas y él mismo situaba parte de su desgracia en ese afán ciego por lo femenino. «Las mujeres me vuelven loco», admitió. Y a esa pasión, casi enfermiza sumaba la no menos peligrosa afición al dinero sin reparos y fácil, a tenor de las últimas acusaciones de estafa que varios particulares han vertido contra él en los últimos meses.
Pero ese capítulo, que es el penúltimo, estuvo precedido por un recibimiento en España similar al dispensado a una autoridad, una contribución económica de decenas de personas, un libro y varias ofertas de trabajo. La cara pública y leal de Joaquín José siguió siendo su padre, un hombre menudo, que encaneció en el proceso judicial. La urgencia periodística había arrinconado a la familia Martínez, resucitada en virtud de una escabrosa cadena de acusaciones contra Joaquín José por quedarse con dineros ajenos y ahora lo hace por la muerte de su padre (atropellado en Valencia), que demostró ser el mejor letrado del mundo.



