ESTARÍA muy bien que en una competición deportiva fuese un español quien alcanzase el triunfo. Sin duda el éxito se celebraría con entusiasmo en los medios de comunicación. Y muchos aficionados sentirían la hazaña como algo propio.
No suele darse una participación semejante en las hazañas puramente intelectuales. ¿Ha oído alguien algo en la televisión o en la radio, o lo ha leído en la prensa escrita, sobre el triunfo de un libro español en concurso con otros doscientos veintitrés presentados en la Exposición Mundial de Filatelia celebrada en Valencia del 22 al 30 de mayo de este año 2004, en la Nueva Ciudad de las Artes y las Ciencias, y premiado con medalla de gran oro en dicha exposición?
Pues ese libro se titula El Correo en el Renacimiento Europeo. Estudio Postal del archivo Simón Ruiz (1553-1630). Su autor es el ingeniero Fernando Alonso García, de la Academia Hispánica de Filatelia, de l´Académie Européenne de Philatélie, y, desde hace unas semanas, quizá en gran medida por la publicación de este libro, Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
No se trata de una competición entre libros únicamente españoles, sino procedentes de cincuenta países, algunos tan adelantados como Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia y el Reino Unido. Y el Jurado eran tan amplio y tan numeroso que sería casi imposible influir en su decisión. Estaba formado por dos presidentes, tres vicepresidentes, un consultor senior, un secretario, cuarenta y siete miembros y un comité de tres expertos. Estos cincuenta y siete jueces literarios pertenecían a treinta y seis países. ¿Podría haber más garantías de imparcialidad?
El libro tiene quinientas setenta y seis páginas de gran tamaño, multitud de gráficos, cientos de fotografías. Su objetivo es investigar el funcionamiento del Correo en el siglo XVI dentro de la zona europea abarcada por la Corona de España en el Renacimiento.
Como ya se deduce del título, la investigación se apoya fundamentalmente en el estudio del Archivo de Simón Ruiz, mercader y banquero de Medina del Campo en la segunda mitad del siglo XVI. Se custodian en este archivo cincuenta y seis mil setecientas veintiuna cartas, cuyo estudio se ha llevado a cabo con la ayuda de un soporte informático.
El autor estima que la época estudiada por él se podría considerar como «los albores de la globalización mundial», expresión tan en boga desde fines del siglo pasado, pero «bien entendida ya por nuestros monarcas en la primera mitad del siglo XVI, cuando sus dominios se extendían casi a los veinticuatro husos horarios».
Es curioso e ilustrativo el parangón ideológico y postal establecido por Fernando Alonso entre Felipe II y Simón Ruiz. «Tantas identidades -concluye- justifican de alguna manera que Simón Ruiz prestase dinero a Felipe II y que el monarca utilizase con frecuencia la información generada por la correspondencia del Correo propio del comerciante».
Más aún. El autor demuestra que cartas oficiales circularon por el Correo de Simón Ruiz y correspondencia de este utilizó el Correo del Rey. Aduce como ejemplo de lo primero una carta de la Corte, firmada por Tassis, Correo Mayor del Reino, y en cuya cubierta se lee el siguiente texto manuscrito: «Dese bien, que es del servicio de su magestad. Tassis».
El objetivo fundamental de esta obra de Fernando Alonso es el estudio del archivo de Simón Ruiz. En él se custodian actualmente cincuenta y seis mil setecientas veinticinco cartas, dirigidas a Simón Ruiz las escritas hasta 1597, fecha de su muerte, o a sus familiares en años posteriores. Esto explica que el gran comerciante y banquero de Medina del Campo decidiera crear su propio Correo, aunque no pocas veces utilizase también el del Rey.
No es posible resumir en dos páginas el denso contenido de un libro que se aproxima a las seiscientas, en cada una de las cuales cabría, por su tamaño, este artículo mío. Pero no quiero concluirlo sin mencionar una curiosidad de carácter práctico y también lingüístico. Me refiero al significado de la palabra estafeta.
Inicialmente, según explica Fernando Alonso en la página 46 de su libro, la misión de las estafetas «consistía en recoger las cartas, públicas y privadas, en una población y llevarlas a otra». Y poco después añade que «la más antigua información sobre Estafetas es de 1576, uniendo el servicio Toledo-Madrid, aunque es posible que existiese antes con origen en otras ciudades, probablemente en Medina del Campo y Valladolid». «Creemos -concluye unas líneas más abajo- que casi simultáneamente se extendió su significado al sitio físico donde entregaban y se recibían (las cartas)».
Como sucede no pocas veces, es posible que estudiando el origen de la palabra estafeta se nos aclare su significado. El diccionario de la Academia da bien su etimología: «Del italiano staffetta»; pero indica como primer significado el de «casa u oficina» del correo donde se entregan las cartas que se envían y se recogen las que se reciben». Sólo en cuarto lugar el originario: «Correo que iba a caballo de un lugar a otro». Mejor el de Covarrubias, en 1611; «Estafe. El Correo ordinario de un lugar a otro, que va por la posta, y tomó este nombre de la estafeta, que es el estribo». Efectivamente, el italiano staffa es el estribo de montar, y de esa palabra se deriva staffetta, cuyo primer significado, según el diccionario de Zingarelli, designaba el «correo, antiguamente a caballo, encargado de llevar cartas, órdenes, mensajes y cosas semejantes».
En las últimas líneas de la página 554 resume Fernando Alonso el contenido desarrollado a lo largo del libro: «Resulta clara y patente la importancia dada por la Corona y los comerciantes españoles en el siglo XVI al Correo \ sostén imprescindible para transmitir la información, fundamento de las decisiones para la vida en el Renacimiento, y desde entonces hasta comienzos del siglo XX».