No hay sociedad abierta sin igualdad. No fue, por tanto, casual que los que exploraron primero las características de dicha sociedad dieran con la idea de la igualdad ante la ley. No cualquier igualdad es compatible con la libertad; no lo es la igualdad forzada por el poder, como la del equiparador lecho de Procusto, o la igualdad de las tiranías colectivistas donde, como en Rebelión en la Granja, «algunos son más iguales que otros». ¿Está claro? Pues olvídese usted del calor de estos días, y abríguese bien, porque le voy a presentar a la vicepresidenta del Gobierno.
Dijo esta semana la señora Fernández de la Vega: «La Constitución mandata a los poderes públicos a tratar de forma desigual lo que, siendo igual formalmente, es desigual materialmente. Por tanto, exige a los poderes públicos la adopción de medidas que remuevan obstáculos para hacer aquello que, siendo igual formalmente, es desigual... ¿Esto es discriminar? A lo mejor, sí, pero está claro que esta discriminación no sólo es constitucional, que lo es, sino que está en el espíritu mismo de la Constitución».
Esto expone crudamente el antiliberalismo de nuestra Constitución (véase: «Constitución y socialismo», ABC, 26 octubre, 2 y 9 noviembre 2003); a partir de esta noción de igualdad «promocional» viene la «discriminación positiva» y se abre la puerta para amplios recortes en la libertad de los ciudadanos, de modo de lograr que seamos iguales, pero no «formalmente».
De lo que se trata es de que el poder nos iguale. Por ejemplo, una minoría homosexual «se siente discriminada en sus derechos», como editorializó arrebolada la prensa progresista el pasado jueves, porque no puede casarse exactamente igual que los demás. Es el derecho al matrimonio. El progresismo sentencia la necesidad de superar una mentalidad reaccionaria y beata, para que «el Estado ampare legalmente a estos ciudadanos desde la exigencia constitucional de igualdad ante la ley y de no discriminación en razón de las preferencias sexuales». Aparte de la notable retórica conforme a la cual el sexo de cada uno es algo que se «prefiere», obsérvese que aunque se dice que el Estado garantiza la igualdad ante la ley, lo que en realidad se pide es que garantice la igualdad mediante la ley, lo que es una cosa muy distinta, porque ataca directamente la libertad, y con ella, no por casualidad, la moral, la religión, y las instituciones tradicionales, desde la familia hasta la propiedad privada, todo en nombre de una supuesta «no discriminación», por la que los lobbies homosexuales norteamericanos llevaron a los tribunales a los Boy Scouts, porque se les ocurrió «preferir» que no hubiese homosexuales en sus filas. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
Editorializó ABC: «El PSOE vuelve a abusar de la noción de igualdad. Es justo tratar igual lo que es igual, mas no hay injusticia en tratar de manera diferente lo que no es igual». Es cierto, y el problema estriba en una escalofriante visión del progreso social según la cual lo que no es igual puede ser siempre igualado a golpe de política y legislación.
CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN



