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Muere Marlon Brando, el animal dramático

La causa de su muerte no fue facilitada, aunque todo parece indicar que su exceso de peso habría sido decisivo en el último y definitivo paro de su corazón

Actualizado 03/07/2004 - 13:05:59

Muere Marlon Brando, el animal dramático

NUEVA YORK. Sumido en una bancarrota física, económica y artística, el legendario actor Marlon Brando hizo ayer mutis en un hospital de Los Ángeles a los ochenta años tras una carrera cinematográfica que incluye algunas de las interpretaciones más intensas y estremecedoras del cine estadounidense, como las que forjó en «La ley del silencio» -su primer Oscar-, «El padrino» -segunda estatuilla, que rechazó por boca de una actriz que fustigó el retrato que Hollywood hace de los indios- y «El último tango en París». Las causas de la muerte no fueron reveladas, aunque se cree que el exceso de peso contribuyó a que se le parara el corazón. Hacía años que vivía, como el escritor J. D. Salinger, alejado del mundo, desdeñoso de la pompa y de la fama y lidiando con sus fantasmas familiares. La muerte de un verdadero mito del cine cayó ayer como un trallazo. Elogios preñados de sombras poblaron todas las necrológicas.

De una infancia nada fácil que arrancó en Omaha, gracias a su madre, alcohólica, empezó a saborear el veneno del teatro. Expulsado de una academia militar en la que su padre le había inscrito para domesticar un carácter que ya se empezaba a insinuar indómito, acabó recalando en Nueva York y en el taller de teatro de la New School for Social Research, el Art´s Studio, donde su primera maestra, Stela Adler, le vaticinó un futuro esplendoroso como el mejor actor joven del teatro estadounidense. Lo que sí dejó una huella imperecedera en su forma de afrontar los personajes fue el famoso método de Stanislavsky, aunque historiadores del cine como David Thompson, que considera que a Brando siempre le faltó la ambición de Lawrence Oliver para perseverar en el teatro y elegir mejor sus papeles en el cine, parecía a menudo más dominado por su poder como actor que al mando de sus recursos expresivos.

Es el mismo Thomson el que al recordar su intepretación de Stanley Kowalsky en «Un tranvía llamado deseo» en 1947, que dejó anonadado a Broadway, añade: «Nunca había habido antes tal despliegue de peligrosa y brutal belleza masculina en el teatro estadounidense: su influencia puede sentirse todavía en la fotografía de moda, el deporte y la intepretación». Con la ayuda de su director, Elia Kazan, que explotaría al máximo esos ingredientes en «La ley del silencio», Kowalsky robó a Blanche el protagonismo de la pieza de Tennessee Williams. Pero esa cima escénica sería también el mutis teatral de Brando.

Sus alambicadas relaciones consigo mismo -«yo soy yo, y si tengo que darme de cabezadas contra una pared para seguirlo siendo, lo haré», declaró en una ocasión-, forjó en los años cincuenta una serie de papeles, minuciosamente creados y llenos de inventiva y de recursos, que labraron su prestigio. Fue seleccionado cuatro veces sucesivas como candidato al oscar al mejor actor: «Un tranvía llamado deseo» (la versión cinematográfica de su éxito teatral, 1951), «Viva Zapata!» (1952), «Julio César» (como Marco Antonio, 1953) y «La ley del silencio» (1954), que le proporcionó su primera estatuilla. Aunque permaneció en Hoolywood buena parte de su vida -compró una isla en la Tahití, pero la aventura no duró-, siempre se negó a formar parte de la industria y sus parafernalias. Su fama de hombre imprevisible y difícil le persiguió. No tenía pelos en la lengua: «Hollywood está gobernado por el miedo y el amor al dinero. Pero conmigo no puede porque no tengo miedo de nada y no amo el dinero».

Con una carrera harto irregular, poblada de cintas merecidamente olvidadas, volvió a la cima con su prodigiosa creación de Vito Corleone en «El padrino» (1971), que para él no hablaba de la mafia sino del capitalismo, y con «El último tango en París» (1972), en la que fue capaz de desnudarse por dentro y por fuera y volvió a demostrar su desprecio por la fama y la reputación. Progresivamente ensimismado, y con esporádicas apariciones, su vida privada sufrió un golpe mortal cuando su hijo fue condenado por el asesinato del novio de su media hermana, Cheyenne, que por su parte acabaría suicidándose. Brando se gastó casi toda su fortuna en la defensa de su hijo. Hace días se supo que estaba completamente arruinado.
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