sábado, 21 de noviembre de 2009
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Contemplaban las señoritas de Aviñón, proyectadas sobre los muros del hermoso castillo Sohail y con sus ojos sin pestañas, toscamente perfilados de rímel por Picasso, la fogosa irrupción de Morrissey en el escenario del AV Festival malagueño

3-7-2004 02:22:54

Contemplaban las señoritas de Aviñón, proyectadas sobre los muros del hermoso castillo Sohail y con sus ojos sin pestañas, toscamente perfilados de rímel por Picasso, la fogosa irrupción de Morrissey en el escenario del AV Festival malagueño. Estaban quietas, ni siquiera parpadeaban, y él no paraba de moverse, de quitarse ropa, de retorcerse sobre estribillos y coros y de tomar impulso sobre un repertorio que acumula tanto tiempo como desengaños. «Bienvenidos a la Costa de Morrissey», dijo al salir. También reconoció el británico que su último álbum, argumento de su actual gira, «debe de estar en el puesto 9.000 de las listas españolas». No dejó de provocar y bromear el fundador de los Smiths mientras duró su actuación, desaforada exaltación del divismo y la incomprensión de un artista soberbio en cualquier sentido, estrella del pop venida a menos en el mercado y a más en el corazón de sus seguidores por su inamovible confianza en las canciones de amor sencillas, quizá vulgares, pero siempre arrolladoras y saturadas de una política sentimental que contamina y estremece.

Diecinueve años y casi dos meses después de su última actuación en España, entonces al frente de los Smiths, Morrissey tocaba la costa malagueña. El autor de «Suedehead» está en forma. Su voz ha ganado con el tiempo, sus viejas canciones se han impregnado del barniz de la nostalgia y sus nuevas baladas, fabricadas con recetas y moldes del siglo pasado, reactivan, sin llegar a torcerla, una gala en la que casi todo es como antes y donde, sin embargo, late de manera creíble una forma de vida que resiste el paso del tiempo. «No olvides las canciones que te hacen llorar», cantó y gritó Morrissey, que recuperó venerables piezas del baúl de los Smith -con «There Is A Light That Never Goes Out» como bandera, una de las más bellas canciones de amor de la historia del pop, de amor hasta la muerte y el final-, de su ya larga carrera en solitario y, también, de ese último disco, a punto de perderse de forma prematura en las cajones del comercio y de los escaparates iluminados por luces de temporada.

Johnny Marr, su ex compañero en los Smiths, hace tiempo que se perdió, sin norte ni brújula, en el extrarradio de la moda, por la que circula, con malas compañías, dando tristes palos de ciego. Morrissey, en cambio, ha aguantado el tipo casi en solitario. Veintitantos años de pop del tirón. En la madrugada de ayer fue un elemento anómalo en un festival de vanguardias acústicas y sintéticas. Nada moderno; es un señor muy antiguo, un tipo corriente que no hace sino componer, escribir e interpretar vulgares canciones de amor, una estrella que sabe de la importancia de llamarse Smith y de echarse la mano al corazón para demostrar que ahí dentro está casi todo lo que necesita una buena canción.

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