El elitista Juan Costa habló de la desilusión de las bases, el «fontanero» Carlos Aragonés del presidencialismo del partido, el «comunicador» Elorriaga de la falta de diálogo, Ignacio González de maltrato personal y Vidal-Quadras otra vez de los principios. Los cuatro primeros cuestionaron abiertamente la capacidad del presidente del partido para seguir en el cargo y lo hicieron en la reunión del comité ejecutivo nacional, dentro del propio equipo de Mariano Rajoy. Lo nunca visto en el Partido Popular desde su refundación en 1990, la ruptura de casi dos décadas de férrea unidad, de lavar los trapos sucios en casa y, sobre todo, de apoyo incondicional al jefe, aunque se equivoque.
La crisis del PP ha derivado en un espectáculo de democracia interna o transparencia informativa que el congreso de junio dirá si sirve para acabar con la división actual o adquiere tintes propios del suicidio de de UCD. Sin jefe reconocido, presos de la defensa de sus distintos principios e inmersos en la discusión permanente a la vista de todos, el centro derecha español se autoliquidó hace ahora 26 años después de dirigir la Transición y tardó 14 en volver al poder.
Lo que la dirección del PP tiene que vender como ejemplo de debate interno es otro capítulo de los problemas enquistados. Rajoy tiene el respaldo de la mayoría del partido, los heterogéneos críticos se representas a ellos mismos y van cada uno por su lado. No presentan alternativa ni dejan de procurar el desgaste del presidente del partido, que se pasa la fase precongresual a la defensiva y obsesionado con morderse la lengua para no agravar las heridas.
En el comité ejecutivo de ayer la única unanimidad entre sus miembros se dio para aplaudir a Ángel Acebes cuando Rajoy dijo que nunca olvidará su trabajo en la secretaría general del partido. El aludido evitó entrar en el debate. Después, todo fueron rupturas, hasta de los críticos con su pasado. Juan Costa, el más elegante y coherente como opositor, se refirió a la «desilusión» de las bases. Los que le escucharon no daban crédito y algunos comentaron a la salida que desconocían hasta ese día que Costa -de asesor de Rato a secretario de Estado y luego ministro- tuviera relación alguna con la clase baja de empresa cualquiera.
Habla Aragonés
De Carlos Aragonés, el jefe de «fontaneros» de Aznar, llamó la atención simplemente que tomara la palabra. No suele hacerlo en el partido ni en el Congreso donde tiene escaño. Sus citas sobre el presidencialismo en la tradición del partido sorprendieron. Él fue brazo ejecutor y asesor destacado de ese presidencialismo en la etapa anterior.
Gabriel Elorriaga incidió en el problema de la falta de diálogo. El responsable de comunicación del PP y miembro del «entorno» más próximo a Rajoy durante años, el que estuvo en los errores de táctica electoral más famosos de las últimas campañas, no era el más indicado para tocar el asunto. Jorge Moragas se lo afeó con vehemencia: «...y que lo digas tú, que siempre has tenido acceso directo al presidente».
Ignacio González reclamó un análisis serio de la derrota electoral y se quejó del trato dispensado a San Gil, factor común de todos los críticos que van contra Rajoy desde una gran pluralidad de origen: un ex peón de Rato, un ex jefe de gabinete de Aznar, un ex estratega de confianza del propio Rajoy y el lugarteniente de la presidenta del PP de Madrid.
Aunque Javier Arenas se lució como recomponedor de voluntades y Pío García-Escudero en el reto a los disidentes para que presenten alternativa, hubo otras intervenciones un tanto estridentes en la defensa del jefe, que empiezan a llamarle «Mariano» en vez de presidente o Rajoy. Impensable en la etapa de Aznar.
Villalobos con su marido
Celia Villalobos se refirió al director de un medio de comunicación que -recordó- pidió el voto para el PP, se apunta a las operaciones de imagen de Zapatero y ahora va contra Rajoy. «Tiemblo cada vez que nos apoya», comentó además de salir en defensa de su marido, Pedro Arriola, sociólogo de cabecera de Aznar y de Rajoy, muy criticado en algunos sectores próximos al partido y también por los disidentes. Fueron asuntos que nunca se habían tratado en un comité ejecutivo del PP junto con la propia autoridad del jefe, incuestionable desde que sale elegido de un congreso, como ocurrió con Aznar en 1990 y con Rajoy en 2004. Todo ha cambiado desde la derrota electoral.
Los críticos pueden serlo, como los pinta la dirección, «a la violeta», como los eruditos de José Cadalso, pero el espectáculo de la división desgasta a Rajoy por contraste con la unidad anterior y le obliga a demostrar autoridad al tiempo que capacidad de integración. Y cuanto antes, para que en Valencia no aparezca el fantasma de UCD.



