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Atuneros La vida en aguas turbulentas

Joseba acaba de consumir su segundo mes de permiso. Le quedan otros dos. En julio volverá a la mar y dejará aparcada una de sus vidas, la que comparte con su mujer y sus hijas de 11 y 2 años. Tendrá

Actualizado 03/05/2009 - 02:47:12
Joseba acaba de consumir su segundo mes de permiso. Le quedan otros dos. En julio volverá a la mar y dejará aparcada una de sus vidas, la que comparte con su mujer y sus hijas de 11 y 2 años. Tendrá que abrir un paréntesis justo cuando empezaba a ser una referencia reconocible para las niñas. Se despedirá de ellas y del resto de su familia y amigos hasta noviembre, cogerá con algunos paisanos un vuelo a París y, desde allí, junto con otros marineros procedentes de Galicia, Canarias y Andalucía, saltará a las Seychelles o a Madagascar para retomar su otra vida, la que le liga al atún, a la sal y el peligro. Joseba Blanco Larrinaga, 39 años, hijo y nieto de pescadores de Bermeo, Vizcaya, capitán de pesca en el Índico, cuatro meses embarcado y otros cuatro en casa, se consuela pensando que este año sí podrá pasar la Navidad con los suyos.
«Sí, claro, a mi mujer le gustaría que lo dejara, pero entiende que es mi trabajo y que a estas alturas es muy difícil cambiar. Cuando estoy fuera siente una honda preocupación», confiesa Joseba. En mitad del océano una mano lava a la otra, y las dos lavan la cara. «Cuando los piratas secuestraron el Playa de Bakio no andábamos muy lejos. Gran parte de nuestros movimientos -tanto en el rastreo de bancos de peces como en alertas de seguridad- se basan en las comunicaciones entre los patrones. Recuerdo que llevábamos 25 días en el mar y nos tocaba regresar a puerto para repostar combustible. Recibimos el aviso de que algo iba mal y salimos de allí rápidamente». En su último viaje «había bastante tensión en la zona y escasa presencia de buques de guerra. Además, la campaña fue floja; cuando la necesidad aprieta, arriesgas en aguas menos seguras».
Sus ancestros se emplearon en la pesca de bajura. Eran otros tiempos y en el Cantábrico la anchoa no estaba agotada e, incluso, se atrapaba el atún con caña y cebo vivo. En Bermeo se contaban hasta 80 pequeñas embarcaciones que faenaban en las proximidades de la costa, y ahora sólo queda una. El padre de Joseba ya tuvo que emprender la aventura africana a principios de la década de 1970 yendo a trabajar al Golfo de Guinea. Él lleva dos décadas cercando atún listado, patudo, yellowfin y rojo en el Canal de Mozambique, Madagascar y el archipiélago de Chagos. En realidad, el juego de persecuciones es bastante complejo en el Índico. Los pescadores persiguen el atún, los piratas a los pescadores, y los buques de guerra a los piratas.
El capitán de pesca lleva a cabo funciones administrativas. El patrón, por su parte, tiene mando en plaza y se encarga de reclutar a la marinería, mientras la empresa armadora contrata directamente al jefe de máquinas, los engrasadores, el personal de mantenimiento, el cocinero y el «caldereta» (el pinche). Hay tripulantes procedentes de Ghana, Senegal y Mali. En total, unas treinta personas suelen acompañar a Joseba en un buque de 80 metros de eslora, 7.000 caballos de potencia y que es capaz de acarrear mil toneladas métricas de pescado (los hay de más de 100 metros y con bodegas cuya capacidad alcanza las 2.500 toneladas). Los barcos suelen permanecer dos años en el mar hasta su obligada entrada en dique seco para tratamiento de bajos y otras reparaciones. En el Índico hay cuatro emplazamientos donde se pueden realizar esas tareas, que corren a cargo de técnicos españoles que se trasladan ex profeso al lugar: Mombasa (Kenia), Dubai, Isla Mauricio y Diego Suárez (Madagascar). Hay empresas que envían sus navíos a España cada cuatro años. Por el canal de Suez, la ruta corta, el viaje consume tres semanas. En los últimos tiempos la piratería está obligando a elegir la ruta larga, doblando el Cabo de Buena Esperanza: un mes de travesía.
De sol a sol
Cinco de la mañana. Joseba cubre su turno en el puente. Después de terminar con el papeleo del día anterior ha leído un rato y escuchado un poco de música. Lo cierto es que no hay mucho tiempo libre a bordo, y rara vez se comparte con los demás. «Antes veíamos películas juntos, pero ahora la gente se trae su propio material en el disco duro del portátil». Llega el patrón y da la orden de arranque. Comienza una jornada que promete ser larga. De sol a sol. «En ocasiones nos guiamos por las aves, que señalan la zona donde acuden los atunes a alimentarse de cardumen», comenta Joseba. «Pero lo habitual es acercarnos a un punto balizado». Un sistema que combina las nuevas tecnologías con el instinto. Por un lado tenemos a AZTI-Tecnalia, un centro tecnológico especializado en investigación marina y alimentaria con sede en el País Vasco que proporciona a los buques información sobre corrientes marinas, salinidad, temperatura del agua y altimetría. Por otro, unas plataformas fabricadas con cañas de bambú; cuando se localiza una corriente «prometedora», estas parrillas con baliza se sueltan y se siguen. Si se han interpretado bien los datos llevaran a los pescadores a su objetivo: los bancos de atún que también utilizan estas «autopistas» marinas para sus desplazamientos.
Cinco y media de la mañana. El patrón ordena largar y despachar la red para cercar a los atunes. Una panga -pequeña embarcación de motor- ayuda en una maniobra que puede prolongarse durante dos o más horas. Cuando el pescado es izado a bordo se congela mediante su inmersión en cubas de salmuera (con capacidad de entre 40 y 80 toneladas) a una temperatura de -15 grados centígrados. «El patrón designa un nuevo punto y ponemos proa hacia allí. La red se echa hasta que se hace de noche. En un día normal, hasta cuatro veces», explica Joseba. Cuando las cubas están a rebosar se va al puerto base, normalmente en las Seychelles o Madagascar. Allí el pescado se distribuye directamente a la fábrica conservera o se transborda a un mercante frigorífico con destino a los principales mercados del atún (España, Italia, Puerto Rico, Tailandia, Senegal, Costa de Marfil...).
Un ojo en la faena y otro en el horizonte, en busca de mástiles sospechosos. «Cambiamos mucho de rumbo, sobre todo cuando hace mal tiempo», concluye este capitán. «Los mandos militares nos recomiendan que nos movamos en zig zag, pero no olvidemos que perseguimos atunes y, al final, los bancos sirven de polo a pescadores, aves y piratas. Los grandes mercantes tienen mangueras para soltar agua a presión y defenderse de los asaltos, pero nosotros no. Además, nuestros buques son más bajos y, por tanto, más accesibles a las lanchas». El juego de las persecuciones continúa en esas aguas tumultuosas de las que Joseba espera regresar con bien en noviembre para masticar otra realidad, la de su pueblo, la de su gente.
POR MIGUEL ÁNGEL BARROSO
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