miércoles, 10 de febrero de 2010
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AFP  Los Angeles Times ha sido comprado por un magnate de la construcción
AFP Los Angeles Times ha sido comprado por un magnate de la construcción
3-2-2008 12:03:07
El martes pasado «The New York Times» daba a toda página la noticia de que el mítico «The Wall Street Journal» va a dejar de estar físicamente donde estuvo siempre: a menos de cinco minutos a pie de la calle que le da nombre, en pleno corazón financiero de Manhattan. La noticia aún no es oficial. Pero «The New York Times» cita fuentes anónimas «de toda confianza» de la empresa editora Dow Jones, engullida hace siete semanas por el imperio mediático de Rupert Murdoch. La redacción de «The Wall Street Journal» se replegará a la «Estrella de la Muerte» de News Corporation, en el «midtown» neoyorquino, este mismo año.
¿Es lógico dedicar tanto papel a contar tal episodio en uno de los periódicos más leídos del mundo, que, además, lleva en su frontispicio el lema «All The News That's Fit To Print», es decir, «Todas Las Noticias que Merecen Publicarse»? Sí, si de lo que se trata es de dejar claro que nunca nada volverá a ser lo mismo.
Siempre, según las fuentes de «The New York Times», la redacción de «The Wall Street Journal» está mucho más dispuesta a cambiar de oficina que de todo lo demás que tendrá que cambiar para complacer a su nuevo patrón. Hablamos de algo más que de una cabecera histórica, hablamos de una leyenda fundada en 1889 por los periodistas Charles Dow, Edward Jones y Charles Bergstresser. Otro periodista mítico, Clarence Barron, se hizo en 1902 con el control de la cabecera por 130.000 dólares de la época. Entonces la tirada era de 7.000 ejemplares, pero pasó a ser de 50.000 a finales de los años veinte. Lo logró distanciándose con orgullo no ya del periodismo amarillo de Randolph Hearst, el inspirador de la película «Ciudadano Kane», sino hasta del periodismo de información general, para ofrecer periodismo financiero refinado. A la muerte de Barron, en 1928, la propiedad pasó a la familia Bancroft, de Boston. Hasta 2003 fue el diario más leído de Estados Unidos y sigue siendo uno de los más leídos en todo el mundo, con una tirada de más de 2 millones en 2006 y con 931.000 suscriptores de pago por Internet. Todo ello siendo una empresa familiar.
Sin embargo, los últimos años fueron duros. En 2002 fue secuestrado y asesinado el periodista de la casa Daniel Pearl. En 2003, por primera vez, el diario popular «USA Today» les sobrepasó en ventas. Y en 2007 llegó Murdoch.
Tres meses se resistieron los Bancroft a vender al tiburón australiano, que ya se había tragado buena parte de los medios de comunicación del Reino Unido, y hacía ahora evidente su apetito en Estados Unidos. Que alguien como Murdoch se atreviera a poner sus ojos en una joya tan preciada como «The Wall Street Journal» les pareció a muchos un sacrilegio sólo comparable a que Jesulín de Ubrique se comprara una vaca sagrada de la India. El duelo entre el expeditivo magnate y los dueños «de toda la vida» fue seguido con pasión desde la misma redacción, donde nadie ocultaba su aversión al estilo Murdoch de informar. O, según ellos, de hacer de todo menos eso.
Claro que Murdoch tampoco se mostró tímido: llegó hablando de reducir la extensión de los artículos, de introducir suplementos de moda y de deportes y de hacer gratuita la edición electrónica. Muchas voces se quedaron roncas de gritar que cualquier tiempo pasado fue mejor, y llamando a las otras grandes dinastías periodísticas de la nación, como los Graham en «The Washington Post» y los Ochs-Sulzberger en «The New York Times», a cerrar filas al grito de: no pasarás, Murdoch.
Aunque «The New York Times» no se olvidó de disparar un dardo envenenado contra los Bancroft de Boston: les hizo tanto o más responsables de lo ocurrido que el mismo Murdoch. No ya por no haber sabido o podido resistir la opa hostil de éste -algo que todo el mundo entendió que no era fácil- como por no haber sabido evitar que su periódico se volviera vulnerable a incursiones de este tipo.
Los Bancroft pertenecen a la alta sociedad de EE.UU., la que da finos jinetes, navegantes, Wallis Simpson... Aristócratas sin título que con elegancia poseían periódicos en los años treinta y cuarenta, pero que mostraron que no tienen nada qué hacer cuando el panorama comunicativo se complica y hay que dar el callo.
Qué diferencia entre los ociosos Bancroft y los industriosos Ochs-Sulzberger de «The New York Times». El fundador de la saga, Adolph Ochs, que no fundó el periódico pero sí lo compró en 1896 y le dio la forma y el fondo que aún hoy le caracterizan, era hijo de judíos alemanes, la clásica familia de inmigrantes que se hacen ricos a base de mucho trabajo. Todavía hoy sus sucesores, antes de mandar en el periódico, empiezan por abajo pasando por casi todos sus recovecos y secciones. Es una empresa familiar, pero a la antigua: el ojo del amo engorda la vaca, y los vagos, a la competencia.
Se ha hablado mucho del predominio judío en la Prensa estadounidense, y es verdad que encontramos inmigrantes hebreos en el origen de las cabeceras más ilustres del país. Tiene que ver con el insaciable interés de los inmigrantes por la Prensa, precisamente como medio de integración, de comprensión más rápida de la sociedad que les acoge. Captando este público, se convirtió Hearst en el primer emperador de la Prensa amarilla.
Pero Ochs quería llegar a ser justo lo contrario: el emperador de la prensa fidedigna y seria. Y sin duda lo ha conseguido. «The New York Times» es hoy uno de los periódicos más prestigiosos y fiables del mundo.
De hecho es el gran competidor de «The Wall Street Journal», sobre todo para hacerse con el próximo gran pastel comunicativo: las ediciones electrónicas que, además, son las avanzadillas para apoderarse de un público globalizado, mundial. Este es el gran desafío que saben que les va a lanzar Murdoch, ésta es la disputa: si el futuro pertenece inevitablemente al tipo de empresario sin contemplaciones ni entrañas, o si se les puede hacer frente con una sólida y acendrada tradición familiar.
Claro que Murdoch también tiene familia, y hasta su corazoncito: de hecho, casi a la vez que compraba «The Wall Street Journal», revelando así la magnitud de sus ambiciones en EE.UU., dejaba las riendas de «News Corporation» en toda Europa y Asia a su cuarto hijo, James, presunto heredero de la dinastía. Y Murdoch padre y Murdoch hijo son familia, pero como empresarios no actúan como familia, no en el sentido de pasarse mutuamente la antorcha de unos valores, de un estilo. A ellos lo que les va es hacer negocio, ganar dinero, y si hay que mezclar churras con merinas, «The Sun» con «The Wall Street Journal», pues se mezclan.
El enigma Zell
A medio camino entre ambos mundos estaría el para muchos enigmático nuevo dueño de otro importante diario norteamericano, «Los Angeles Times». Desde hace un mes la empresa que edita éste y otros rotativos pertenece a Sam Zell, prominente judío de Chicago, que primero hizo una fortuna en la construcción, luego fue filántropo y donante político de primera magnitud y ahora es magnate de la comunicación. En su caso, la raíz judía es más marcada que en los Ochs-Sulzberger: se le considera inequívocamente sionista, inequívocamente comprometido con el Estado de Israel. ¿Va a fundar otra egregia dinastía periodística, o más bien un emporio a lo Murdoch? La respuesta, en el viento.

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