Muchos lo sospechaban, pero José Luis Rodríguez Zapatero se ocupó de despejar todas las dudas cuando, aquel 1 de febrero de 2005, subió a la tribuna del Congreso y se proclamó «optimista antropológico», como el que descubre el secreto mejor guardado de su éxito. Se dirigió a Juan José Ibarretxe, que defendía su plan fallido en la sede de la soberanía nacional, y le instruyó: «Fíjese, yo estoy siempre en el terreno del optimismo antropológico (Risas.) y no del pesimismo; siempre estoy en ese terreno y desde luego este país me ha dado muchas razones para ello». La acotación de las «risas» figura en el Diario de sesiones.
El optimismo antropológico de Zapatero, como parte de su biología y condición humana, fue una nota de color en su primer mandato, el de las vacas gordas, cuando España crecía y crecía y crecía, y su presidente del Gobierno no perdía la sonrisa. Pero llegó la crisis, la recesión, el paro, la cruda realidad económica y... la antropología del presidente del Gobierno mantuvo incólume su optimismo, frente a unos datos empeñados en llevarle la contraria.
El 8 de abril de 2008, en su primera intervención en el Pleno del Congreso tras las elecciones, cuando la oposición estaba ronca de alertar de la que se venía encima, Zapatero ya dio muestras de su natural estado positivo: vislumbró un comportamiento del empleo menos favorable que el de los años anteriores, pero no como «horizonte prolongado, sino transitorio». La crisis sólo era un «paréntesis» en la España de la «Champions league»: «Superado este paréntesis, retornaremos a elevadas tasas de crecimiento y reanudaremos con vigor la generación de empleo».
Fundamentos «robustos»
«La repercusión de la crisis mundial sobre nuestra economía está amortiguada porque nuestro país afronta esta coyuntura en buena situación, con unos fundamentos económicos robustos». Todo un bálsamo cuando la preocupación por el paro se disparaba.
Un mes y medio después, Zapatero subrayaba que «estamos mejor preparados que en otras ocasiones y que otros países ante un ajuste que se va a producir y que es consecuencia de la economía internacional». El 4 de junio, Zapatero seguía sin pronunciar la palabra maldita «crisis», y reñía así a Rajoy: «Creo que no es conveniente ignorar las dificultades y tampoco exagerarlas». El paro era ya el principal problema para el 53,7 por ciento de los ciudadanos (había 2.390.424 desempleados). En un año, el paro había subido en 424.555 personas. El Gobierno calificaba de «coyuntural» este dato.
Así veía Zapatero las cosas, con eufemismos incluidos: «Como consecuencia de circunstancias internacionales, tenemos un proceso de desaceleración y de pérdida de la capacidad de crear empleo». «Hay confianza en el mundo sobre la economía española y sabremos afrontar esta dificultad y ver cómo España crece con fuerza».
El 2 de julio, apuntaba que las dificultades se debían al súbito encarecimiento del crudo y de otras materias primas, junto a la contracción del crédito en los mercados internacionales. Eso sí, «nuestra economía presenta unas fortalezas con las que nunca antes habíamos contado».
A la vuelta del verano de 2008, Zapatero destaca «un dato positivo»: el descenso del coste del petróleo, que se supone era causante de los problemas. Ese mismo día, aseguró que el grueso de las medidas que dependen sólo del Gobierno estaba ya aprobado: «No esperen una nueva batería de anuncios o propuestas. No tiene sentido improvisar todo los días nuevas iniciativas». Zapatero insistía en que su prioridad era el apoyo a las familias, y destacó la deducción de 400 euros, que se mantendría, prometió, en el tiempo. Un año después, el Gobierno eliminaba la medida en los Presupuestos.
La culpa, de Bush
El 20 de octubre de 2008, Zapatero culpaba de la crisis a Estados Unidos: «El origen de las turbulencias financieras se sitúa en Estados Unidos en agosto de 2007». Unas semanas después, Zapatero defendía que el Gobierno tenía «un plan de estímulo de la economía y el empleo», con un fondo local que debía reactivar la economía y el empleo. Anunciaba con satisfacción que España volvería a crear empleo de forma «muy estimable» a partir de marzo o abril del año siguiente. El desempleo registrado ya había superado los tres millones de personas (3.128.963).
Apenas un año después de las elecciones y pasarse después varios meses negando la crisis, Zapatero reconocía que «nos encontramos ante la peor recesión de carácter global de la historia reciente». Una observación que no hizo retroceder ni un milímetro la visión optimista ante la crisis que se había instalado en La Moncloa: «El Gobierno de España genera confianza y certidumbre en los principales socios europeos, en los principales países del mundo».
El 22 de abril de 2009, Zapatero aseguraba que «en España la recesión ha sido más tardía y menos severa que en la mayoría de las economías europeas». Nuestro país doblaba la tasa de paro de la UE.
En el debate sobre el estado de la nación (mayo) se explicó así: «Durante el primer semestre de 2008 empezó a cambiar el viento, pero nadie podía esperar que ese cambio fuese el preludio de la tempestad que azotó al mundo a partir del final del verano». Apostó por un cambio de modelo, basado en la educación y en I+D+i. El tijeretazo a Ciencia aún no había llegado.
Los datos de la crisis seguían empeorando. En el último año desaparecieron cien mil empresas y el PIB había decrecido un 3 por ciento en el primer trimestre, uno de los peores datos de la historia. Zapatero se sacó un conejo de la chistera, anunció una ley que cambiaría nada menos que el modelo productivo en España, y prometió diálogo social. «El Gobierno está haciendo una política favorecedora y en apoyo de las clases medias. Lo hemos hecho por vía fiscal». Unos meses después aprobaría una subida de impuestos que afectaría de lleno a las clases medias.
En junio, 18 de cada 100 españoles que querían trabajar no podían hacerlo, una cifra que alcanzaba al 35 por ciento de los jóvenes. Zapatero destacó que el Gobierno había puesto en marcha «un conjunto de medidas, un plan ambicioso que debe empezar a dar resultados». Era el Plan E.
Ese mismo mes, con un paro registrado escalofriante (3.564.889), Zapatero aseguró: «Lo más duro de la crisis ha pasado ya». Un mensaje positivo que reiteró a la vuelta del verano: «La fase más aguda de la crisis la hemos dejado atrás. En España observamos síntomas de menor deterioro en los indicadores de actividad y en el empleo».
El pasado 2 de diciembre, Rajoy preguntó a Zapatero en la sesión de control si mantenía su afirmación de que la recuperación económica ya estaba en marcha. La respuesta fue rotunda: «Sí, lo mantengo, señor Rajoy».
«No se deprima usted»
En su última intervención en el Pleno en 2009 (3.868.946 parados registrados), Zapatero pedía a Rajoy que no se deprimiera y aportaba otra dosis de optimismo antropológico: «Vamos a recuperar el proceso de crecimiento económico y lo vamos a hacer pronto en España, prácticamente al mismo tiempo que el conjunto de las economías de la Unión Europea». La mirada positiva del presidente no se quedó ahí: «Tan convencido estoy de que hemos hecho lo que debíamos», como de que se cumplirá el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en los plazos previstos, lo que significa rebajar el déficit público al 3 por ciento en 2013.
En el Congreso hay quien ve rasgos de ese optimismo antropológico en aquello que dijo Zapatero en Copenhague: «La Tierra no pertenece a nadie, sólo al viento». Y las palabras, ya se sabe, a veces sólo son aire en movimiento.



