LA crisis económica tuvo una imponente introducción wagneriana con la debacle financiera y ahora avanza por un primer acto en el que los héroes sucumben a la traición de los dioses. Cae de forma espectacular la venta de coches. En general, cada Gobierno coloca los decorados que puede, aunque ni tan siquiera ha salido del almacén el telón para una presunta refundación del capitalismo. Lo que tenemos es el pragmatismo de la política, con sus matices propios a uno y otro lado del Atlántico. Transparencia, control, reforma de las agencias de calificación y, en la Unión Europea, las discrepancias habituales: presiones contrapuestas sobre el Banco Central Europeo, euro-optimistas que ven para ahora la gran oportunidad europea y euro-realistas que no acaban de creer que Europa sea un actor global.
En España la matriculación de turismos y todo-terrenos bajó en noviembre casi un 50 por ciento. Va a aumentar el acceso a las zonas universitarias por metro o autobús. Las mamás compartirán coche para acompañar niños al colegio. Ganarán más dinero los talleres de reparaciones. Caerá el empleo en todo el entramado de la industria automovilística, con su arracimado entorno de fabricación de accesorios. Caen las ventas de coches en toda Europa y también en Asia. Los políticos dudan a la hora de echar una mano con subsidios a la industria automovilística. Lo que hará Obama cuenta y hay que considerar su vinculación con los sindicatos del automóvil. La Comisión Europea ya tiene listo un paquete de asistencia económica.
Joaquín Almunia, con prudencia, advierte del riesgo de deflación. Apela a un uso de la política fiscal que impulse la demanda. Eso es la deflación, según entendemos los más obtusos: caída de precios por falta de demanda, con un derrumbe más menos acelerado de la economía, según acierten los gobiernos en su política monetaria y fiscal. Para el caso, la política monetaria está en gran parte en manos de Trichet; en manos de los Gobiernos está reducir la presión fiscal para que el dinero salga a la calle. Desde luego, nada está escrito sobre lo que pueda ocurrir con el precio del petróleo, pero por ahora la previsión -según Solbes- de un 1 por ciento de inflación en junio resulta alarmantemente deflacionario. No hay GPS para salirse de esa deflación.
En el fondo, no existen diagnósticos claramente fiables. Ante escenarios tan intricados y con factores de aceleración tan centrífuga, la economía viene a ser como un nuevo retorno de los brujos. Al retraerse tanto el consumo, se llegaría a una situación que en España resulta casi desconocida. Salirse así de una recesión económica es todavía más dificultoso, hasta la desazón pública y una consiguiente inestabilidad política. Son partes del guión que Zapatero dejó por escribir cuando negaba una y otra vez los menores atisbos de crisis. De repente, carga su GPS y se pone a pedir a los ayuntamientos proyectos de polideportivos, hogares del anciano y fachadas remozadas. El IPC irá diciendo lo que nos pasa.
En circunstancias de tal naturaleza, ni los más ilusionados confían en que la conferencia de la ONU sobre el cambio climático que tiene lugar en Polonia llegue a alguna conclusión concreta. Dice «Les Echos» que, en este siniestro otoño de 2008, el mundo se encuentra amenazado por tres demonios temibles. El riesgo económico, en primer lugar, con su secuela de miseria social; el riesgo político a continuación, consecuencia del primero, así como de una explosión de desigualdades con la subida de extremismos de todo tipo. En tercer lugar está el riesgo ambiental, más remoto, menos tangible. En verdad, el tiempo dirá. Hay analistas que no descartan que las medidas que se han tomado hagan su efecto en algún momento.
El panorama de deflación tendría como consecuencia una desertización de la economía española. Es como para echar el GPS a la cuneta. Bastante teníamos ya con los síntomas más identificables de un percance recesionario. Los economistas sostienen que, siendo tan maligna como es la inflación, peor todavía es la deflación. Será por eso que el presidente del Banco Central Europeo formuló una distinción en tupido eurodialecto: «No debemos confundir la desinflación con la deflación». Desde el principio ya se supo que no iba a ser fácil tener a todos contentos con el euro.
vpuig@abc.es


