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?Desde el 11-S EE.UU. ha gastado 500.000 millones de d?lares en modernizar su red de esp?as?

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?La gravedad volver? a detener a la nube y la atraer? definitivamente hacia su destino final?

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??Catherine? es mucho ?Catherine?, uno de esos caramelos pica-pica que de vez en cuando animan el cotarro ?

Jos? Luis Orihuela

?El fulgurante ?xito de la red social Pinterest marca otro hito en la creciente simplificaci?n de la publicaci?n en l?nea?

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De profesión, feriante: trabajar en verano para vivir todo el año

Van de feria en feria, aguantando el calor del verano y cruzando los dedos para que la lluvia no les ague el negocio. Tienen el santoral como agenda de trabajo y un vacío legal que no les permite una estabilidad empresarial. Hablamos de las 400 familias de feriantes que hay en la región

Actualizado 02/12/2002 - 08:55:44
Todos lo llevan en la sangre. Tienen el santoral como agenda de trabajo. Hacen las veces de «teloneros» en cualquier festejo patronal y popular que se precie. Se asan en verano y cruzan los dedos para que el frío y la lluvia no les «agüe» el negocio cuando asoma el invierno. El olor a pólvora, a churros y porras, a pinchos morunos y a entresijos son sus compañeros de viaje. A veces, aguantan sin protectores hasta 103 decibelios. Nos estamos refiriendo a los feriantes, las 400 familias que se dedican a este trajín en la región.
Dicen de ellos mismos que son como las hormigas porque tienen que ganar suficiente dinero en verano para poder vivir todo el año. Recolectar, en una palabra, contra viento y marea. Y, además, han de luchar contra la mala imagen, muy extendida, que les presenta como «careros» -por aquello de los precios que cobran en sus recintos- y como responsables de atracciones sospechosas de escasa seguridad.
«Eso no es cierto. Hay accidentes, como en todo trabajo, pero son mínimos. Ahí están las estadísticas. Tenemos un índice prácticamente de cero en accidentes mortales. El verdadero profesional sabe que se juega sus lentejas si no tiene la atracción como es debido. Para eso utiliza todo el invierno, además de las revisiones periódicas a que estamos obligados cada diez días durante la actividad ferial», asegura Galo Gorrochategui, presidente de la Asociación Unificada de Industriales Feriantes de la Comunidad de Madrid.
Los «caballitos» y el «12 verde»
«Todos tenemos seguros de responsabilidad civil, de explotación de feriantes y alguno más de carácter complementario. Fíjate si esto es así que las compañías de seguros no tienen ningún problema con nosotros a la hora de contratar una póliza», añade.
¿Quién no recuerda esos forcejeos con su padre o su madre cuando, de pequeño, no había forma de sacarle de los «caballitos»? ¿O los tiros a los chicles, a las bolas de acero y a los palillos con la escopeta de perdigones, esa que fallaba tan a menudo? ¡Y qué decir la paciencia espartana de toda la chiquillería ante la cola de la noria!  ¿Quién no ha tenido un amigo que se lanzaba como loco al «12 verde» porque era el coche de choque que más corría y que, con la emoción de haberlo pillado, no atinaba a meter la fichita de plástico en la ranura al toque de «ya empieza»?
José Domínguez lleva cuarenta años en este mundillo de los feriantes. Tiene una noria. Ha sido traductor de francés e inglés en la Embajada de Tailandia pero no cambiaría su trabajo por nada del mundo porque en la feria conoció a su esposa, a la que también le venía de familia.<br>Por seguir la tradición familiar, José Luis Vega, que se dedica a la venta del algodón dulce, sigue entre los feriantes. Para equilibrar los ingresos, tiene una ferretería.
Teresa Medina, al frente de tómbolas y bingos, cree que la feria es su vida. Presume de autenticidad. «Esto es una tradición de generaciones. Quienes no la tienen y se han hecho feriantes nos están complicando la vida».
Montar una atracción en una feria no es cosa fácil. En la Asociación recuerdan el caso de Clemente. Se acercó hasta una feria que había en el parque de Aluche y preguntó lo que costaba una pista de coches de choque. Cada vehículo salía por 6.000 euros. La pista, muy moderna, de esas que se montan rápidamente, rondaba los 250.000 euros. Había que añadir 60.000 para la cabeza tractora. Los 30.000 euros que Clemente tenía ahorrados le daban, escasamente, para el letrero y los luminosos. Se marchó cabizbajo de Aluche.
Las atracciones de feria que precisan una mayor inversión son la montaña rusa (entre 1,2 y 1,8 millones de euros); las pistas de coches de choque (entre 0,9 y 1,2 millones) así como los aparatos de última generación (lanzaderas y «revolutions) que rondan los 0,8 millones. Los puestos más económicos para poner en marcha son los puestos de chucherías, los de variantes y el algodón dulce que pueden llegar a los 3.005 euros. Un carrito de patatas asadas vale 601 euros.
El arranque, las ferias de ganado
Los feriantes insisten en el capítulo de la seguridad. Los ayuntamientos les exigen un certificado de funcionamiento «in situ» extendido por un ingeniero o técnico municipal. Lo mismo ocurre con los puestos de hostelería, «donde los controles son habituales».
Los recintos feriales arrancan de principios del siglo XIX, cuando se celebraban reuniones anuales de vendedores de ganado o para festejar diversos actos populares. Entonces, no hacían falta demasiadas estructuras. Se fueron añadiendo los tenderetes para la venta de especies y de comidas. Con el paso del tiempo llegaron las atracciones «para el divertimento». Entre 1930 y 1950, la mayoría de las atracciones carecían de energía eléctrica. «El tobogán, las barcas y el «tío vivo» funcionaban con palanca manual, a base de empujón o con tracción animal». recuerda Gorrochategui.
«Hoy, en la mayor parte de nuestras montañas rusas, pistas de coches, los «saltamontes», nuestros «gusanos locos», los «demoni» y las lanzaderas se han desarrollado las últimas tecnologías que, además, funcionan programadas con equipos informáticos», aseguran en la asociación.
Los feriantes madrileños trabajan seis meses, más o menos. Su calendario laboral coincide con el buen tiempo. Su actividad  suele comenzar entre abril y mayo para finalizar a finales de octubre. En Madrid, los hay que «tienen tajo» en Navidad y en febrero, con la feria de Valdemorillo. Pero si de algo no pueden prescindir es del santoral. Se saben todas las fiestas patronales. Están pendientes de ese Santo Ángel de la Guarda, el 4 de marzo, en Chapinería;  de la Virgen de la Soledad y el Cristo Sepultado, el 13 de octubre, en Estremera, o de San Cipriano, el 16 de septiembre, en Ciempozuelos. Y, así, con todas las citas de santos y  vírgenes de los 179 municipios.
Lo que peor llevan es el actual desbarajuste en la adjudicación de los puestos. Sin una normativa generalista, se ha de pasar, sin remedio, por el concurso-subasta en cada localidad. «No  es lógico que tenga los mismos derechos un feriante de churros que tiene unas instalaciones bárbaras, unos utensilios modernísimos y unos equipos totalmente actualizados, que el que concursa con una freidora sin más», se lamenta Luis Cortés, asesor jurídico de de la asociación madrileña.
Y mientras el sector se ordena, ellos seguirán como decía el poeta: «De feria en feria, siempre risueños, paseando sus sueños y sus miserias».
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