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El retorno del gran capitán del PSC

Josep María Sala regresa a la primera línea de la política seis años después de haber ingresado en prisión por el caso Filesa. Abanderó el movimiento de los capitanes, del que surge la nueva dirección del PSC, con Montilla, Iceta y Zaragoza

Actualizado 02/08/2004 - 02:08:46
Sala, felicitado en el último congreso del PSC, el pasado día 25.YOLANDA CARDO
Sala, felicitado en el último congreso del PSC, el pasado día 25.YOLANDA CARDO

MADRID. Otoño de 1997, Josep María Sala, secretario de organización del PSC-PSOE, ingresa en la cárcel de Can Brians, en Barcelona. Es el chivo expiatorio de la corrupción económica de los últimos años de Gobierno de González. Se le acusa de ser el inspirador intelectual de un sistema ilícito de financiación del partido. Es un socialista más en prisión, como Vera. Forma parte de los sospechosos habituales del PSOE, un grupo en el que está Roldán. A Sala, una notoriedad política en Cataluña, el ariete socialista contra Pujol, el correlato catalán de Alfonso Guerra, se le manda a la cárcel en medio de un estado de ánimo en el PSC que oscila entre la rabia y el K.O. moral. Es una víctima propiciatoria, quien se come el marrón con una dignidad gigantesca. El descrédito de la política se ceba en un hombre contradictorio, capaz de ser el más temible adversario político y a la vez comprensivo, amable, divertidamente bizantino. Un político, sí, pero de otra clase en su trato con los subordinados en el partido, con los amigos y con los periodistas.

Congreso de Sitges de 1994

Al margen del perfil humano, relativo y subjetivo, Sala era entonces el alma y el motor del PSC, el secretario de organización que había inspirado la «revuelta de los capitanes» contra la vieja y clasista burguesía del divino catalanismo. Ingeniero industrial, hijo de un afamado médico, Sala aupó en el congreso de Sitges de 1994 a José Montilla, José Zaragoza y Miquel Iceta, entre otros, a la dirección real de un partido al que le faltaba fuelle en las autonómicas. El partido estaba dirigido por un grupo de notables que fracasaban en esos comicios mientras que los jóvenes alcaldes de las ciudades del conurbano barcelonés reeditaban sus mayorías absolutas. Y en las generales, se vivía del influjo españolista de las figuras de Felipe González, Ibarra, Borrell y Guerra. Hasta Eduardo Martín Toval, un almeriense de Barcelona, pero del PSOE, llenaba en sus actos para las generales mientras una sensación aguda de falta de fibra se cebaba con el mismo partido para las autonómicas.

Sala predicaba una lectura distinta de la realidad catalana y se atraía y amparaba a esos «capitanes» que ahora, diez años después, mandan. De ese congreso de Sitges salieron al frente del partido quienes ahora han confirmado que eran la solución para normalizar al PSC, para adaptarlo a la mezcla entre la emigración de los años del desarrollismo y el catalanismo vanguardista, un espacio sutil, de trazo fino, en el que convivían Antonio Santiburcio, un sindicalista andaluz que encarnaba el triunfo de la inmigración, con Maragall. Santiburcio falleció a temprana edad; también murió el joven Xavier Sala, el dirigente que había conectado a las Juventudes Socialistas con el PSC oficial de la calle Nicaragua. Y Sala, en la cárcel.

Noviembre, día 28 de 1997. «Me acompañan en el momento de entrar en Can Brians una treintena de amigos y amigas, que simbolizan lo que yo entiendo es el núcleo vivo del proyecto socialista». El gran capitán del PSC comienza ese día un diario. Lo llamará «Escrito en la cárcel» y se editará al poco de abandonar la prisión. El primer día de esa experiencia, Sala cierra el cuaderno con esta frase: «Escucho «Tannhäuser» y leo los 270 primeros versos del «Paraíso Perdido» de Milton».

Filesa era el nombre del delito, la financiación irregular del PSOE. Al entrar en prisión, Sala dijo que era inocente, que entraba en la cárcel por un error judicial, que no quería un indulto sino justicia. El 19 de diciembre lleva tres semanas en prisión. «A media mañana ya ha dejado de llover, y he podido hacer dos tandas de ejercicios.Aprovechando un rato de sol acabo el «Paraíso Perdido» sentado en el patio. Su lectura me ha acompañado durante días en Can Brians y notaré a faltar su espléndido verso. Adán y Eva abandonan el Paraíso: «They hand in hand, whit wand´ring steps and slow/through Eden took their solitary way» («Ellos, con las manos cogidas, con pasos extraviados y lentamente, emprendieron su solitario camino a través del Edén») John Milton, «Paraíso Perdido». Libro XII, versos 648-649». Pocos días después, el 22 de diciembre, llega a la prisión la notificación del Tribunal Constitucional suspendiendo la ejecución de la sentencia. Sala abandona Can Brians: «Cruzo las puertas de la prisión. Me esperan los medios de comunicación y también José Montilla, Miquel Iceta, Manuel Bustos y Joan Oliart y, sobre todo, me espera la libertad». La última nota del diario la componen los versos de «Para la libertad» de Miguel Hernández.

Seis años después, Sala reingresa en el núcleo duro de la dirección de los socialistas catalanes. El congreso del pasado fin de semana le designa secretario de Formación. El PSC celebra con esa rehabilitación que por fin gobierna en Cataluña, que ha llevado a Rodríguez Zapatero a la Moncloa, que pesa en España y que ha terminado la travesía en el desierto.

Entre bastidores

Sala nunca dejó la política. De hecho, su forma de hacer política era un tanto atípica. El secretario de organización del PSC formaba parte de asociaciones flamencas, cofradías laicas, «collas» sardinastas, «coblas» folklóricas y clubes excursionistas. Sala, como Pujol, conocía todos los baches de las carreteras catalanas -aunque no sabe conducir-, la Cataluña profunda, la andaluza, la de la emigración y la identitaria. Desde esa posición, leía políticamente el territorio, sabía qué clase de mitin convenía a cada ciudad, qué necesidades tenían los colectivos, dónde faltaba una guardería o un centro de asistencia primaria. Al tiempo, manejaba el partido con una combinación de sutilezas y mano dura y un día había pasado por la sede de una empresa llamada «Time Export», otro de los nombres del delito. Nadie en Cataluña afirmó que fuera culpable. Nadie creyó en otra cosa que en la honestidad de Sala. A día de hoy, se acaba de ir de vacaciones a Castelldefels; no descarta regresar a una lista electoral, pero no quiere dar entrevistas hasta septiembre. Él, alega, no es la noticia del último congreso del socialismo catalán; él nunca dejó de tener despacho en la sede del PSC ni fue ajeno a la transformación de su partido. En las sesiones de constitución del Parlament, Sala estaba en la bancada de los invitados; y en cada noche electoral, entre bastidores.
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