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Los últimos días de Las Barranquillas

«Agonizante. Dando sus últimos estertores», afirma la Policía. Así está el que un día fuera el hipermercado de droga más grande de Europa: Las Barranquillas. No es ni sombra de lo que fue. Condenado a

Actualizado 02/06/2009 - 06:14:31
«Agonizante. Dando sus últimos estertores», afirma la Policía. Así está el que un día fuera el hipermercado de droga más grande de Europa: Las Barranquillas. No es ni sombra de lo que fue. Condenado a muerte, como lo están los últimos de la fila, los que llevan marcado en su piel un largo historial de consumo que supera los 20 y los 30 años. Sonla población más deteriorada y marginal, que emprendió un camino sin retorno. Ése que les ha conducido a una muerte en vida en la que su único objetivo es aplacar el «mono».
Apenas quedan una decena de construcciones en pie, de las que cinco, en la misma calle, son puntos de venta al menudeo. Por esta ciudad fantasmal llegaron a pasar hace cuatro años hasta 3.000 personas al día para comprar en los 70 puntos de venta existentes, regentados por media docena de clanes gitanos. Los beneficios del lucrativo negocio en la época de vacas gordas alcanzaban los 500.000 euros por dar salida a 5 kilos de heroína y otros tantos de cocaína.
Ahora, el «mercado» es tan exiguo, que apenas les da para subsistir a los clanes que se aferran al enorme erial ruinoso en el que se ha convertido desde el pasado verano. La cuenta atrás comenzó entonces y se calcula que, para final de año, Las Barranquillas serán historia. En ello ha influido la constante presión policial que se viene realizando desde la comisaría de Villa de Vallecas. Y, el crecimiento del polígono Las Talayuelas, que servirá de lápida a este núcleo marginal vergonzante en pleno siglo XXI.
Los movimientos de tierra ya se dejan ver en la entrada principal, junto al depósito municipal de vehículos Mediodía II. Esa expansión ha provocado el derribo de los puntos de venta e infraviviendas, cuyos escombros permanecen amontonados para impedir que vuelvan a construir de nuevo.
La existencia de la narcosala que ayuda a estos enfermos tiene una doble cara: que siga ahí -ha renovado el contrato por dos años más-, ya que también supone un obstáculo para que el trasiego continuo de yonquis en busca de un plato de comida, un lugar en el que pasar la noche o un mínimo de atención médica, termine. El año pasado atendió a 2.232 almas y el anterior a 1.825.
«Robaba y fui camarera»
Ante sus puertas hay grupos de toxicómanos pinchándose, pero lo más notable es el campamento de tiendas de campaña en el que malviven entre 60 y 80 personas. A unos metros de éstas, en una loma y bajo una sombrilla, está María [nombre ficticio], haciendo crucigramas a la espera de la hora del almuerzo (13.30). Es de La Palma: «Tengo 40 años y llevo diez aquí». ¿Nunca has salido del poblado en ese tiempo? «No».
Junto a ella,dos paquetes de dulces, buenos para el «mono»: «Me los traen los colegas», indica, mientras cuenta quesemantiene alejada de los acampados porque toma metadona. «Esta vez me voy a curar. Tengo un hijo de 10 años en Granada; lo volví a intentar con el padre, sargento de la Legión, y no salió bien». ¿En qué trabajabas antes de llegar aquí? «Robaba y fui camarera...».
Los asiduos al poblado «son muy duros», indica un agente de la comisaría. Resulta milagroso que algunos se sostengan en pie. De sus rostros, de rasgos afilados, sobresalen los ojos, y sus miradas, cargadas de dolor, desasosiego o vacío, inquietantes. Como lo es la mujer, embarazada de ocho meses, que resiste como alma en pena o como el fumadero, donde los yonquis se resguardan para pincharse cuando hace frío o viento. O, como una inmensa nave, custodiada por un ecuatoriano que vive dentro con su familia a cambio de 800 euros almes por vigilar lo que fue un escondrijo de cocaína y hoy es un guardamuebles. «Es un local inviolable», aseguran los agentes.
El trasiego no es el de antaño. A la hora del almuerzo comienza a llegar gente, bien a pie o en el autobús 130, hacia la narcosala. Las «kundas» o taxis de la droga apenas llegan ya. Decenas de ellos caminan tambaleantes cruzando las carreteras que llevan hasta el poblado, entre caminos de polvo y jeringuillas.
Menores sin escolarizar
Abundan los menores, algunos desnudos y descalzos, sin escolarizar, y que juegan o corretean en piscinas de plástico junto a los BMW flamantes de sus padres, pagados «al contado» con las ganancias de su negocio mortal. Son hijos de las familias que aguantan... «Serán una treintena de chavales en total», dice uno de los agentes que ha conocido el poblado en todo su apogeo y que ahora es testigo de su declive. «Llegué aquí hace 15 años -indica el policía-. Procedían de Los Pies Negros, La Celsa y Los Pitufos. Había muchos clanes: «Tarzán», «Los Borrachos» o«Los Gordos» y que se mudaron oliendo el dinero a medida que derribaban sus poblados.
Los fines de semana crece la clientela. Hay entre 15 o 20 personas vendiendo en los cinco puntos existentes, distribuidas en los pocos clanes que quedan. La hora punta es entre las 11 y las 12, y, por las tardes, a partir de las seis.
Lo que sí pervive es el «matriarcado». No es que las mujeres sean las cabecillas; dispensan la droga a los clientes y llevan las cuentas. Los días «buenos» pueden obtener entre 1.000 y 2.500 euros por vender entre 200 y 500 papelinas al día de «coca», sobre todo. La micra está a unos 4 o 5 euros y el gramo a 40 o 50, con una pureza del 15% o el 20%.Ya no se comunican por «walkie talkie» para dar el «agua» si llega la Policía. Utilizan numerosos móviles prepago. Lo que sí continúa es la tensión entre los clanes y las inversiones de la droga, en terrenos a las afueras de Madrid o en otras provincias, como Cáceres, como hacía «El Guarro», ahora asentado en La Cañada Real.
Los «históricos» que aún resisten son «La Gemma» y el «Lozano», pero, sobre todo, «La Amparo», la más peligrosa y que se vio envuelta en un tiroteo mortal hace tres años por un asunto de pantalones, al descubrir su marido que se la pegaba con otro. Ahora, dice que tiene «miedo a irse a La Cañada», que sigue en Las Barranquillas «por temor a una venganza» tras el crimen de su «Camarón».
En la puerta de la narcosala algunos parecen agonizar, mimetizados con las ruinas del entorno. La crisis se deja sentir y hasta este lugar inhóspito e irreal acuden muchos rumanos ajenos a este mundo porque se han quedado en paro y buscan un lugar para dormir, comer y asearse gratis.
El panorama se repite como un disco rallado: toxicómanos que se buscan cualquier vena del cuerpo -desde el cuello a los genitales, con la ayuda de un espejo hecho añicos-para inyectarse, dentro o fuera de los coches. Insólita resulta la imagen de un ciudadano chino haciéndose un «ídem» a plena luz.
A la espera de los jueces
Porque Las Barranquillas son como una especie de ONU de la droga; no sólo hay españoles: alemanes, rumanos o africanos convertidos en despojos humanos. Como Mohamed, 30 años enganchado. «Soy italiano», afirma, pese a su nombre. Aquí no siempre todo es lo que parece. El puñado de infraviviendas tiene los días contados: todo depende de derribos por orden judicial (a muchos el Ivima le ha concedido un piso, aunque realmente vivan en La Cañada) o a expropiaciones, según el caso.
Dejamos Las Barranquillas, el peor momento, dice la Policía, «porquees cuando te pueden «limpiar»». Atrás queda un cartel artesanal de madera, sobre un árbol, que subraya el carácter «residencial» del poblado: «Tortiya (sic). Kiosco de todo. De Iván». Su autores opositor a Policía Municipal. Aquí en el infierno, todo es posible.
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